Parte 4: La destrucción ambiental y el abandono rural

Un país no se mide solo por sus edificios ni por sus carreteras, sino por cómo trata su tierra, sus bosques, sus ríos y su gente más lejana. Cuando se gobierna desde la ciudad, olvidando los pueblos, los campos y las costas, lo que se pierde no es solo paisaje: se pierde la raíz.

En esta cuarta entrega, revisamos los hechos que apuntan a un deterioro profundo en la relación entre el Estado y el entorno natural, y cómo esa desconexión impacta directamente a las comunidades rurales.

La destrucción ambiental y el abandono rural

  • Autorización de tala en Gandoca-Manzanillo a un allegado del presidente, en plena zona protegida.
  • Relajación de las normas de SETENA, duplicando el límite para estudios ambientales y facilitando construcciones sin control.
  • Contaminación de aguas en múltiples zonas del país sin respuesta estatal.
  • Paralización de inversiones en la CCSS, afectando hospitales en Cartago, Limón y Golfito.
  • Fracaso total del Proyecto de Agua para Guanacaste, olvidado a pesar de las promesas.
  • Atrasos en obras públicas como la ruta Limonal–Barranca y la Ruta 1 Alajuela–San Ramón.
  • Manejo ineficiente de represas hidroeléctricas, provocando apagones y racionamientos.
  • Fracaso en infraestructura hídrica del AyA, con fondos internacionales subejecutados.
  • Contrabando sin control en las fronteras norte y sur, afectando economías locales.

El abandono rural es otra forma de desigualdad. Mientras en San José se discuten cifras y discursos, hay familias que no tienen agua potable, caminos transitables o acceso a atención médica digna.

El ambientalismo no es una moda: es una forma de respeto. Y cuando el respeto se pierde, el país se desangra lentamente por sus bordes.

Cuidar el ambiente y proteger a las zonas rurales no es un lujo de progresistas, es una obligación moral y patriótica. Porque sin campo, sin agua y sin equilibrio, no hay nación que sobreviva.

En la próxima entrega: La política como espectáculo y la pérdida de decencia.
Porque cuando el poder se usa para dividir, distraer o destruir, la verdadera miseria ya no está afuera, sino en la forma en que miramos al otro.

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