Una ventana al pasado

Semana Santa, vista desde el Siglo XXI hasta el Siglo I

Introducción – Una ventana hacia el dolor más sagrado

Este no es un libro de respuestas. Tampoco es una recopilación de verdades absolutas, ni pretende ser una obra teológica o devocional. Es más bien un testimonio personal, una contemplación narrada, un ejercicio de alma frente al misterio. Es un intento, profundamente humano, de asomarme a un instante de la historia que cambió el curso de la humanidad, y que, sin embargo, sigue siendo íntimo, crudo, silencioso. Lo escribí no porque me creyera con autoridad para hacerlo, sino porque no pude evitarlo. Abrí una ventana —no literal, sino del alma— durante un Viernes Santo, y lo que vi del otro lado no me dejó en paz. Sentí la necesidad de narrarlo, de contarlo como lo vi, como lo sentí, como lo lloré.

No viajé físicamente a Jerusalén, pero estuve ahí. No viví en el siglo I, pero lo recorrí con el corazón abierto. No fui testigo presencial, pero me convertí en testigo espiritual. Cada escena que describo la vi con los ojos del alma, con la sensibilidad de un hombre del siglo XXI que intenta comprender un sacrificio que no puede medirse, una injusticia que duele más allá del tiempo, una entrega que no cabe en las palabras. No lo escribí como un historiador ni como un teólogo, sino como un hombre que abrió la ventana y no pudo cerrarla sin contar lo que había visto.

Decidí detener el libro en el Viernes Santo. No porque no crea en el domingo, no porque dude del milagro, sino porque sentí que este relato necesitaba quedarse un momento más en el dolor. En la cruz. En el silencio posterior a la muerte. Porque ahí también hay redención. Porque hay que quedarse un rato frente a la herida abierta, sin apurarse hacia la esperanza. Porque la humanidad no siempre salta del dolor a la gloria en tres días. A veces, necesitamos quedarnos en el Gólgota un poco más, con la mirada clavada en el cielo nublado, en el cuerpo colgado, en las palabras que se apagaron con un suspiro final. Y desde ahí, desde ese lugar que duele pero que transforma, escribir.

Gracias por acompañarme a mirar por esta ventana.

Gracias por no huir de la oscuridad.

Gracias por quedarte un poco más conmigo, aunque duela.

Vinicio Jarquín

Capítulo 1 – El día en que eligieron a Barrabás

Si hoy, Viernes Santo, pudiera abrir una ventana al tiempo, ¿hacia dónde me asomaría? ¿La abriría hacia hace ciento diez años, tres días antes de que naciera mi abuelito, aquel domingo santo de 1915? ¿O me atrevería a ir un poco más atrás? Solo un poco más atrás. Solo un poco… mucho más atrás.

Allá por el año 33. A una ciudad antigua, sofocada por el polvo y los susurros. Jerusalén. Una ciudad que ya en ese entonces llevaba siglos oliendo a incienso, a sangre y a traición. Sitiada por el Imperio Romano, pero también por los miedos, los celos, las profecías rotas y las esperanzas que parecían imposibles. Una ciudad sagrada, sí, pero también una ciudad crispada, donde cada piedra tenía memoria, y cada calle podía ser testigo de una ejecución. Jerusalén no dormía, no descansaba, no perdonaba: era un volcán de tensiones religiosas, disputas étnicas y dominación política a punto de estallar.

Una ciudad ansiosa de sangre. De justicia… o, mejor dicho, de una justicia falsa. Una justicia teatral, manipulada, conveniente. Una justicia que no venía del cielo ni del corazón, sino de las plazas, de los gritos, del poder. Esa justicia no se pronunciaba en voz serena ni en la intimidad de un templo, sino en el estruendo de la masa, en los cuchicheos del Sanedrín, en los pasillos sombríos donde los acuerdos se sellaban entre el miedo y la conveniencia.

Allí, las manos no se alzaban para orar. Se alzaban para señalar. Para acusar. Para condenar. No había espacio para la duda ni para la reflexión. Solo para el juicio rápido, el castigo inmediato, la furia desbordada de un pueblo desesperado por sentir que tenía algún tipo de poder, aunque fuera el de decidir la muerte de otro.

El pueblo era pobre. Paupérrimo. No solo en monedas, sino en dignidad. Humillado. Explotado. Cansado de arrodillarse ante dioses ajenos, emperadores de piedra y soldados sin alma. Vivían con lo justo, comían lo que podían, creían lo que les permitían creer. Y, sin embargo, gritaban. Su clamor era ensordecedor: pedían libertad, exigían paz, suplicaban por justicia. Pero si uno escuchaba con atención —con el alma, no con los oídos— se daba cuenta de que lo que realmente pedían era sangre. No querían redención. Querían venganza. No querían que el Reino de los Cielos descendiera sobre ellos: querían que el Imperio de Roma cayera hecho pedazos, y estaban dispuestos a aplaudir al primero que les diera ese espectáculo.

En el fondo de ese caos había un juego político frío y calculador. Un triángulo peligroso. Por un lado, Herodes, rey de pacotilla, aliado de Roma, temeroso de perder su poder, más dado a las intrigas que a las decisiones, más cómodo en sus banquetes que en su trono. Por otro lado, los sumos sacerdotes del Sanedrín, guardianes de la ley, sí, pero también de sus privilegios, decididos a eliminar a aquel galileo que les desafiaba no con armas, sino con palabras, no con violencia, sino con una luz que amenazaba con dejar en evidencia su oscuridad. Y en el vértice de ese triángulo, Poncio Pilato, el gobernador romano, cínico, pragmático, atrapado entre la presión de los líderes religiosos, la amenaza de revueltas populares, y su necesidad de mantener la paz con puño de hierro sin provocar informes incómodos que llegaran a oídos de César. Pilato no quería condenar a Jesús. Pero tampoco quería arriesgarse a parecer débil. Así que lavó sus manos. Literal y simbólicamente. El juicio se convirtió en teatro. Y la sentencia, en espectáculo.

Y fue entonces cuando el pueblo habló. Porque cuando llegó el momento de elegir, no pidieron la libertad del justo. No clamaron por aquel que había traído un mensaje de amor, de compasión, de dignidad, de perdón y de gloria. No. Ese día, enardecidos por el miedo, por la confusión, por el desencanto acumulado durante generaciones, eligieron a Barrabás. Un asesino. Un revoltoso. Un hombre del pueblo, sí, con cicatrices y heridas, pero también con un corazón endurecido por la violencia. Un símbolo de su odio. De su desesperación. De su deseo de ver el mundo arder, aunque fuera con fuego equivocado. Barrabás representaba la rabia sin forma, el caos sin horizonte, el castigo que se lanza a ciegas esperando que algo se rompa.

Y no eligieron al hombre cuyo espíritu —el mismo Espíritu Santo— se movía dentro de sus entrañas, hablaba con la fuerza de la verdad, caminaba entre ellos sin armas, y amaba con una intensidad que incomodaba a los poderosos… y desafiaba a los quebrados. No eligieron al que multiplicaba panes, sino al que multiplicaba odio. No eligieron al que sanaba en sábado, sino al que había hecho sangrar en las plazas. No eligieron al que ofrecía agua viva, sino al que vivía del rencor y del resentimiento.

Unos lloraban por él en silencio, impotentes, escondidos entre la multitud. Otros gritaban su nombre con rabia, sin saber realmente por qué. Algunos lo insultaban sin haberlo escuchado nunca. Y otros, los que lo habían seguido, lo negaban para salvarse. Cada uno reaccionando según el peso de su miedo, el tamaño de su culpa o la sequía de su fe.

Mientras tanto, los centuriones romanos observaban todo con una mezcla de arrogancia y aburrimiento. Ellos no creían en profetas, ni en mesías, ni en promesas divinas. Creían en la disciplina, en el orden, en el imperio. Su misión no era juzgar, era obedecer. Y cada vez que alguien alzaba demasiado la voz, la silenciaban con la culata de una lanza, con un empujón seco, con una mirada que decía: “Aquí mandamos nosotros, y no tu Dios invisible”.

Nadie pensaba con claridad ese día. Ni el pueblo. Ni los líderes. Ni los jueces. Ni los soldados. Nadie. Porque cuando la historia se desborda, nadie se detiene a preguntarse si el río arrastra justicia… o simplemente, un cadáver más.

Y por eso, por miedo, por manipulación, por ceguera, por historia, por error, eligieron a Barrabás; y no a Jesús.

Capítulo 2 – La pregunta que no puedo responder

Estoy viendo por esa ventana, aterrado. Impactado. Con el corazón hecho un nudo. Juzgando. Sí, juzgando yo, Vinicio Jarquín, incapaz de entender cómo ese pueblo pudo haber elegido a Barrabás. A un asesino. A un insurrecto. A un hombre de calle, curtido en el polvo, en la ira, en la violencia… y no haber elegido que fuera liberado Jesús de Nazaret. Ese Jesús que sanaba sin condiciones. Que hablaba de un Reino que no era de este mundo. Que miraba a los ojos sin bajar la mirada. Que lavaba pies, no para mostrar humildad, sino porque el amor en él se manifestaba hasta en las rodillas. Que lloraba por los demás, aun sabiendo que el dolor era inevitable. Que no temía decir la verdad, ni siquiera frente a los que podían matarlo, porque su vida no estaba en venta y su alma no conocía el miedo.

Pero claro… es muy fácil tomar esa decisión ahora, desde aquí. Desde esta orilla del tiempo donde mi alma está resguardada por los siglos. Es muy fácil juzgar al pasado cuando ya sé el final del relato. Cuando la cruz dejó de ser un madero de tortura para convertirse en símbolo de redención. Cuando el nombre de Jesús se convirtió en eco de divinidad. Cuando su mensaje se imprimió en libros, en templos, en cantos, en credos… y en mi propia memoria. Es fácil condenar a quienes gritaron “¡Crucifícalo!” cuando uno vive en una época donde esas palabras ya no suenan a decisión colectiva, sino a error histórico, a acto bárbaro del que ya se ha tomado distancia. Pero en aquel momento, nadie sabía que era un error. Nadie sabía que esa sangre marcaría el calendario de la humanidad.

¿Pero qué hubiera hecho yo? ¿Qué habría gritado mi voz aquella mañana tensa, en esa plaza saturada de miedo, de polvo y de gritos entrecortados? Un sol implacable caía sobre la piel como castigo. El calor se mezclaba con el hedor de cuerpos apretujados, con el sudor rancio de los soldados, con el olor metálico del cuero, del hierro, de la tensión acumulada. Y en medio de esa multitud —una masa vibrando entre la incertidumbre y la furia— alguien gritaba “¡Barrabás!”, y el grito se repetía, se replicaba, se multiplicaba como un virus emocional. Y yo, ¿dónde habría estado?

¿Qué pancarta habría levantado? ¿Qué emoción me habría dominado? ¿Habría pedido la libertad de Barrabás, el hombre del pueblo, el que representaba la rabia, la lucha, el espíritu callejero de una revuelta posible? ¿El que hablaba el lenguaje de los oprimidos, aunque sus manos estuvieran manchadas de sangre? ¿O habría pedido la libertad de ese otro… ese nazareno extraño, que hablaba de amor y de perdón, de poner la otra mejilla, de caminar desarmado en medio de lobos, de amar incluso al enemigo? ¿Ese hombre que no gritaba, que no levantaba el puño, que no proponía tomar el poder sino despojarse de él? ¿Ese hombre que era, en todos los sentidos posibles, un escándalo para la lógica humana?

La verdad… no lo sé. Y me duele no saberlo. Me duele profundamente no tener certeza de si, en ese momento, mi miedo habría vencido mi conciencia. Me duele imaginarme alzando la voz en contra del justo. Me duele pensar que quizás, por miedo a los látigos, por miedo a los romanos, por miedo a ser señalado, a estar solo, a perderlo todo… me habría callado. O peor aún, me habría unido al coro de los que gritaban contra él, creyendo que hacía lo correcto, o al menos, lo más conveniente para mi propia supervivencia.

Porque sigo en la ventana, y estoy llorando. Llorando por ese Jesús que sé quién es hoy, que sé lo que representa, lo que transforma, lo que redime. Llorando porque puedo ver claramente su inocencia, su entrega, su mirada encendida aún en medio del sufrimiento. Pero también lloro por mí. Lloro por no tener la más mínima garantía de que mi voz, entonces, no habría sido una más en esa turba confundida. Lloro porque no sé si mi grito habría sido justo… o simplemente, humano. Porque a veces lo humano no basta. Porque a veces lo humano se vuelve cobarde, se vuelve ciego, se vuelve masa. Y frente a ese Jesús, frente a su dignidad callada y su entrega total, me doy cuenta de que ser humano tal vez no habría sido suficiente.

Capítulo 3 – El amor que no se detuvo

Sigo en la ventana. Las imágenes se suceden de forma intermitente, como si el tiempo me diera fogonazos de una película maldita que se repite cada año, sin poder ser cambiada jamás. Ahora veo una turba. Una turba que no camina: empuja, rodea, agrede, escupe, se retuerce entre el morbo y el fanatismo. Voces rotas por la histeria. Brazos que lanzan piedras, tierra, odio. Ojos que no miran, solo juzgan. Gente sin rostro, o con el rostro deformado por la rabia, como si la multitud entera se hubiera fundido en una sola criatura sedienta de violencia, incapaz de razonar, incapaz de sentir piedad.

