POBRE MI COSTA RICA QUERIDA

Pobre mi Costa Rica querida.

Hace tan poco eras orgullo, modelo, referente. Hace tan poco el mundo te veía como una joya pequeña en el mapa, un lugar bendecido por la paz, por la educación, por la inteligencia social. Hace tan poco tus índices eran ejemplo: la estabilidad política, la seguridad ciudadana, el turismo, la democracia, el verde de tus montañas y la sonrisa de tu gente.

Y hoy te miro… y no te reconozco.

Hoy estás maltrecha, golpeada, dividida. Los niveles de narcotráfico se han disparado, y lo que antes eran historias ajenas se convirtieron en nuestra propia tragedia. Los asesinatos ya no nos estremecen; solo cambian de página en los periódicos. Costa Rica, aquella que se enorgullecía de no tener ejército, hoy vive en guerra consigo misma: una guerra de insultos, de odio, de gritos entre hermanos.

El país más feliz del mundo ahora se hiere entre sí. Las familias se dividen por política, los amigos se pierden en discusiones absurdas, las redes se han vuelto trincheras donde ya nadie escucha. La casa presidencial, que alguna vez fue símbolo de respeto y mesura, se ha convertido en un escenario de gritos y desdén. El tono del discurso ya no es el de un país civilizado, sino el del matón que confunde rudeza con liderazgo.

Pobre mi Costa Rica querida.

Hace tan poco caminábamos con orgullo, y hoy nos cuesta mirarnos al espejo.

No sé en qué momento se rompió el alma del país, ni cuándo dejamos de ser esa nación pequeña, pero inmensa.

No sé cuándo permitimos que los piratas tomaran el timón y comenzaran a vender, poco a poco, la dignidad nacional.

Oh, mi pobre Costa Rica.

¿A dónde hemos llegado?

¿Cuánto nos tomará reparar lo que se ha dañado?

¿Y cuándo, siquiera, comenzaremos a hacerlo?

El eco de lo que fuimos

Durante décadas, nos jactamos ante el mundo de haber sido el país que abolió el ejército. Decíamos con orgullo que el dinero de las armas lo invertíamos en salud y educación. Éramos el ejemplo perfecto de que la paz podía sostener una nación.

Y hoy, en el 2025, la Caja Costarricense del Seguro Social ya no es la imagen de aquello que tanto defendimos. La educación pública, aquella que formó generaciones de mentes brillantes, ya no enseña como antes. Los hospitales se caen a pedazos, los maestros enseñan con hambre, los médicos se van del país, y la esperanza se nos desangra por las calles.

Oh, mi pobre Costa Rica, cuánto te han dañado los piratas que tomaron el centro del poder.

Todo lo construido en décadas —la confianza, la paz, la inteligencia colectiva, la fe en nuestras instituciones— se lo llevaron en cuatro años.

Te arrastraron a la vulgaridad, a la burla, a la división. Te cambiaron la reflexión por el grito, la serenidad por la confrontación, el respeto por el espectáculo.

Y lo peor de todo: lo hicieron con tu propio permiso.

Oh, Costa Rica querida, no merecías esto.

No merecías que te usaran para alimentar egos.

No merecías que convirtieran tu historia en un circo.

No merecías que tus hijos te odiaran entre ellos.

Pero te prometo algo: habrá quienes te cuiden, quienes te defiendan, quienes no se cansen de hablar con respeto, de pintar con esperanza, de escribir con amor.

Habrá quienes te levanten otra vez, aunque nos tiemblen las manos.

Porque aunque nos la arrebaten por un tiempo, Costa Rica sigue siendo nuestra.

El deterioro silencioso

Oh, mi Costa Rica querida, el daño no se detuvo en la Caja ni en las aulas de primaria. También se extendió, calladamente, a los rincones donde habita la mente y el alma del país: nuestras universidades.

Aquellos templos del pensamiento crítico, de la ciencia y de la creación, donde se formaron generaciones de profesionales, artistas, médicos y soñadores, hoy padecen el hambre presupuestaria. Se les redujo el fondo, se les atacó desde la ignorancia y se sembró en la gente la idea de que estudiar, investigar o pensar son lujos innecesarios. Las universidades, que fueron orgullo nacional, hoy luchan por sobrevivir a la indiferencia y al desprecio.

Y también la salud se ha visto herida. La Caja, que antes fue símbolo de protección y humanidad, ya no alcanza para todos. Los hospitales están saturados, los doctores agotados, los equipos desgastados. Se han ido los médicos, los enfermeros, los técnicos… buscando respeto, condiciones y esperanza. La salud pública se desangra lentamente, mientras los discursos oficiales disfrazan el abandono con frases vacías y promesas tardías.

Oh, mi Costa Rica, ¿qué nos pasó?

La confianza en las instituciones se derrumba como una casa vieja.

Ahora se duda de la Contraloría, del Poder Judicial, del Tribunal Supremo de Elecciones, de la prensa… hasta del mismo concepto de democracia. Nos hicieron creer que el enemigo estaba adentro, que las instituciones eran culpables, y que solo una voz —la del que grita más fuerte— era digna de ser escuchada.

Ese es el verdadero peligro: cuando el pueblo se acostumbra al grito, deja de oír la razón.

También duele ver partir a tantos.

Los jóvenes se van, los profesionales empacan sus sueños, las mentes brillantes cruzan fronteras buscando respeto y oportunidades.

Nos estamos quedando vacíos, y lo peor es que muchos ya lo ven como normal.

Y, mientras tanto, el mundo nos mira distinto.

Ya no somos el país verde y pacífico que inspiraba al planeta.

Ahora somos el país que lucha contra el narcotráfico, que llora por sus homicidios, que discute sin escucharse, que se hunde en el desencanto.

Oh, mi Costa Rica querida, cómo dolés.

Tu bandera sigue ondeando, pero el alma que la sostenía está cansada.

Todo lo que fuimos —el ejemplo, la voz serena, la luz democrática— parece apagarse poco a poco.

Y sin embargo, todavía hay quienes creemos que vale la pena encender la vela una vez más.

¡Ah, Costa Rica, todavía hay esperanza!

Todavía hay esperanza.

Todavía hay millones de costarricenses que votarán en las próximas elecciones. Algunos lo harán por el continuismo, otros lo harán en contra.

Pero todos, absolutamente todos, lo harán creyendo amar a esta tierra que nos vio nacer.

Unos defenderán lo que creen que está bien, otros buscarán rescatar lo que sienten perdido.

Y aunque las opiniones nos dividan, hay algo que aún nos une: el amor por Costa Rica.

Sin embargo, hay dos grupos más que no podemos ignorar.

Los indecisos… y los apáticos.

Y en ellos podría estar la llave del futuro.

Los indecisos son hombres y mujeres que todavía no saben qué bando tomar, qué Costa Rica elegir.

Son los que observan, los que dudan, los que sienten que ambos lados tienen algo de razón, pero aún no logran imaginar el país en manos de uno o del otro.

A ellos les digo: lean, investiguen, no se dejen llevar por el ruido, ni por las redes, ni por el enojo del momento.

Lean sobre nuestra historia, sobre la Constitución, sobre los derechos, sobre la democracia.

Infórmense, para que su voto sea una decisión consciente, no un impulso emocional.

No hay nada más patriótico que pensar por cuenta propia antes de marcar una papeleta.

Y luego está el cuarto grupo: los apáticos.

Los que no creen que su voto importe.

Los que dicen “yo no me meto en política” sin entender que la política ya se metió en sus vidas.

Los que piensan que nada cambiará, que votar no sirve, que da lo mismo hacerlo o no hacerlo.

A ustedes quiero hablarles desde el alma:

Costa Rica no se salva con indiferencia.

El país que heredarán tus hijos, tus nietos, tus vecinos, depende de que hoy te levantes y votes.

Depende de que entiendas que tu silencio también elige, que la abstención también decide, y que cada voto que no se emite es una puerta que se abre para los abusos, los extremos o el engaño.

¡Despierta, Costa Rica!

No hay país sin participación.

No hay democracia sin voces.

No hay futuro si dejamos de cuidar lo que nos sostiene.

Los que quieren continuar como estamos, ya saben por quién votar.

Los que desean un cambio, probablemente también lo saben.

Pero los indecisos aún están a tiempo de pensar, y los apáticos aún están a tiempo de amar.

Porque votar no es solo un derecho: es un acto de amor.

Y si Costa Rica ha de renacer, será porque la gente que la ama decidió, una vez más, creer en ella.

Te lo prometo, Costa Rica.

No voy a dejar de creer en ti, aunque duelas.

Aunque te sienta cansada, golpeada, confundida, desangrada, seguiré apostando por ti.

Porque no hay dolor más grande que verte perder la esperanza, y no hay esperanza más hermosa que la tuya.

Te prometo que seguiré hablando, escribiendo, pintando, soñando, para recordarte quién eres.

Eres el país que abolió su ejército para levantar escuelas.

Eres la patria que eligió los libros sobre las balas.

Eres la tierra donde el verde nunca se rinde, y donde todavía la gente se saluda en la calle con un “pura vida” que a veces suena a despedida, pero sigue siendo promesa.

Te lo prometo, Costa Rica.

No voy a rendirme ante el ruido, ni ante los gritos de quienes confunden la fuerza con el amor.

Seguiré creyendo que los buenos son más.

Que todavía hay maestras que enseñan con ternura, médicos que curan con vocación, jóvenes que estudian con hambre de futuro, y campesinos que siembran esperanza en tu tierra.

No quiero verte arrodillada ante la soberbia ni dividida por el miedo.

Te quiero de pie, humilde, sabia, alegre, solidaria, justa.

Te quiero cantando tu himno sin rabia, sino con gratitud.

Te quiero libre, te quiero en paz, te quiero entera.

Y si alguna vez llegas a olvidar quién eres,

te lo recordaré en mis palabras,

en mis pinceles,

en mis silencios,

en mis votos,

en mis actos.

Te lo prometo, Costa Rica.

Seguiré caminando a tu lado,

aunque el barro me cubra los pies,

aunque el viento me tumbe la fe.

Porque este pedazo de tierra —pequeño, sí, pero sagrado—

me enseñó que amar un país no es gritarlo,

es cuidarlo.

Y aunque estés herida, Costa Rica,

te juro que un día volverás a florecer.

Porque todavía hay muchos corazones que laten con el tuyo.

Y mientras uno de ellos siga creyendo,

tú seguirás viva.

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