
Hace algún tiempo me oponía a dos cosas. La primera era que doña Laura Fernández llegara a la Presidencia de la República, porque entre las diferentes opciones que teníamos los costarricenses yo consideraba que había mejores alternativas. Por supuesto, esa era mi opinión, como cada ciudadano tendría la suya, y finalmente las urnas decidieron. La segunda cosa a la que me oponía era a la continuidad. No quería que el nuevo gobierno fuera simplemente la prolongación del anterior, con los mismos estilos, las mismas confrontaciones, los mismos enemigos y esa manera de dividir al país que tanto daño, a mi criterio, nos ha venido haciendo. Al final sucedieron precisamente las dos cosas que yo no quería: doña Laura Fernández se convirtió en presidenta y la continuidad se instaló en el Poder Ejecutivo. Pero, como decía mi papá, ya estando montado en la burra, hay que cabalgarla. Las elecciones terminaron, el resultado debe respetarse y doña Laura Fernández es la presidenta de todos los costarricenses, incluidos quienes no votamos por ella o quienes hubiéramos preferido otro rumbo.
Por eso no encuentro ningún sentido en pasar los próximos años deseando que le vaya mal para poder decir después que yo tenía razón. Si le va mal a la presidenta, nos puede ir mal a todos. Si fracasa su gobierno, no fracasa únicamente un partido, un movimiento político o una persona; las consecuencias las recibe Costa Rica. De manera que, aunque sigo pensando lo mismo sobre aquella elección y aunque continúo profundamente preocupado por muchas señales de continuidad que observo, mi esperanza en doña Laura no está completamente perdida. Todavía creo que existe una posibilidad diferente, pero para que aparezca tendría que ocurrir algo que hasta ahora no alcanzo a ver con suficiente claridad: que doña Laura Fernández decida ser, plenamente, la presidenta Laura Fernández. Que encuentre su propia voz, construya su propia manera de gobernar, escoja sus propias batallas, establezca sus propios límites y comprenda que haber recibido el respaldo de un movimiento político no significa estar obligada a continuar indefinidamente el gobierno que la antecedió.
Incluso quienes no queríamos su elección podríamos llegar a reconocer sus aciertos. Yo estaría encantado de hacerlo. No tengo ningún compromiso con que mis pronósticos se cumplan ni necesito que el país se deteriore para justificar lo que dije durante una campaña política. Preferiría mil veces equivocarme. Preferiría descubrir dentro de algunos años que mis temores eran exagerados y poder escribir un artículo reconociendo que doña Laura encontró su camino, se apartó de aquello que debía apartarse y gobernó mejor de lo que algunos esperábamos. Pero para eso necesita existir una ruptura, no necesariamente con personas, partidos o amistades, sino con la idea misma de la continuidad. Un presidente recibe una banda presidencial, pero también recibe la enorme responsabilidad de decidir por sí mismo. A partir de ese momento ya no debería existir un gobierno anterior que continúa; debería existir un nuevo gobierno que responde por sus propias decisiones.
Y dentro de todo esto hay algo que particularmente me preocupa: el enorme protagonismo que continúa teniendo el ministro de Hacienda. Tengo serias diferencias con algunas de sus actuaciones, con su manera de ejercer el poder y con situaciones que considero necesario observar y cuestionar. Y precisamente porque quiero conservar alguna esperanza en la presidenta Fernández, espero que llegue el momento en que quede absolutamente claro quién gobierna Costa Rica. Los ministros son colaboradores de la Presidencia, importantes y poderosos dentro de las competencias que la ley les otorga, pero colaboradores al fin. Ningún ministro debería convertirse en una especie de gobierno dentro del gobierno ni adquirir una dimensión política que termine eclipsando, condicionando o marcando el rumbo de quien recibió directamente el mandato ciudadano para conducir el Poder Ejecutivo.
Todavía hay tiempo. Un gobierno no queda escrito definitivamente durante sus primeros meses y una presidenta tampoco está condenada a repetir durante cuatro años el libreto con el que comenzó. Puede corregir, escuchar, cambiar personas, modificar prioridades, reconocer errores y descubrir incluso que algunas de las decisiones heredadas no tienen por qué convertirse en decisiones propias. Cambiar de rumbo cuando uno considera que el camino no conduce al lugar correcto no es una señal de debilidad; puede ser precisamente una demostración de liderazgo. Por eso, a pesar de mis críticas, sigo esperando ver a doña Laura Fernández tomar distancia de aquello que considero dañino de la continuidad y comenzar a gobernar con una identidad inequívocamente suya.
Yo no quería que doña Laura fuera presidenta. Tampoco quería la continuidad. Las dos cosas sucedieron y ya ninguna de ellas puede cambiarse hacia atrás. Pero el futuro todavía no ha sucedido, y ahí es donde conservo una pequeña esperanza. Tal vez llegue el momento en que doña Laura decida desmontarse de la continuidad y comenzar realmente su propio gobierno. Tal vez nos sorprenda. Tal vez dentro de algún tiempo quienes fuimos críticos podamos reconocer decisiones acertadas y sentir que aquella preocupación inicial no terminó convirtiéndose en realidad. Yo, al menos, quisiera poder hacerlo. Porque aquí no se trata de quién gana una discusión política ni de quién puede decir “se los advertí”. Se trata de Costa Rica. Y si doña Laura Fernández logra gobernarla bien, incluso quienes no queríamos verla llegar a la Presidencia tendremos razones para alegrarnos.