Y en el centro, un hombre. Uno solo. Un hombre cuya cruz pesa más que toda una humanidad. Más que todos nuestros pecados juntos. Más que el ego del imperio. Más que el miedo de cada alma incapaz de defenderlo. Más que la cobardía de cada discípulo que se escondió. Más que la indiferencia de los siglos que vendrían después. Está casi arrastrándose. Casi cayendo. Pero sigue de pie. Firme. Erguido. Con el cuello arqueado por el peso, con la espalda abierta en llagas, con los hombros morados por los golpes, con las piernas temblorosas, pero aún dispuestas a avanzar. Avanza no por obediencia, ni por resignación, sino por amor. El tipo de amor que no puedes explicar ni representar: solo presenciar con asombro y con dolor. El tipo de amor que camina al matadero sabiendo que está salvando incluso a quienes lo empujan.

Avanza por una callejuela estrecha. Hedionda. Saturada de sudor viejo, de polvo seco, de orina incrustada entre las piedras, de sangre seca que nadie se molesta en lavar. El aire está espeso, casi masticable. Huele a multitud, a miseria, a cuerpo torturado, a podredumbre emocional. Huele a la mezcla insoportable de lo humano sin alma. El calor se pega como una sentencia. No hay brisa, no hay sombra. Solo ese sol hirviendo que parece cómplice del castigo. Cada paso suena como un eco que grita desde las entrañas del universo: “Esto es real”. No es metáfora, no es liturgia. Es real. Es carne rota, es espíritu expuesto, es salvación en tránsito.

Lo rodean judíos. Algunos lloran, con pañuelos en la boca para no ser escuchados, para no ser identificados, para no ser acusados de simpatizar con un condenado. Otros gritan improperios, arrancando desde el fondo del pecho insultos malolientes que nacen del desconcierto, de la rabia, de la ignorancia, de la necesidad de culpar a alguien. Hay gente que no entiende, y gente que no quiere entender. Hay quienes están tan heridos por dentro que no soportan ver a alguien que no responde con odio. Les resulta insoportable su mansedumbre. Les hiere su paz. Les ofende su entrega.

Y yo, desde aquí, desde esta ventana del siglo XXI… como si no hubiera visto ya la película. Como si no hubiera leído ya el libro. Como si algo en mí aún creyera que se puede cambiar el desenlace. Tengo la absurda, desesperada esperanza de que algo se rompa en el guion del tiempo. Que alguien lo detenga. Que alguien lo vea. Que alguien diga basta. No quiero a un José de Arimatea que venga después, con el corazón noble pero demasiado tarde, a recoger lo que queda del cuerpo. Quiero a alguien que se interponga ahora mismo. Quiero a alguien que lo detenga todo. Quiero a alguien que grite con la fuerza de la verdad: “¡judíos imbéciles! ¿Saben de quién se trata?”. Quiero que alguien les grite a los romanos: “¡Deténganse! ¡Cada paso que este Santo da por esta callejuela es una grieta más en el poderío del imperio que creen eterno! ¡Cada paso suyo lo debilita, lo desmorona, lo sentencia!”.

Pero no. Nadie lo detiene. Nadie lo ve como yo lo veo. Nadie siente el tiempo detenerse como yo lo siento. Nadie escucha el llanto del universo desgarrarse con cada paso. Porque sigo viendo por esta ventana. Y aunque nadie puede verme a mí, yo sé quién sí me está viendo a mí. Y ese “quién” me atraviesa con una mirada que no juzga, pero que conoce. Con una mirada que no acusa, pero que revela. Con una mirada que me recuerda que yo también formo parte de esta historia, aunque haya nacido siglos después.

El dolor me embarga. Me aplasta. Me revienta el pecho. Me arrebata el aire. Y lloro, mientras te narro esto. No a ustedes. No al mundo. No a una audiencia anónima. Te lo narro a ti. A ti, que estás aquí, al borde de esta misma ventana, conmigo. A ti, que tal vez no sabes por qué estás leyendo esto, pero que también sientes algo temblar en el pecho. Te lo narro como quien no quiere dejarte ir sin mostrarte lo que yo no puedo dejar de ver: un marco abierto al siglo I. Un camino hacia el Gólgota. Un amor que camina hacia su propia muerte. Un sacrificio que el mundo entero no merecía… pero que igual recibió. Y que sigue recibiendo, cada vez que alguien mira de frente esta escena y no se atreve a seguir igual.

Capítulo 4 – No puedo más

No puedo más. No puedo más con el dolor de los que vienen acompañando a Jesús, arrastrando la fe en medio del barro, sufriendo con Él por esa callejuela como si cada paso suyo también les desollara la carne. No puedo más con sus rostros desencajados, con su impotencia a flor de piel, con esa mezcla de amor y desesperación que se les sale por los poros como sudor sagrado. No puedo más con los que no pueden hacer nada más que caminar detrás, llorando en silencio, sin fuerza ni autoridad para detener lo que ya es una tragedia en curso. No puedo más al ver a todos esos que le gritan improperios, palabras que apestan, que corroen, que humillan. Gente que no reconoce quién es ese hombre. Gente que no tiene el espíritu abierto. Porque si lo tuvieran —si tan solo se permitieran una grieta, una rendija, una duda sagrada— podrían haber conectado con el Espíritu Santo. Y el Espíritu les habría dicho. Les habría gritado desde adentro, con una voz que no admite confusión, quién es ese hombre. Pero no. No escuchan. No pueden. O peor aún: no quieren. Y no puedo más.

No puedo más con aquella mujer que llora allá al fondo. No sé quién es. No la reconozco. Pero se parece… Tiene un aire a la imagen que alguna vez vi en Egipto, de María, en el año 49. La vi en una pintura rupestre en un monasterio copto. La misma postura. El mismo rostro herido. La misma mirada de madre que ve a su hijo morir sin poder detener el mundo. Pero no estoy seguro. Y tampoco importa si es o no es. Lo que importa es que su llanto me descompone. Me atraviesa el esternón. Me despedaza con la dulzura amarga del amor impotente.

