Hace unos días tuve una conversación muy bonita con Rosi, la esposa de Eli Feinzaig. Fue una charla sencilla, cercana, de esas que no necesitan adornos para ser profundas. De ahí nació un artículo que escribí sobre ella, sobre su naturalidad, su ternura, su forma de estar en el mundo sin estridencias. Lo escribí desde el lugar desde donde suelo escribir siempre: lo humano antes que cualquier otra cosa.
Rosi me escribió para agradecerme. Después, también él me escribió. En su mensaje, con una cortesía que dice mucho, me aclaró: “Vinicio, te voy a tutear”. Y me tuteó. Me agradeció el texto con palabras simples, directas, sinceras. Yo le respondí de la misma manera: “Querido Pecas, puedes tutearme”. Pecas. Así le dice ella. Así lo nombra desde la intimidad, desde la casa, desde el afecto. No hubo más mensajes después de eso. Y no hacía falta. El intercambio quedó completo ahí, entero, respetuoso, sin intención de estirarlo ni de convertirlo en otra cosa.
Esta tarde, sin embargo, la vida decidió agregar un segundo acto que yo no tenía previsto. Estaba esperando a unos estudiantes de acuarela. Abrí la puerta de mi casa como cualquier día, con la mente puesta en pinceles, papeles y colores. Y al abrir, ahí estaba él. Literalmente frente a frente conmigo, en la calle. Eli Feinzaig y un equipo de grabación estaban filmando justo afuera.
Nos reconocimos de inmediato. Él vino a saludarme y yo fui a su encuentro. Y lo primero que me salió, sin pensarlo, fue el humor, dicho con una sonrisa franca:
—¿Usted qué hace aquí? ¿Anda buscándome para pegarme por haberle dicho pecas?
Nos reímos. De verdad. Una risa suelta, sin cálculo, sin intención. No fue una risa política, ni una risa pública, ni una risa para la cámara. Fue una risa humana. Hablamos un poco. De lo que estaban haciendo, del momento, del trabajo. Nada extraordinario y, justamente por eso, todo lo importante. Estábamos completamente fuera de la política y de cualquier ambiente político. Dos personas encontrándose en la calle, sin discursos, sin roles, sin necesidad de representar nada.
Fue un encuentro bonito. Bonito porque fue simple. Bonito porque fue respetuoso. Bonito porque no quiso ser más de lo que era.
Y tal vez eso, hoy, sea de lo más valioso que podemos recuperar: la capacidad de encontrarnos como personas, incluso cuando venimos de mundos distintos, sin invadir, sin usar, sin confundir cercanía con agenda. A veces, apaciguar el ser interior empieza justo ahí: en una risa compartida en la calle, en un saludo limpio, en saber cuándo algo ya está completo y no necesita más.
