Seguimos siendo los mismos

Amigos queridos de Apacigua, tu ser interior: mi vida ha cambiado desde que empecé en esto. Y todavía no sé bien cómo llamarlo. No sé si es una campaña, un movimiento, una agrupación o, simplemente, un grupo de amigos defendiendo la democracia. Tal vez sea todo eso a la vez. Pero hay algo que sí tengo claro y quiero decírselos desde el fondo del corazón: yo no he cambiado.

Cada noche, antes de acostarme, me reviso. Me observo. Me cercioro de que sigo siendo el mismo que llegó aquí al inicio. Porque mi mayor miedo no es el cansancio ni la exposición, sino convertirme en alguien distinto por estar en este lugar. Yo quiero ser el mismo de siempre, con más responsabilidad, sí, pero con el mismo norte, la misma sensibilidad y honestidad.

Y voy a ser honesto con ustedes, sin poses ni discursos aprendidos. No voy a negar que lo estoy disfrutando. Me emociona profundamente estar en el resguardo de la democracia. Me ilusiona la posibilidad de un gobierno democrático, serio, respetuoso de las instituciones. Y sí, también disfruto lo que hago. No voy a fingir lo contrario ni a restarle verdad a eso. Lo hago con pasión, con entrega, con una convicción que me mueve todos los días.

Cuando me he reunido con candidatos a la Presidencia, a la Vicepresidencia, con aspirantes a diputaciones, con expresidentes, tengo algo absolutamente claro: yo no llegué ahí solo. Ustedes me llevaron. Cada encuentro, cada puerta que se abre, cada conversación profunda, existe porque hay personas detrás de mí que leen, que comparten, que acompañan, que sostienen.

Un día tuve una reunión larguísima con don Álvaro Ramos, desde la mañana hasta bien entrada la tarde. Fue un encuentro privado, familiar, profundamente humano. Mi primera reacción fue pensar que no debía escribir sobre eso, que debía guardarlo solo para mí. Y luego entendí que eso habría sido injusto. Injusto porque sin ustedes, sin este respaldo, sin esta comunidad, yo nunca habría estado ahí. Las puertas no se abren por casualidad.

Hace poco le dije a doña Eugenia Zamora, presidenta del Tribunal Supremo de Elecciones, que yo quería escribir sobre mi encuentro con ella. Y se lo dije con total claridad: yo estaba ahí gracias a un grupo de personas que le ha dado fuerza a mi nombre. Pero mi nombre no es nada sin cada uno de ustedes. Se fortalece en cada lectura, en cada “me gusta”, en cada compartido, en cada conversación que generan mis textos.

Si algún día ustedes se van —diez mil, cien mil, doscientos setenta y cinco mil lectores— yo vuelvo a mi vida de antes. Y lo digo sin drama, con serenidad. Porque esto no es una carrera personal. Es un servicio temporal, sostenido por una comunidad consciente.

Por eso mismo, también quiero decir algo más: estoy dispuesto a rendir cuentas. Ustedes me tienen aquí, y yo respondo a eso. Respondo con trabajo, con coherencia, con claridad y con la apertura necesaria para explicar lo que hago, por qué lo hago y desde dónde lo hago. No me debo a un cargo, ni a un partido, ni a una figura. Me debo a este vínculo que hemos construido.

He pedido citas con personas muy importantes, que les contaré cuando sea el momento. Nunca me gusta anunciar por dónde voy a andar. Pero en cada una de esas reuniones hay una certeza que no me abandona: estoy ahí porque ustedes me tienen ahí.

Mi compromiso es con la democracia, con la institucionalidad, con la patria. Y también con ustedes. Esto lo hago por amor al país y por respeto profundo a quienes caminan conmigo. Si en algún momento sienten que me estoy desviando del norte, díganmelo. Avísenme. Corríjanme si hace falta.

Quiero que sepan algo muy simple y honesto: cuando salgo a trabajar, salgo a trabajar por ustedes. Y mientras eso sea así, sigo siendo el mismo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio