
Hace poco vi un video de Ronny Castillo, del partido Costa Rica Manda, y confieso que me dejó inquieto. No tanto por lo que dijo, sino por lo que se adivina detrás de sus palabras.
En el video, Castillo afirma que desde el entorno de doña Claudia Dobles —del PAC— se le propuso firmar un documento para solicitar la destitución de un ministro. No sé si eso es cierto o no, y no me interesa entrar en ese detalle. Lo que me llamó la atención fue su tono: un tanto beligerante, casi molesto, acusando al PAC de intentar desestabilizar al gobierno.
Según él, esa propuesta “no es democrática”. Lo dice mientras asegura que cree en los pesos y contrapesos, lo que suena contradictorio: en democracia, precisamente esos pesos y contrapesos existen para cuestionar al poder, no para servirle. Lo escuché y pensé: ¿será que para él una democracia sana es aquella donde nadie critica al gobierno?
En ese mismo discurso, Castillo deja ver algo más preocupante: su intención de convocar una Asamblea Constituyente si llega a la presidencia. Según sus palabras, buscaría “modificar la Constitución”. No sé si se refiere a los primeros cien días o más adelante, pero la sola idea de alterar el pacto fundamental del país en un momento de tanta efervescencia me parece temeraria.
Yo estoy en contra de una Constituyente ahora. En contra de hacerla bajo un gobierno de continuidad, y en contra de hacerla bajo el liderazgo de alguien que apenas empieza a mostrarse. No porque sea imposible reformar la Constitución, sino porque en este ambiente de polarización y desconfianza sería abrir la puerta al caos. Y el caos es terreno fértil para los oportunistas.
En otro video, Ronny Castillo arremete contra la prensa. Los llama “seudoperiodistas” y dice que solo quiere reunirse con quienes hagan “las preguntas correctas”. Esa frase —“las preguntas correctas”— me preocupa profundamente. En democracia, la prensa no está para agradar ni para ser complaciente. Está para preguntar lo que incomoda, porque solo así se cuida la transparencia. Cuando un político empieza a calificar las preguntas, lo que busca no es verdad, sino control.
También dijo que considera “irrespetuoso” que se use la palabra populista para describir a Rodrigo Chaves. Pero el populismo no es una ofensa: es un término político con un significado claro. Negarlo o censurarlo es, otra vez, un intento de moldear el lenguaje para proteger el poder.
Todo esto me deja con una sensación que no puedo ignorar: ¿será que el continuismo no tiene un solo rostro? ¿Será que mientras creemos que la candidata del continuismo es una, hay otros aspirantes —más discretos, más camuflados— que repiten el mismo discurso, el mismo tono, la misma forma de descalificar a la prensa y a la crítica?
No lo sé, pero me preocupa. Y aunque he tratado de mantener mi neutralidad hacia los candidatos, confieso que escuchar este tipo de discursos me hace pensar si no estaré frente a un nuevo riesgo. Porque cuando alguien empieza hablando de “cambiar la Constitución” y de “las preguntas correctas”, suele terminar creyendo que también puede cambiar lo que los demás piensan.
Y ahí, la democracia deja de ser una conversación y empieza a ser un monólogo.
Y no, no creo que esto me haga perder la neutralidad, porque dentro de mi neutralidad frente a los candidatos, no se descarta el que esté en contra del continuismo; y hoy, por ahora, Laura y Ronny estarán, para mí, en la misma clasificación.
En resumen y si se me permite:
Laura NO
Ronny NO
Seguimos.