Una mañana con Lisbeth Quesada Tristán

Candidata a la vicepresidencia de la República, periodo 2026-2030

Lisbeth Quesada, nacida en Costa Rica el 25 de junio de 1952, es una médica cirujana y política costarricense que ha desempeñado una destacada labor en el campo de los cuidados paliativos. Fue Defensora de los Habitantes de Costa Rica entre 2005 y 2009, y en la actualidad es la presidenta y fundadora de la Fundación de Cuidados Paliativos, una de las organizaciones pioneras en el país en esta área tan vital y humana. Es también candidata a la primera vicepresidencia en la fórmula de Fernando Zamora, con miras a las elecciones presidenciales de 2026.

Quesada se graduó en medicina en la Universidad de Costa Rica en 1984, y más tarde, cursó estudios de especialización en cuidados paliativos en el St. Luke’s-Roosevelt Hospital Center de Nueva York. A su regreso al país, se dedicó a implementar y dirigir los cuidados paliativos pediátricos en el Hospital Nacional de Niños, labor por la cual ha sido reconocida a nivel nacional.

Mi amiga Cuca Coronas, seguidora cercana de Apacigua tu ser interior, ha estado trabajando muy de cerca en algo que valoro profundamente: tender puentes. Puentes entre personas del ámbito político nacional, personas que están pensando el país desde distintos lugares, y este espacio ciudadano que hemos ido construyendo juntos, con calma, con respeto y con conciencia. En ese caminar, Cuca me ha ido sugiriendo nombres, posibles conversaciones, encuentros que valen la pena.

Hace unos días me propuso que hablara con doña Lisbeth Quesada. Doctora, primera vicepresidenta de Zamora y candidata a la primera vicepresidencia por ese partido. Anoche, con mucha naturalidad, nos puso en contacto. Yo le escribí, le pregunté cuándo sería un buen momento para llamarla, y esta mañana ella misma me contactó. Hablamos.

Tengo que confesar algo que hace la escena más humana. Me parece que ella todavía estaba sin bañar. Yo también. Se lo dije tal cual, entre risas. Desde el inicio la conversación se dio en un tono relajado, sin poses, sin rigidez, sin esa formalidad impostada que a veces rodea a la política. Le expliqué que, por supuesto, me gustaría reunirme con ella en algún momento, pero que había algo más que me importaba: quería conversar con alguien que la amara, que me ayudara a mí a amarla, para poder escribir de una manera tal que Costa Rica también pudiera llegar a amarla. No desde la propaganda, sino desde lo humano.

La conversación duró más de lo que usualmente duran estas llamadas. Hablamos de varias cosas. Hablamos de país, de candidatos, de contextos. Hablamos de ella, de su vida. Incluso hablamos de mí. Fue una conversación que se fue soltando sola, como cuando dos personas se sientan sin prisa y dejan que las palabras encuentren su ritmo.

En algún momento me habló de algo que me tocó profundamente. Me contó que es la presidenta y fundadora de los cuidados paliativos en Costa Rica. Que cuando ella trajo el concepto de cuidados paliativos al país, simplemente no existían. Que fue abrir camino donde no lo había. Hoy preside la fundación que sostiene ese trabajo tan delicado, tan humano, tan necesario. No tengo claro aún si su enfoque inicial fue solo en niños o en cuidados paliativos en general, pero sí me quedó claro el nivel de compromiso, de vocación y de historia que hay detrás de eso.

Me pareció simpática. Cercana. Agradable. Como si estuviera hablando con una amiga de toda la vida. Como si cada uno tuviera una copa de vino en la mano y la conversación se diera al final de la tarde. Pero no. Eran las ocho de la mañana. Yo no había desayunado todavía. Y, aun así, la sensación era esa: intimidad, confianza, humanidad.

La conversación siguió por otros caminos, más profundos, más políticos y personales. Y eso merece su propio espacio.

Terminamos la llamada y, casi de inmediato, me contó algo más. Que esa misma mañana, durante gran parte del día, tendría una actividad de cuidados paliativos para niños en el plantel de la Municipalidad de San José, en Pavas. Que habría una actividad grande, abierta, y que, si yo estaba disponible, me invitaba con mucho gusto a acompañarla.

La invitación me pareció hermosa. No solo por verla en acción dentro de la fundación que preside, sino por la posibilidad de estar ahí, con los niños, con las familias, y entender desde adentro eso de lo que me había hablado con tanta pasión. Le dije que sí. Que iba. Que, si había necesidad de trabajar con los niños o si había oportunidad de hacerlo, yo también estaba dispuesto. Incluso a tirarme al suelo, si hacía falta. Colgamos. Me alisté. Y fui.

No me quedaba tan lejos, así que llegué con esa mezcla de expectativa y curiosidad que se tiene cuando uno va a ver algo que intuye que va a ser importante, aunque todavía no sepa por qué. Yo esperaba encontrarme a una presidenta de fundación dirigiendo todo desde algún punto central, con agenda en mano, coordinando, dando órdenes. Nunca imaginé encontrarme con lo que encontré.

