Una llamada con palmadita

Esta mañana entró un mensaje sencillo, casi tímido, de esos que uno no sabe bien cómo leer hasta que lo lee dos veces: “Estimado amigo, ¿puede llamarme a este número?” Firmado por Rafael Ángel Calderón Fournier.

No lo pensé mucho. Detuve lo que estaba haciendo, salí un instante del torbellino de la agenda, del teclado, de las ideas, y lo llamé. Del otro lado recibí un saludo espontáneo, intenso, amable, profundamente humano. Hablamos varios minutos sobre la situación del país. Me felicitó por el trabajo que estoy haciendo. Me habló con respeto, con calidez, con una cercanía que no siempre se esperaría entre mundos tan distintos. Y yo aproveché para preguntarle algo que para mí es esencial: qué le parecía este camino que estamos llevando, este esfuerzo por unir al país, por apaciguar el ser interior, por intentar hacer política desde la paz, desde la amistad, desde la conciencia.

Recibí de su parte palabras de aliento, elogios sinceros, y un “siga por ahí” que no se siente como consigna, sino como acompañamiento. Fue una conversación intensa, agradable, luminosa. De esas que te dejan un saborcito bueno en el pecho para seguir caminando un poco más liviano. Por supuesto le pregunté si podía comentar públicamente que habíamos hablado, y me dijo que sí, que con toda tranquilidad. Amo la transparencia, así como amo cada vez que citaba, en su conversación, alguno de mis artículos, dejando claro que de verdad me estaba leyendo y siguiendo.

Y entonces me di cuenta de algo. De que esto no es una anécdota aislada. Porque me pasa también cuando le cuento a Miguel Ángel Rodríguez lo que estamos haciendo y le pido una lectura desde el camino del apaciguamiento. O cuando Óscar Arias, en persona, me da una palmadita en el hombro y me dice “va muy bien, lo felicito por esos proyectos”. O cuando le comento a doña Laura Chinchilla. O cuando candidatos actuales ponen a gente de sus equipos de campaña a mi disposición para ayudarme a entender temas, a afinar artículos, a llegar mejor a la gente.

Pero hay algo todavía más profundo que me está ocurriendo estos días: la forma en que los partidos, incluso en medio de una contienda electoral, están colaborando entre ellos desde lo humano. Llamo a un partido para pedir apoyo en un tema de juventud, y no solo me pasan el contacto del muchacho que maneja ese sector, sino que además me conectan con personas de otros partidos que trabajan lo mismo. Llamo por otro tema, a otro partido, y me ponen en contacto con dos o tres candidatos de distintas banderas. Como si, por momentos, se les hubiera olvidado que son adversarios… y se les hubiera acordado que todos son país. Y eso, para mí, es un milagro silencioso.

Están en una contienda, sí. Pero también están juntos en algo más grande que la contienda. Están juntos en Costa Rica. Y yo, desde este lugar extraño que me tocó vivir —ni político, ni economista, ni estadista—, estoy unido con todos como costarricense. Hablando con todos. Escuchando a todos. Y tratando, en medio de tanto ruido, de sembrar una sola cosa: paz con conciencia.

Costa Rica necesita unirse como país. No como partido. No como bando. No como etiqueta. Como patria. Como casa común. Como proyecto compartido. Y cuando veo que estas conversaciones improbables están ocurriendo, cuando veo que hay puentes donde otros solo esperan trincheras, entiendo que esta lucha no se va a ganar con gritos… se va a ganar con vínculos.

Amo “Apacigua tu ser interior”, por estar haciendo como campaña, lo que está haciendo, con ustedes todos unidos en un norte, en una meta, en medio de toda esta efervescencia y con el ánimo apaciguado. Amo esto. Amo sus mensajes de apoyo, cuando me defienden en redes, cuando me impulsan a seguir, cuando hablo con los expresidentes de la república, y cuando, como sucedió el domingo, una familia me da un regalo, un cuadro de madera con mi nombre, hecho para mí, o una señora agricultora de Pacayas de Cartago, me abraza llorando, agradeciéndome por estar en esto en lo que trabajo, y ver que detrás de ella hay diez personas haciendo fila para saludarme, felicitarme, agradecerme y con un calendario en mano, para que se los firme, y les ponga un mensaje.

Amo estar dando una charla, y darme cuenta que al terminar tenían planeados una serie de reconocimientos, para mí o para la campaña, no lo sé, pero escuchar palabras hermosas, mientras los asistentes me miran y yo no sé cómo actuar o como dejar de sonrojarme, y recibir con humildad los regalos que me tienen preparados, con el amor más puro de una zona agrícola costarricense.

Esto no es ego, no es arrogancia, no es figurar, aunque amo estar tan presente con la gente, esto es reconocimiento, impulso, fuerza, resultados y victoria.

Y sí, lo digo sin miedo y sin soberbia: Esta lucha, así, desde la paz, desde el diálogo, desde el apaciguamiento… la vamos a ganar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio