
Hay algo que a veces se nos olvida en medio de tanto ruido, de tanta crítica, de tanta tensión constante con lo público: también es necesario detenerse cuando algo se hace bien. No para idealizar, no para exagerar, sino simplemente para reconocer. Y hoy, mientras tengo frente a mí el informe de labores de la diputada Montserrat Ruiz para el periodo 2022–2026, me encuentro en ese punto.
No se trata solo de números, de proyectos presentados o de leyes aprobadas. Eso está ahí, claro, y es parte del trabajo. Pero hay algo más sutil que también se percibe entre líneas: una forma de estar. Una manera de transitar un espacio que suele ser duro, confrontativo, incluso desgastante, sin perder del todo la compostura, sin caer completamente en esa dinámica que muchas veces termina alejando a las personas de la política.
Y tú sabes a lo que me refiero.
Porque cuando uno observa la Asamblea Legislativa —aunque sea desde afuera— no solo ve decisiones, también percibe actitudes, tonos, formas de relacionarse. Y en ese contexto, sostener un nivel adecuado, mantener una línea de comportamiento coherente y cumplir con la función para la que se fue elegido, no es menor. A veces, eso ya dice mucho.
No estoy hablando de perfección. No estoy hablando de ausencia de errores. Estoy hablando de algo más humano: de la intención sostenida de hacer el trabajo, de recorrer comunidades, de escuchar, de transformar esas conversaciones en acciones concretas. Y cuando eso se logra, aunque sea en parte, merece ser visto.
Desde Apacigua, que es un espacio que intenta observar antes de reaccionar, reconocer antes de descalificar, este tipo de momentos también tienen valor. Porque no todo tiene que ser confrontación. No todo tiene que ser señalamiento. También hay espacio para decir: esto se hizo, esto se sostuvo, esto se puede reconocer.
Y desde ese mismo lugar, más personal, más íntimo, también aparece algo que no siempre se dice en voz alta: la disposición. La posibilidad de tender puentes, de acompañar procesos, de sumar cuando lo que está en juego es el bienestar colectivo.
Porque al final, más allá de cargos, de periodos o de contextos específicos, lo que permanece es la forma en que cada uno decide aportar.
Por eso hoy, desde esta esquinita del mundo que llamamos Apacigua, hay un gesto sencillo, pero sincero: un reconocimiento por el trabajo realizado, por la forma en que se transitó ese espacio, y un deseo genuino de que lo que venga hacia adelante siga sumando, desde donde toque estar.
Y si en ese camino, en algún momento, se puede coincidir, colaborar o simplemente acompañar desde lo que cada uno hace… que así sea.
Sin ruido.
Sin presión.
Solo desde la intención de construir.