Un rayito de esperanza

Anoche, después de horas —muchas horas— de estar trabajando con el proyecto de ley, estudiándolo, analizándolo y tratando de comprender por qué algunas personas creen en la importancia de votarlo mientras otras lo consideran un enorme peligro para el país, terminé agotado, pero también inquieto. Porque al final, siendo honestos, muchísimas personas realmente no entienden de qué trata el proyecto en profundidad. Hay sectores oficialistas aferrados a que se vote cuanto antes, sin necesariamente comprender todos sus alcances técnicos o sus posibles consecuencias futuras. Y también hay personas de oposición rechazándolo desde la emoción o desde el miedo, sin haberlo leído completo. Y en medio de todo ese ruido, yo necesitaba encontrar algo más sereno. Necesitaba saber qué era lo correcto, qué comunicar, desde dónde apaciguar y cuál era realmente mi punto de vista para que luego cada persona pudiera analizarlo y llegar a sus propias conclusiones.

Porque una cosa es reaccionar políticamente… y otra muy distinta es detenerse a estudiar algo que podría afectar profundamente el rumbo institucional y energético del país. Y honestamente, mientras más avanzaba leyendo, más entendía por qué este tema está generando tanta tensión. No es simplemente una discusión técnica sobre electricidad o administración pública. Es también una discusión sobre identidad nacional, sobre el papel histórico del ICE, sobre soberanía, sobre mercado, sobre visión de país y sobre el tipo de Costa Rica que queremos construir hacia adelante.

Y en medio de todo eso, me detuve un momento. Cerré documentos. Respiré. Y de pronto se me vino un nombre a la cabeza: Eder Hernández, diputado del Partido Liberación Nacional. Le escribí algo directo, sin demasiadas vueltas: “Decime que vas a votar en contra del proyecto de ley de modernización del ICE”. Y la respuesta llegó rápida, clara y firme: “Por supuesto que votaré en contra”.

Y honestamente… sentí esperanza.  Un pequeño rayito de esperanza.

El primero de los diputados que me comunicaba de forma directa una posición que, según el análisis al que yo mismo iba llegando después de estudiar el proyecto durante horas, parecía alinearse con lo que considero más prudente para el país.

Eder se levantó firme. Y más allá de simpatías políticas o diferencias ideológicas que cualquiera pueda tener, hay momentos donde ciertas decisiones terminan conectándose con algo más profundo que un voto legislativo. Porque el Partido Liberación Nacional no puede desligarse históricamente del nacimiento del ICE, así como tampoco puede desligarse simbólicamente de aquella Costa Rica que abolió el ejército y apostó por construir instituciones fuertes. Y en medio de toda esta discusión, escuchar a un diputado liberacionista decir “por supuesto que votaré en contra” tiene un peso político y emocional que no es menor.

Claro que uno podría decir: “ese es su trabajo”. Y sí, lo es. Cuando alguien es elegido por el pueblo para representarlo en la Asamblea Legislativa, se supone que debe actuar con responsabilidad, estudiar los proyectos y tomar decisiones pensando en el país. Pero también sabemos que no siempre ocurre así. No siempre cuando a una persona se le encomienda una tarea importante la realiza de la mejor manera. No siempre cuando el país deposita expectativas en alguien obtiene buenos resultados. Y justamente por eso, cuando sí ocurre, también vale la pena reconocerlo.

Yo honestamente sigo confiando en que los diputados de oposición harán lo correcto. Tengo la impresión de que todavía podríamos llevarnos una grata sorpresa. Creo que muchas personas dentro de Liberación Nacional, del Frente Amplio, del PUSC y de otros sectores entienden el peso histórico y estratégico de esta decisión. Y aunque todavía falta camino por recorrer, anoche, por un momento, sentí que el ambiente dejaba de ser únicamente incertidumbre.

Por eso hoy, en este fin de semana cargado de tensión política y discusión nacional, si me permiten, quiero detenerme un momento para aplaudir a Eder Hernández.

Por levantar la voz. Por pronunciarse. Por decir simplemente: “por supuesto que votaré en contra”. Y honestamente… ¿se unen a mí?

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