Me topé con una mujer sencilla, con el pelo suelto, corto, que además le lucía. Llevaba collares que parecían mentas navideñas, aretes a juego, todo con un aire claramente de Navidad. Era como estar con la señora Claus, pero en versión humana, cercana y costarricense. Una mujer risueña, hermosa, entregada, trabajadora, y notoriamente querida por todos los que estaban ahí.

Había cientos de niños, acompañados por sus madres y padres. Puestos de bebidas, de comida, piñatas. Un ambiente vivo, cálido, lleno de movimiento y de risa. El salón era enorme. Afuera, estacionados, había carros de bomberos, de la municipalidad, de la policía municipal, del OIJ. Todo formaba parte de una puesta en escena que no tenía nada de artificial. Cuando entré, me encontré con un ambiente que nunca había imaginado. Era… surrealista. Y profundamente hermoso.

Fui caminando con ella por las diferentes áreas de la actividad y, mientras avanzábamos, me iba explicando qué hacía cada espacio y por qué estaba ahí. Me contó, por ejemplo, que las piñatas habían sido hechas a mano por uno de los jefes del OIJ, quien las construyó él mismo para donarlas. Me habló de los puestos, de la gente que trabaja en la fundación, de los voluntarios, de cómo se fue tejiendo esa red humana que hace posible algo así.

Me explicó también cómo logró que la OIJ estuviera presente. O, más bien, cómo el personal se ofreció a sí mismo para acompañarla en esta actividad. No como una obligación institucional, sino como un acto voluntario, personal, profundamente humano. Había paintball, estaban los carros del equipo táctico, el que llaman La Bestia, diferentes vehículos para transportar reos, incluso unidades adaptadas para personas con problemas de movilidad.

Los muchachos de las distintas policías y equipos tácticos estaban ahí, vestidos con sus uniformes, plenamente presentes. En uno de los puestos había incluso un uniforme de ataque, de esos que uno asocia con operaciones especiales, similares a los que usa SWAT, aunque en Costa Rica el equipo tenga otro nombre. Me ofrecieron ponérmelo, acepté, y nos tomamos una fotografía. Todo se daba con una naturalidad que desarmaba cualquier idea previa que uno pudiera tener.

Conversé con policías de distintos departamentos: prensa, secretaría, equipos de asalto. Me contaron sobre su trabajo, sobre la pasión con la que viven lo que hacen, sobre la necesidad del secretismo en ciertas operaciones, sobre la responsabilidad enorme que cargan y, al mismo tiempo, sobre el orgullo silencioso de servir. Escuchar esas historias, de boca de quienes las viven, fue revelador.

Aprendí muchísimo. Me divertí, sí. Pero más que divertirme, lo disfruté profundamente. Disfruté ver la parte humana detrás de los uniformes, detrás de las siglas, detrás de las instituciones. Disfruté sentir que, en medio de todo, había algo muy vivo, muy auténtico, muy nuestro, ocurriendo ahí mismo, frente a mis ojos.

Fuimos luego a un toldo donde tenían unas motos enormes de policía. No sé si eran del OIJ o de la Policía Municipal, pero eran imponentes, grandes, pesadas, casi desproporcionadas. Ahí, entre risas, logré convencer a la señora candidata a la vicepresidencia de la República de que se subiera a una de ellas. Yo le tomaba fotografías mientras, feliz, tomada de la mano de uno de los policías, lograba montarse en algo que era casi más grande que un caballo. La escena tenía algo de juego, de valentía y de complicidad, sin perder nunca la sencillez.

Después nos fuimos al área de paintball. Ahí volví a meter un poco de picardía y le sugerí a la persona que estaba coordinando que le diera un arma. Se la prestaron sin dudarlo. Ella la tomó con naturalidad, con firmeza, y se metió en el juego. Había que dispararle a un policía que estaba, calculo, a unos cincuenta metros. Con valentía y bastante exactitud, disparó varias veces y le acertó muy bien en los brazos. Más tarde, entre risas, él mismo nos enseñó los moretones que le habían quedado por los disparos certeros de la doctora, presidenta de la fundación de cuidados paliativos. Fue genuinamente divertido.

Luego caminamos por un sendero más tranquilo. Ahí la conversación cambió de ritmo. Me fue contando cómo llegó hasta aquí. Cómo fue su camino como médica. Cómo estudió con una beca Fullbright. Cómo creció, cómo investigó sobre los cuidados paliativos y de qué manera logró traerlos a Costa Rica cuando aquí simplemente no existían. Me habló de ese primer momento, de abrir camino donde no lo había, y de cómo, hasta hoy, sigue siendo la presidenta de la fundación que sostiene ese trabajo tan delicado y tan profundamente humano.

Seguimos caminando. La conversación siguió fluyendo, y fue muy fácil amarla, para mostrarles a ustedes la mujer atrás de la candidatura.

Luego, como así había sido mi sugerencia inicial, me ofreció que hablara con algunos de sus hijos, lo que ya no considero necesario, porque ya con ella, me doy por servido; pero acepté. Hablaré con Daniel, el doctorcito de cuarenta y tantos años, para que me cuenta de su madre.

Esa, queridos amigos, será otra parte de la historia.

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