
Ya sabemos lo que sucedió en Cartago. No voy a volver a contarlo. Las imágenes circularon suficientemente, el país las vio y cada uno habrá formado su propia opinión. Incluso pensé que aquel “lero, lero” ya había dado todo lo que podía dar y que seguir hablando del asunto era innecesario. Pero resulta que no. Porque ahora aparece otro “lero, lero”. Esta vez no en Cartago, sino dentro de la Asamblea Legislativa. Y quien lo hace es Nogui Acosta, jefe de la fracción oficialista. Hay algo que hace este segundo episodio particularmente interesante: apenas unas horas antes, la presidenta de la República, doña Laura Fernández, había hablado públicamente sobre lo sucedido en Cartago y había dicho que fue un error. No fue una condena feroz ni significó retirarle su confianza a Rodrigo Chaves. Pero sí marcó una diferencia. Incluso dijo que aquella forma de comunicación no era parte de su estilo. Y entonces, después de que la presidenta dice públicamente que ese comportamiento fue un error y establece que ese no es su modo de comunicarse, aparece Nogui Acosta y hace prácticamente el mismo gesto desde una curul de la Asamblea Legislativa.
¿De verdad les parece gracioso? Hay algo en la imagen que me resulta particularmente simbólico. Nogui hace el gesto desde abajo hacia personas que están físicamente arriba, en la barra del público. Y esa imagen me parece poderosa porque, más allá de la arquitectura del Plenario, ahí arriba está la ciudadanía observando a quienes eligió para ocupar las curules de abajo. Los diputados ejercen el poder, sí, pero lo ejercen temporalmente y por mandato popular. La gente observa desde la barra y, muchísimo más allá de esas paredes, observa desde todo el país. Por eso me resulta tan extraña la escena: un representante popular haciendo un gesto de burla aparentemente hacia ciudadanos que lo observan desde arriba. Hoy ellos están en la barra y él en una curul. Pero la curul es prestada. El poder también.
No puedo afirmar exactamente a quién estaba dirigido el gesto ni qué había ocurrido inmediatamente antes. La diputada Abril Gordienko lo cuestionó en el propio Plenario y le dio la oportunidad de explicar lo sucedido. Nogui no respondió. Pero para mí aquí aparece algo mucho más grande que la barra del público, y quiero dejarlo absolutamente claro: lo siguiente es mi interpretación. No puedo meterme en la cabeza de Nogui ni adjudicarle una intención que solamente él conoce. Yo interpreto ese gesto también como una burla a doña Laura Fernández y, sobre todo, a la valoración que ella acababa de hacer públicamente. La presidenta había dicho que aquello fue un error y había señalado que ese no era su estilo de comunicación. Y pocas horas después, el jefe de la fracción oficialista reproduce precisamente aquello que ella acaba de señalar como equivocado.
Para mí, entonces, ese “lero, lero” ya no va solamente hacia quienes estaban sentados en la barra. Políticamente también alcanza a la presidenta. Porque si la persona que ocupa la Presidencia de la República dice públicamente que determinada conducta estuvo mal y el jefe de la fracción oficialista responde reproduciéndola, yo recibo un mensaje distinto. Casi podría traducirlo así: “Laura, usted dice que ese no es su modo. Pues este sí es el mío”. Repito: esas palabras son mías, no de Nogui. Él no las pronunció. Pero los gestos también comunican y, especialmente en política, pueden hacerlo con enorme fuerza. Y cuando un gesto se produce inmediatamente después de que la presidenta acaba de marcar públicamente una posición contraria, para mí adquiere inevitablemente otro significado.
Y entonces me surge una pregunta todavía más seria: ¿será este el verdadero pronunciamiento de Nogui sobre su relación política con doña Laura? No estoy afirmando que exista una ruptura ni que la bancada oficialista se haya separado de la presidenta. No tengo elementos para afirmar semejante cosa. Pero sí puedo decir qué mensaje recibí yo al observar aquella escena. Cuando veo esas manos sobre su cabeza reproduciendo precisamente el gesto que la presidenta acababa de considerar equivocado, siento como si estuvieran diciendo algo que su boca no dijo: “Nos separamos de usted”. Otra vez: es mi apreciación. No una declaración de Nogui, no un anuncio de ruptura y no un hecho que pueda demostrar. Pero ese es el mensaje que yo doy por recibido.
Y si estoy equivocado, qué fácil sería aclararlo. Abril Gordienko le dio precisamente esa oportunidad en el Plenario. Nogui decidió guardar silencio. Y ese silencio tampoco ayuda. Por el contrario, deja abiertas todas estas preguntas y me hace pensar incluso en la posición en que queda doña Laura frente al jefe de la fracción oficialista. Ella acaba de marcar públicamente un límite y él reproduce el comportamiento que provocó ese límite. Desde mi lectura, eso coloca a la presidenta en una posición de vulnerabilidad política frente a uno de los principales dirigentes legislativos de su propio movimiento. Ella dijo: ese no es mi modo. Y yo siento que él respondió con las manos: este sí es el mío.
Pero hay otra imagen que no puedo quitarme de la cabeza: la de Nogui abajo y los ciudadanos arriba. Porque las posiciones cambian. Hoy él está sentado en una curul y esas personas están en una barra. Hoy tiene una investidura, una fracción y las protecciones que corresponden a su cargo. Pero llegará el día en que ese período termine y Nogui tendrá que levantarse de esa curul y volver a caminar fuera de esas paredes como cualquier otro ciudadano. Y entonces me pregunto qué hará después. ¿Buscará otro cargo público? ¿Buscará otra posición que vuelva a darle inmunidad? ¿Tendrá aspiraciones presidenciales para 2030? No lo sé y no estoy afirmando que vaya a hacer ninguna de esas cosas. Son preguntas que me provoca precisamente esa imagen de un hombre ejerciendo hoy un poder que no es permanente.
Y aparece entonces otra pregunta interesante. Si algún día Nogui tuviera aspiraciones presidenciales o buscara continuar su carrera política, ¿qué relación tendría para entonces con doña Laura Fernández? ¿Lo respaldaría ella? ¿Se opondría? ¿Este episodio sería simplemente una anécdota olvidada o formaría parte de una separación política que hoy apenas comienza a mostrarse? Tampoco lo sabemos. Pero si mi interpretación de lo ocurrido tiene algún fundamento, quizá no estamos solamente ante un gesto infantil dirigido hacia una barra. Quizá estamos viendo una señal política. ¿Fue eso lo que quiso comunicar Nogui? No puedo saberlo. Pero sí puedo decir que es lo que a mí me hizo pensar.
Porque los cargos pasan. Las administraciones terminan. Las curules cambian de ocupante. Las inmunidades asociadas a determinados cargos también terminan. Y las imágenes quedan. Quizá por eso quienes ejercen temporalmente el poder deberían recordar, de vez en cuando, que las personas a las que hoy observan desde una curul serán las mismas entre las que mañana volverán a caminar. La ciudadanía permanece mucho más tiempo que cualquier diputado, ministro o presidente. Y precisamente por eso aquella imagen de Nogui mirando hacia arriba me resulta tan paradójica: quizá quienes estaban arriba en la barra no eran quienes debían recordar cuál era su lugar.
Ahora la pregunta inmediata, sin embargo, es para doña Laura. Ella ya habló una vez. Dijo que el “lero, lero” estuvo mal y que esa forma de comunicación no corresponde a su estilo. Ahora el jefe de la fracción oficialista lo repite. ¿Qué hará doña Laura Fernández? ¿Considerará que Nogui también se equivocó? ¿Le hará el mismo llamado de atención? ¿Interpretará su gesto como un irrespeto a la valoración que ella acababa de hacer? ¿O guardará silencio? ¿Perdonará esta posible ofensa proveniente de uno de los suyos?
Porque quizá (don) Nogui estaba mirando hacia arriba, hacia la barra, cuando hizo el gesto. Pero yo estaba mirando otra cosa. Estaba mirando la cronología. Estaba mirando a la presidenta diciendo que aquello estuvo mal y, después, al jefe de la fracción oficialista haciéndolo. Estaba mirando a ciudadanos arriba y a un diputado abajo. Estaba mirando un poder que hoy existe, pero que no es eterno. Y por eso yo recibí otro mensaje: un mensaje hacia la ciudadanía, pero también hacia doña Laura, hacia su autoridad y hacia su palabra.
Y termino con algo que genuinamente no entiendo. No entiendo por qué doña Laura le perdona tantas cosas a Rodrigo. Ella tendrá sus razones y no me corresponde inventarlas. Pero después de lo ocurrido hoy me queda una curiosidad que a lo mejor no sea solamente mía:
¿Ese perdón es para todos los hombres?
¿Se lo perdonará también a Nogui?