No puedo más con esto. No puedo más con el juicio, con la condena, con la irresponsabilidad histórica, con la cobardía colectiva disfrazada de legalidad. No puedo más con la sentencia firmada no por un juez justo, sino por un político débil que se lava las manos mientras entrega la vida de un inocente. No puedo más con la liberación de Barrabás. Con la condena de Jesús. No puedo más con la frialdad del Sanedrín, con la manipulación de los fariseos, con la brutalidad ciega de los soldados. No puedo más con el uniforme rojo, impoluto, de los romanos. Con la mirada altiva de los centuriones. Con la forma en que se mofan, con la forma en que lo empujan, con la forma en que disfrutan esta escena como si no fuera un sacrificio sino un espectáculo de feria. No puedo más con la insensibilidad de un pueblo anestesiado por el miedo, por la rabia, por el hambre y por el odio. Un pueblo que dejó de sentir y se resignó a gritar.

No puedo más. De verdad que no puedo más.

Voy a cerrar la ventana. Porque seguir mirando esto sería seguir desgarrándome por dentro. Porque hay un límite incluso para los testigos. Y más tarde, al final del día, si tengo fuerzas, la volveré a abrir. Tal vez entonces te cuente lo que veo. Tal vez. Y como ya me leí el libro, sé que el domingo… el domingo volveré a abrirla. Porque, aunque hoy todo huele a muerte, sé que, en tres días, el mundo olerá a resurrección. Pero hoy… no puedo más.

Yo soy Vinicio Jarquín.

A la hora en que te hablo, Jesús aún no ha muerto. Aún camina. Aún respira. Aún arrastra la cruz que no le pertenece. Aún sufre cada paso como si fuera el último, mientras la multitud se parte entre quienes lo aman, quienes lo odian, y quienes solo lo miran con indiferencia. Pero yo sé —como lo sabes tú— que eso no durará mucho. Porque año tras año, la historia no cambia. Lo que está escrito, escrito está. La muerte llegará. El silencio caerá. Y entonces el mundo entero sentirá un temblor que no es solo de tierra, sino de conciencia.

Una conciencia desgarrada. Colectiva. Irreparable. Una herida abierta que ni el tiempo, ni la religión, ni las oraciones han logrado cerrar del todo. Porque lo que ocurrió ese día no fue solo la ejecución de un hombre. Fue la fractura de una humanidad incapaz de reconocer el amor cuando lo tenía frente a los ojos.

Y aunque más tarde volveré a la ventana para narrarte la crucifixión, ahora —como un suspiro que se adelanta al golpe— necesito contarte lo que sé:

Murió en Jerusalén. No en cualquier ciudad, sino en la ciudad santa por excelencia, donde convergían la fe, la política y los presagios. Era la semana de la Pascua judía, y la ciudad estaba desbordada de peregrinos, tensiones religiosas y murmullos de rebelión. Los evangelios hablan de una sentencia acelerada, de un juicio apresurado, de un pueblo manipulado.

Fue crucificado en un monte llamado Gólgota, cuyo nombre significa “Lugar de la Calavera”. Hoy, ese sitio está envuelto en controversias arqueológicas. Algunos creen que está donde se erige la Iglesia del Santo Sepulcro. Otros aseguran que se encuentra en una elevación rocosa al norte de la antigua Jerusalén. Lo cierto es que, en aquel lugar —real o simbólico— se levantó la cruz que alteraría el curso de la humanidad.

Jesús tenía unos 33 años. Según los evangelios, comenzó su ministerio cerca de los 30. Su vida pública duró alrededor de tres años. No era un anciano. No era un sabio de barbas largas como los artistas del Renacimiento lo retrataron. Era un joven adulto. Con fuerza en la voz. Con fuego en el alma. Con un corazón tan valiente que eligió morir por todos… incluso por aquellos que ese día lo escupieron en el rostro.

A ese Jesús, lo he seguido gran parte de mi vida. Desde mis años jóvenes, cuando su historia dejó de ser un relato repetido en templos para convertirse en una conversación íntima con mi propia alma. Aunque nunca he estado en Jerusalén, lo he sentido cercano como si me hablara al oído. He estado en El Cairo, frente al lugar donde durmió siendo niño, y allí, bajo ese cielo, lo imaginé respirando, creciendo, soñando. Y he caminado por la tierra blanda de Capadocia, con el alma estremecida, sabiendo que por esos mismos senderos él pasó ya adulto, llevando su luz, sembrando lo que aún hoy seguimos cosechando. Nuestra historia no se cruza en la cronología, pero sí en la intimidad invisible de los pasos. Él ha ido delante de mí… y yo, sin saberlo, he ido pisando suavemente sobre sus huellas.

Capítulo 5 – El poder que no usó

No me pude contener. Pensé que me esperaría hasta la tarde, como un cobarde, cuando todo hubiera terminado. No porque ya no hubiera vuelta atrás, sino porque no quería ver el sufrimiento. No quería verme a mí sufriendo. No quería asomarme otra vez a la herida. Pero no pude. He abierto la ventana nuevamente, y todavía van caminando hacia el Gólgota. A paso lento, con el peso del mundo a cuestas. No han salido del todo de la ciudad, pero ya a lo lejos, en el horizonte áspero, se asoma el monte. El monte que lo espera con brazos de piedra. El monte en donde va a ser crucificado. En donde va a morir.

Y ahora no puedo dejar de preguntarme… ¿Qué pasa? ¿Qué pasaba? ¿Qué pasó por la cabeza de Jesús en este punto exacto del camino? ¿Qué pensamientos cruzaban su mente rota por el dolor y su alma intacta por la fe? ¿Qué palabras resonaban en ese silencio ensordecedor entre el gentío?

¿De qué está hecho —o de qué estaba hecho— alguien capaz de seguir caminando hacia su muerte sabiendo que puede evitarla, y no lo hace? Cuando yo paso por algún barrio peligroso, instintivamente cierro los seguros de mi carro. Tal vez por seguridad. Tal vez para evitar cualquier contacto. Tal vez para no ver. Para no sentir. Para no cruzarme con personas de un tipo distinto al mío, que me perturban, que me asustan, que me confrontan.

¿Pero Él? ¿Qué hizo Él? Se bajó del trono celestial. Renunció al privilegio. No como mártir dramático, sino como si no le quedara otra opción que amar hasta el hueso. Siendo Hijo de Dios y siendo Dios mismo, vino a caminar nuestras aceras rotas, a pisar nuestras cloacas, a sudar nuestra miseria. Y lo hizo a sabiendas de que esto iba a suceder. No lo sorprendió la traición. No lo tomó por sorpresa el castigo. No hubo engaño. Él sabía. Sabía todo. Y aun así… vino.

La mente de Jesús, el corazón de Dios

No puedo evitarlo. Estoy viendo su espalda herida, su cuello vencido, sus pies que titubean y se afirman. Pero más allá de lo que veo, me esfuerzo por imaginar lo que no se ve. Lo que no está expuesto a los latigazos ni al escarnio. Lo que se mueve adentro. ¿Qué pasaba por la cabeza de Jesús en ese momento?

¿Recordaba su infancia en Egipto, los juegos bajo la sombra de las palmas, las manos de María lavándole la cara al final del día? ¿Recordaba a José tallando la madera, enseñándole cómo mirar con detalle lo imperfecto? ¿Escuchaba el eco de las parábolas que había pronunciado, los rostros de los que lo habían mirado con gratitud, las miradas de quienes nunca entendieron? ¿Pensaba en sus discípulos —los que estaban escondidos, los que temblaban de miedo, los que no tuvieron la fuerza para seguirlo hasta el final?

¿O acaso no pensaba en nada de eso?

Tal vez su mente estaba anclada en una sola idea, simple y brutal: “Tengo que llegar.”
No por orgullo. No por deber. Por amor. Tal vez cada paso era un susurro interior que repetía: “Esto es por ti… y por ti… y por ti también.” Tal vez no había resentimiento, ni culpa, ni siquiera tristeza. Tal vez lo que había era esa paz que solo sienten los que han abrazado la muerte sin miedo porque saben que del otro lado vive la vida.

Y, sin embargo, era humano.

Y su humanidad no desapareció en ese camino. Su dolor era real. Su cansancio no era simbólico. Su boca seca, su cuerpo roto, su corazón latiendo bajo presión… eran reales. No era un holograma divino disfrazado de hombre. Era hombre. Hombre verdadero, con la lucidez de quien sabe lo que viene, pero camina igual. Hombre con alma de Dios y cuerpo de barro.

Quizá en el fondo de su mente también pasó la tentación de detenerse. Tal vez el cuerpo quiso caer y no levantarse más. Tal vez la pregunta silenciosa que hizo en el Getsemaní volvió a rozarle el alma: “Si es posible, que pase de mí esta copa…” Pero ya no había jardín. Ya no había noche. Ahora había sol hiriente, calle estrecha, piedra bajo los pies, y una cruz que lo arrastraba hacia lo inevitable.

Y siguió. Como quien sabe que ha elegido lo más difícil… porque lo más difícil es también lo más necesario.

Y entonces me hago otra pregunta, la más aterradora de todas: ¿de dónde sacaba Jesús la fuerza para continuar? ¿De qué rincón de su alma brotaba esa voluntad que lo hacía dar un paso más, y otro, y otro, mientras el mundo lo escupía, mientras los hombres lo escarnecían, mientras el polvo le abría grietas en las heridas abiertas?

Porque no era que no pudiera detener todo esto. No es que estuviera atrapado en un destino sin opción. Tenía el poder absoluto, ilimitado, incuestionable. Bastaba con que levantara un dedo —uno solo— y una legión tras otra, diez mil ángeles armados con fuego y gloria, habrían descendido del cielo como una tormenta de luz, destruyendo en segundos todo lo que lo amenazaba. El imperio romano habría sido reducido a polvo. Las lanzas se habrían fundido. El templo habría sido silenciado. Los soldados aniquilados. Las piedras de Jerusalén habrían ardido sin llama, consumidas por la santidad misma.

Una mirada suya, una sola, habría bastado para desatar el juicio final anticipado. Un parpadeo… y la historia se habría quebrado en dos, entre el cielo y la tierra. Con un solo pensamiento, cada judío que lo insultó, que lo golpeó, que pidió su muerte con los dientes apretados, habría sido condenado. No por venganza, sino por la santidad de su justicia. Porque Él podía. Porque lo tenía todo. Porque era el Hijo… y era también el mismo Dios.

Pero no lo hizo. Y eso, eso es lo que más me revienta el alma.

Caminó. Caminó sabiendo que podía destruir la tierra entera y restaurarla a su antojo, y aun así eligió sufrir. Eligió el camino más débil, más lento, más humano. No porque no pudiera vencer con poder… sino porque decidió vencer con amor. No con la espada, sino con la entrega. No con fuego, sino con sangre.

Camina al Gólgota con la paz de quien no necesita aplastar al enemigo para mostrar su fuerza. Camina con la paciencia del que sabe que el tiempo le pertenece. Camina con el amor más impresionante que el universo haya visto jamás: un amor que no estalla, que no arrasa, que no ruge… sino que se arrodilla, se calla, se entrega, y muere.

Tenía el poder absoluto y universal de eliminar la Tierra. El poder real, tangible, innegable de desatar el apocalipsis con una orden apenas susurrada, con una idea fugaz, con un gesto minúsculo. Tenía la capacidad de crear el Armagedón anticipado, de transformar aquella callejuela polvorienta en el escenario de la más descomunal manifestación de justicia divina jamás registrada en los cielos ni en la historia.

Nunca —y tal vez nunca— se habría visto tal destrucción en tan poco tiempo. Bastaba un pensamiento. Un solo pensamiento, y el cielo se habría rasgado como un velo de fuego. Las nubes se habrían replegado, y desde lo alto, miles de ejércitos angelicales habrían descendido en formación perfecta. Alas encendidas. Rostros sin sombra. Espadas imbuidas de gloria. Guerreros celestiales listos para ejecutar la voluntad del Altísimo. Un golpe de sus alas habría hecho temblar los cimientos de Roma. Un solo aleteo… y el poder humano habría colapsado.

Los templos se habrían derrumbado sin manos humanas. El mármol imperial se habría pulverizado. El Coliseo habría sido tragado por la tierra antes de ser construido. Cada lanza romana se habría doblado como cera. Cada blasfemia habría sido silenciada. Cada soldado habría caído sin tiempo de gritar. Los sumos sacerdotes habrían sido reducidos a ceniza mientras aún sostenían sus vestiduras. El polvo de Judea habría ardido. El Tíber habría retrocedido. El tiempo mismo se habría paralizado.

Y no lo hizo. No lo hizo. No por falta de fuerza. No por debilidad. No por temor. No lo hizo… por amor. Por amor a la humanidad. Por amor a ti. Por amor a mí.

Porque con todo ese poder concentrado en sus manos, eligió no usarlo. Porque con la autoridad de diez universos en sus venas, prefirió callar. Porque con el botón de la aniquilación bajo su lengua, pronunció el silencio. Y ese acto —esa elección de no aplastar al mundo, de no responder al odio con fuego, de no defenderse con furia— se convirtió en el gesto más poderoso, más increíble, más incomprensible del amor.

Capítulo 6 – Tan cerca del Gólgota

Me he alejado un poco de la ventana. No sé, probablemente… para pensar en lo que yo, probablemente, habría hecho si hubiera sido Él. Y no lo sé con certeza, pero me temo que habría pedido rescate, que habría exigido justicia, que habría ordenado la destrucción de todo. Yo no habría soportado ni un segundo del dolor que Él está cargando. No habría permitido que una sola mano sucia me golpeara el rostro. No habría tolerado el escarnio, la risa, la burla. Yo no habría llegado ni a la primera piedra del camino. Pero Él… no lo hizo.

Vuelvo a la ventana, y lo veo otra vez. Siguen caminando. Muy cerca del Gólgota. Cada vez más cerca. La colina se alza imponente, oscura, como una advertencia. Y mientras Él se acerca, yo me hundo. Lloro. Lloro de impotencia. Lloro de dolor. Mi alma me sangra. Lloro porque no puedo hacer nada. Lloro porque lo entiendo ahora, y entenderlo duele más que ignorarlo.

Es Jesús de Nazaret quien camina a su muerte. De manera injusta. Por el poder inútil de la humanidad. Por la venganza de los líderes religiosos. Por la ignorancia de los judíos. Por la arrogancia de los romanos. Por la indiferencia de todos.

Y ahí va. Caminando. Prácticamente solo. Y en silencio. Con la mirada caída, con la voz acallada. Sufriendo el dolor humano en su máxima expresión. No hay defensa. No hay réplica. Solo hay piel rota y dignidad intacta. El sudor le arde en las heridas. La sangre le mancha los ojos. El polvo se le pega al cuerpo como una segunda piel. Y la cruz, esa maldita cruz, se le clava en la espalda como si el mundo entero le gritara que no vale nada.

A su paso, la gente le escupe. Lo insulta. Le lanza palabras más filosas que las espinas de su corona. Algunos lo llaman blasfemo. Otros, loco. Algunos se ríen. Otros simplemente lo ignoran, como si fuera un espectáculo callejero, como si lo que está ocurriendo no fuera el acto más violento y sagrado de la historia. Una mujer grita que está recibiendo su merecido. Un hombre le lanza barro en la cara. Otro le lanza una carcajada. Y un niño, siguiendo el ejemplo de los adultos, le tira una piedra. Pequeña. Cobarde. Pero eficaz. Porque no hay piedra más hiriente que la que lanza quien aún no tiene conciencia.

Y Él sigue.

Sigue mientras los soldados lo empujan, lo apuran, lo maltratan como si fuera un ladrón. Mientras su cuerpo tambalea y su alma sostiene lo que ya no puede sostener el músculo. Mientras cada paso lo acerca a ese monte que ya no es símbolo geográfico, sino destino inevitable. El Gólgota se ve más grande, más oscuro, más definitivo. Ya no está en el horizonte. Ya está ahí. Frente a Él. Como una puerta sin retorno.

Y aun así… sigue caminando.

Capítulo 7 – La osadía de llamar blasfemo a la Verdad

¿Quién fue el primero en atreverse a llamarlo blasfemo? ¿Quién pronunció aquella palabra con tanta ligereza, con tanto veneno, con tanta ignorancia disfrazada de certeza? ¿Quién se atrevió a abrir la boca y llamar blasfemo al Hijo de Dios? ¿A ese hombre que hablaba con la voz del cielo, con la dulzura de los pastores, con la justicia de los profetas y con el poder de la eternidad? ¿Quién fue el temerario, el impío, el ciego que con su lengua limitada se permitió acusar al infinito de mentir?

No lo entiendo. No puedo entenderlo. No me cabe en la mente ni en el alma cómo alguien fue capaz de mirar a Jesús de Nazaret, al que sanaba, al que liberaba, al que hablaba con palabras que nacían directamente del corazón de Dios, y pensar que lo que decía era mentira. ¿Mentira? ¿Mentira la palabra que dio forma a los cielos? ¿Mentira el verbo que se hizo carne para habitar entre nosotros? ¿Mentira ese amor que respiraba mientras enseñaba, que palpitaba mientras curaba, que ardía mientras perdonaba? ¿Mentira el rostro humano del misterio eterno?

Jesús no citaba la Palabra: la era. No interpretaba la Ley como los escribas: la encarnaba. No venía a repetir dogmas: venía a reescribir la historia desde el origen mismo de la verdad. Él no necesitaba autorización del Sanedrín porque llevaba en su aliento el soplo que dio vida a Adán. Y, sin embargo, lo acusaron. Y no de cualquier cosa. No lo llamaron simplemente agitador, ni farsante, ni loco. Lo llamaron blasfemo. El insulto mayor. El pecado imperdonable. Lo peor que podían decir… se lo dijeron a Él. Al único al que jamás podría atribuírsele falsedad alguna. Al único puro. Al único limpio. Al único verdadero.

Y lo repito, no porque haya olvidado que no sabían lo que hacían. Lo repito porque, aun sin saberlo, fueron capaces de condenar a quien solo había hablado con amor. Fueron capaces de gritar «mentiroso» al autor de toda verdad. Fueron capaces de reunirse como jueces, portando escrituras en sus manos y arrogancia en sus pechos, para sentenciar al que había creado el mundo que los sostenía. Se sentaron sobre su ley —una ley que apenas entendían— y juzgaron al que la escribió con su dedo invisible en el monte Sinaí. Y lo llamaron blasfemo. Porque les incomodaba su voz. Porque no encajaba en sus esquemas. Porque su pureza les evidenciaba su propia suciedad. Porque su amor desnudo los dejaba expuestos, vulnerables, descubiertos.

No podían controlar su luz, y por eso la llamaron sombra. No podían contener su fuego, y por eso lo llamaron peligro. No podían aceptar que alguien hablara con tanta autoridad sin haber pasado por sus filas, sin haber sido aprobado por sus jerarquías, sin rendir pleitesía a sus estructuras. Lo acusaron de blasfemia porque era más fácil gritar “mentira” que admitir que estaban ante la Verdad viva. Más fácil juzgar que dejarse transformar. Más fácil condenarlo que dejar que su presencia condenara la hipocresía que vivía dentro de ellos.

Y esa osadía… esa palabra… blasfemo… fue el dardo que lanzaron con más furia, con más soberbia, con más injusticia. Lo llamaron blasfemo porque Él dijo que era uno con el Padre. Porque dijo que venía de lo alto. Porque perdonó pecados. Porque tocó a los intocables. Porque sanó en sábado. Porque cenó con los despreciados. Porque amó a los que nadie se atrevía a mirar. Porque desarmó sus reglas con un solo gesto, con una parábola, con una lágrima. Porque su sola existencia era demasiado santa como para no incomodar.

Y aún hoy, tantos siglos después, me pregunto si ese grito sigue vivo. Si todavía seguimos acusando a Jesús de blasfemia cada vez que nos irrita su misericordia sin condiciones, cada vez que nos hiere su coherencia, cada vez que no responde a nuestros deseos como un dios domesticado, cada vez que no cabe en las iglesias, ni en los púlpitos, ni en las estructuras que hemos inventado para contenerlo. ¿Será que aún hoy lo seguimos crucificando con palabras más sofisticadas, pero igual de arrogantes?

Yo, que escribo esto, no soy juez. Soy solo un testigo. Uno que mira hacia atrás y siente vergüenza ajena y vergüenza propia. Porque también he dudado. Porque también he querido que Jesús encaje en mis moldes, en mi moral, en mis creencias. Y cuando no lo ha hecho, también yo he murmurado en mi interior. También yo, quizás, lo he llamado —aunque, con otras palabras— blasfemo.

Y por eso escribo. Porque no quiero volver a hacerlo. Porque no quiero ser parte de los que condenan la luz por miedo a quedar cegados. Porque no quiero repetir la osadía más triste de la historia: gritar “mentira” a quien es la Verdad.

Capítulo 8 – Cuando el Gólgota aún no está listo

Ha llegado. Ha puesto el pie sobre la tierra reseca del Gólgota.

El aire cambia. Ya no es solo calor: es sentencia. Ya no es solo polvo: es tumba. Hay algo en la atmósfera que se detiene, como si hasta el viento se negara a soplar. El monte se alza ante Él, no como un castillo, no como un altar, sino como un cadalso. Crudo. Vulgar. Mortal. No hay música. No hay palabras sagradas. No hay ritual. Solo piedras secas, astillas mal clavadas y unas cuantas sombras que se preparan para asistir al espectáculo más cruel del mundo.

Y lo más desgarrador: todavía no está listo.

El instrumento de muerte, su cruz, está siendo terminada mientras Él la ve. No era una reliquia antigua ni una escultura santificada. Era madera recién trabajada, rugosa, astillada, colocada sobre el suelo con violencia y prisa. Dos hombres la ajustan. Uno clava. Otro arrastra sogas. Otro prepara los clavos. El martillo ya está en la mano de uno de los soldados. Una piedra está lista para apoyar el cuerpo. Todo parece improvisado, y sin embargo… es eterno.

Jesús lo observa todo. En silencio. Sin protestar. Sin preguntar. No baja la mirada. No la sube. Solo la sostiene. Mira los detalles. Mira las cuerdas tensadas. Mira los clavos sobre una tabla. Mira la sangre seca de otros cuerpos. Mira al verdugo que bromea con su compañero. Mira al soldado que escupe al suelo y le da la espalda. Mira al muchacho que, nervioso, alisa la arena donde será extendido. Y no dice nada. Porque todo ya fue dicho.

El Gólgota no lo recibe con solemnidad. Lo recibe con indiferencia. Como quien ya ha visto esto mil veces y lo hará mil veces más. La cruz aún no está erguida, pero ya lo espera. Como si fuera un trono oscuro, como si fuera un altar hecho de rabia y madera. Jesús la contempla, no como víctima, sino como quien reconoce su lugar. Ese espacio vacío que ya tenía su forma. Su medida. Su destino.

Y entonces se detiene. Se queda de pie. Respirando. No retrocede. No tiembla. Solo está ahí, contemplando la exactitud de su final. Y yo… yo no puedo mirar más. Pero tampoco puedo cerrar la ventana.

Capítulo 9 – El momento insoportable

No sé cómo seguir narrando. No sé si debería. Me siento suspendido entre el horror y la reverencia. Jesús está ahí, de pie, mirando su cruz aún inacabada, como si el universo entero contuviera el aliento. Y yo… yo estoy temblando por dentro. No por lo que va a pasar, sino por lo que ya pasó, porque esta escena no se borra, no se repite, no se transforma: esta escena permanece.

¿Dónde estaba yo mientras esa cruz se construía?

¿Dónde ha estado mi alma cada vez que esta historia se repite, no en una colina, sino en mis decisiones, en mis cobardías, en mis silencios? ¿Cuántas veces lo he dejado caminar solo, mirando cómo se alistaba su castigo mientras yo bajaba la cabeza y me alejaba?

Lo que estoy viendo por esta ventana no es solo historia. Es memoria activa. Es dolor que todavía sangra. Es amor que todavía camina hacia una cruz que no le pertenece. Y por más que intento, no puedo consolarme con decir que “todo esto era necesario”. No. No me basta. Porque, aunque su muerte haya traído vida, la escena es insoportable. Porque verlo ahí, frente a su cruz —esperando, aceptando, amando— me confronta más que cualquier sermón, más que cualquier evangelio leído en voz alta.

Me duele su dignidad. Me hiere su silencio. Me arrasa su humanidad perfecta.

Quisiera poder ir corriendo hasta esa colina. Abrazarlo. Taparle los ojos. Alejarlo. Gritar que ya fue suficiente. Que no siga. Que no tiene que hacerlo. Que esta humanidad no lo merece. Pero sé que ni siquiera eso haría que Él retrocediera. Porque ya lo decidió. Porque ya lo ama todo. Porque no vino a ser defendido… sino a entregarse.

Y yo, yo solo puedo mirar. Mirar y llorar. Porque estoy presenciando el momento más injusto, más santo, más humano y divino de toda la existencia.
Y no tengo palabras para hacerle justicia.

Capítulo 10 – El centurión empieza a quebrarse

El centurión se detuvo en seco. El monte, al que tantas veces había visto desde la distancia, ahora estaba allí, bajo sus pies, respirándole con un silencio espeso. Gólgota. La Calavera. Nunca había prestado atención al nombre. Para él era solo un sitio de ejecución, una colina reseca donde terminaban los días de los condenados. Pero ahora, algo en ese lugar le parecía distinto. No por el entorno, ni por los rituales, ni siquiera por la cruz que estaban terminando de montar. Era distinto por el hombre que acababa de llegar.

Jesús.

El centurión lo observaba, sin moverse, sin pestañear, sin saber qué hacer con lo que sentía. El condenado no decía nada. Solo permanecía de pie, tambaleándose, respirando con dificultad, mirando en dirección a la cruz como si supiera que ese pedazo de madera había sido tallado exactamente para él. Y, sin embargo, no había rastro de temor en sus ojos. Había algo más. Algo que el centurión no lograba traducir.

Lo desconcertó ver que la cruz aún no estaba lista. Algunos soldados seguían encajando los maderos, apurando los golpes de martillo, asegurando los clavos, ajustando las sogas. Parecían tener prisa, como si intuyeran que algo grande iba a suceder y no querían que los atrapara desprevenidos. El centurión miraba esos preparativos sin el desapego habitual. Por primera vez, notó cada sonido. El martillo no era solo ruido. Era anuncio. Era presagio. Era un redoble fúnebre que perforaba más que los clavos.

