Una noche en Talentum

Por Vinicio Jarquín

Fui invitado por Eugenio Herrera a participar en un par de actividades un miércoles por la tarde en la Galería Talentum, un espacio que, además, tiene un significado especial para mí, porque dos de mis obras siguen en exposición ahí. La invitación incluía, primero, un conversatorio con la diputada electa Abril Gordienko, amiga mía, y luego la presentación de uno de los libros de María Bonilla. Decidí aceptar. No solo por el contenido, sino también porque mi agenda había cambiado: había sido reagendada mi cita con la Defensora de los Habitantes y el defensor adjunto, y además había declinado una invitación a un conversatorio en la UNED. Así que todo parecía alinearse para que estuviera ahí.

Elegí la ropa con esa mezcla que me gusta entre lo formal y lo informal. Un jeans ajustado, botones negros, una camiseta floreada de mi marca Vinicio Jarquín, que se ve especialmente bien con un saco también diseñado por mí, en un estilo oriental ajustado. Había algo en esa elección que también hablaba de lo que soy en este momento: alguien que se mueve entre mundos, entre lo artístico, lo personal, lo público… sin dejar de ser uno mismo.

Al llegar me encontré con Gustavo Gutiérrez, exrector de la Universidad de Costa Rica, a quien aprecio profundamente. Es de esas personas con las que uno se siente bien simplemente por coincidir. Poco después se nos unieron dos personas más. Ella, Julieta, esposa del escritor Laureano Albán, con quien en mi juventud tomé clases de escritura en un ambiente que podría describir, con cariño, como “hostil”… pero que me dejó un aprendizaje enorme. Él, Carlos Enrique Rivera Chacón, escritor reconocido, quien tuvo un gesto que valoro mucho: me regaló, firmado, un ejemplar de su libro Fábulas desde el bosque de Costa Rica. Y eso, para quien escribe, tiene un peso especial. Uno sabe lo que significa entregar un libro propio.

Conforme avanzaba la tarde, empezaron a llegar más invitados, y con ellos, la anfitriona del primer encuentro: Abril. Se fue armando una mesa que reunía personas de distintos ámbitos, algunos conocidos, otros no tanto, pero todos con algo en común: el interés por conversar, por escuchar, por compartir. En ese flujo natural de saludos y encuentros, se acercaron a saludarme don Francisco Antonio (Tony) Pacheco, gran amigo de Óscar Arias, mi gran amigo. Tony fue presidente de la Asamblea Legislativa, abogado, filósofo y político costarricense; y don Leonardo Garnier, catedrático de la Universidad de Costa Rica y ex ministro de Educación.

Dos figuras que, antes de estar yo en los espacios en los que hoy me muevo, no me hubiera imaginado conocer… y mucho menos recibir de ellos palabras de reconocimiento por mis escritos. Son de esos momentos que uno no fuerza, que no planifica, pero que llegan… y cuando llegan, se sienten.

La tarde continuó con la presentación del libro de María Bonilla, mientras la mesa se llenaba no solo de nombres, sino de historias. Yo, por mi parte, tomé agua, un capuchino y unas butifarras. Detalles simples, pero que forman parte de la escena. Las personas seguían llegando, presentándose, sumándose a una lista que, poco a poco, se volvía más nutrida, más interesante, más diversa. Una mesa para unas veinticinco personas, más o menos, que compartían ese momento sin saber del todo hacia dónde iba a llevar la noche.

Y en esa llegada sutil de nuevas personas, apareció alguien a quien quería conocer: Carlos Rubio. Nos encontramos, nos saludamos, nos tomamos una foto… y nos caímos bien. De esos encuentros que no necesitan mucho para sentirse auténticos. Quedamos en vernos para un café. Y en medio de todo eso, también me quedó una pequeña espina: no haber pedido el teléfono de Tony Pacheco. Sé que podría ayudarme con mi libro sobre fármaco dinámica en la Asamblea Legislativa. Son esos detalles que uno aprende a cuidar para la próxima.

La noche terminó, no sin antes me invitaran para el próximo mes, para la próxima reunión, para otro gran momento de alto y agradable nivel.

Y al salir, hubo un último momento que se quedó conmigo. La Galería Talentum iluminada de una forma hermosa. El Centro de Cine. El Instituto Nacional de Seguros. Todo ese entorno, visto desde afuera, tenía algo especial. Algo que no siempre se ve cuando uno está adentro de los espacios.

Subí al carro.

Y mientras manejaba de regreso a casa, con las banderas blancas ondeando con el logo de Apacigua tu ser interior, entendí algo con mucha claridad. Ese camino, ese lugar al que había llegado, esa mesa, esas conversaciones… no eran casualidad.

Habían sido posibles por el camino recorrido. Por la campaña. Por el trabajo. Y, sobre todo… por el amor a la patria.

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