Sintió una molestia en el pecho. No era dolor físico. Era como si su armadura interior se hubiera agrietado sin permiso. Hasta ese momento, todo había sido rutina. Órdenes. Cadencia. Control. Pero ahora su cuerpo, su alma —aunque no la llamara así— le decían que este día no se parecía a ningún otro. No podía evitar mirar a Jesús. No podía evitar notar que, a pesar de todo lo que había sufrido, seguía allí, de pie, sin escupir odio, sin pedir clemencia, sin reclamar su inocencia. Sencillamente… estaba.

Y eso lo volvía insoportable.

La multitud seguía allí, pero el centurión ya no oía los gritos. No oía a los fariseos murmurando. No oía las órdenes de sus propios hombres. Solo oía su respiración. Y el martillo. Y ese silencio entre golpe y golpe que parecía envolver al nazareno como un manto invisible.

No entendía lo que le pasaba. Él era un soldado. Un servidor del imperio. Su deber era vigilar, ejecutar, mantener la paz a cualquier costo. Y, sin embargo, frente a ese hombre… no podía fingir que no pasaba nada. Algo en su interior se removía. Como si, por primera vez en años, la palabra “justicia” dejara de sonar hueca. Como si, por primera vez, el deber y la conciencia estuvieran en guerra.

Y Jesús, ahí. Mirando la cruz. Esperando. Como si supiera que, justo en ese momento, el alma de un centurión romano estaba empezando a romperse.

Capítulo 11 – El primer golpe

Uno de los soldados se acercó al otro, secándose el sudor con el dorso del brazo. No hubo ceremonia. No hubo silencio reverente. Solo una frase seca, dicha en voz baja, pero con la fuerza de una sentencia.

—Ya todo está listo.

Y con esas cuatro palabras comenzó el acto más cruel y santo que la humanidad haya presenciado. El madero estaba firme. Las sogas bien tensadas. Los clavos alineados sobre la tabla. El martillo empuñado con seguridad. Todo estaba dispuesto. Todo… menos el alma de quienes lo rodeaban. Nadie estaba realmente preparado para lo que iba a ocurrir. Nadie.

Jesús no dijo nada. No hizo un gesto. No opuso resistencia. Se acercó a la cruz —o fue conducido— con la misma dignidad con la que había caminado todo el trayecto, como quien conoce su destino y lo abraza sin rencor. Algunos lo miraban con desprecio, otros con curiosidad morbosa. Algunos con lástima. Unos pocos, con lágrimas. Pero ninguno entendía la magnitud del momento que se abría ante ellos. Nadie podía sospechar que el madero sobre el suelo estaba a punto de convertirse en el eje del mundo.

Los soldados actuaron con precisión. Lo extendieron sobre la cruz como a cualquier condenado. Uno le sujetó los brazos. Otro alineó los clavos. Un tercero tomó el martillo y lo levantó en el aire. Todo se volvió lento. Pesado. El cielo parecía contener el aliento. La tierra… enmudecía. Y en medio de todo, ese hombre, Jesús de Nazaret, estaba ahí. Tendido. Roto. Vivo. Respirando aún.

Y entonces, el primer golpe.

El primer grito. No suyo. De la humanidad.

Capítulo 12 – El clavo que partió la historia

El primer clavo atravesó la carne como un trueno seco. Un golpe firme, certero, brutal. No hubo que repetirlo. El sonido se expandió por el Gólgota como una grieta que se abría en el tiempo. No fue solo metal contra hueso. Fue la historia misma partiéndose en dos.

Jesús no gritó. Su cuerpo tembló, sí, como lo haría cualquier cuerpo atravesado por un hierro. Pero no maldijo. No suplicó. No rugió. Cerró los ojos. Su rostro se contrajo un instante, pero no por rabia. Fue un reflejo humano, no un lamento. Y aún con los brazos extendidos, con la carne desgarrándose bajo la presión de las sogas, lo que más dolía no era lo que salía de su cuerpo… sino lo que entraba: el peso inmenso de todos los pecados, los miedos, las culpas, las indiferencias del mundo.

El segundo clavo siguió como si la tierra misma lo exigiera. Esta vez, el silencio entre golpe y golpe era más largo. Los soldados hacían su trabajo sin poesía. Clavaban como se clava una tabla. Como quien ya ha hecho esto demasiadas veces para sentir algo. El sonido del martillo golpeando el hierro era seco, monótono, pero a quienes estaban allí, les perforaba el alma. Era como si cada golpe no se oyera en los oídos, sino en el pecho. Era como si cada impacto dijera: “Esto no debería estar pasando. Esto no debería estar pasando. Esto no debería estar pasando.”

Los pies fueron los últimos. Uno sobre el otro. Un solo clavo. Más largo. Más profundo. Más cruel. Y cuando el golpe final cerró el acto, no fue solo un cuerpo el que quedó fijado a la madera… fue el amor mismo, suspendido entre el cielo y la tierra.

Quienes estaban ahí, no sabían cómo mirar. Algunos lo hacían con los ojos bien abiertos, como queriendo atrapar cada detalle. Otros no soportaban la escena y bajaban la cabeza. Algunos temblaban sin saber por qué. Las mujeres lloraban sin consuelo. Los niños dejaron de hacer preguntas. El aire se volvió más espeso. El calor se sentía distinto: como si el sol ardiera de vergüenza.

Algunos se burlaban. Seguían. Sin freno. Sin filtro. Le gritaban que se bajara, que, si era tan poderoso, que lo demostrara. Que salvara su pellejo si de verdad era el Hijo de Dios. No sabían lo que estaban diciendo. No sabían que estaban mirando de frente a la ternura divina crucificada. No sabían que el que colgaba allí no era un farsante ni un rebelde… sino el inocente absoluto. El Cordero entregado. El Verbo hecho carne, y ahora… carne rota.

El madero fue levantado. Con esfuerzo, con fuerza, con torpeza. El cuerpo colgó. Pesado. Sangrante. Vivo aún. Pero no por mucho tiempo. Y al ver esa figura suspendida, mutilada, callada… algo se quebró en el cielo. No fue un sonido. Fue una ausencia. Como si todo lo que era bello se hubiera ido de golpe.

Y, sin embargo, ahí estaba. Jesús de Nazaret. Crucificado. Por amor.

Capítulo 13 – La espada invisible

María estaba allí. No detrás. No escondida. No en la distancia. Estaba allí, al pie del madero, como solo una madre puede estar. No había forma de protegerlo, y, aun así, se mantenía de pie. No había consuelo posible, y, sin embargo, no se iba. Porque no se va. Una madre no se va, ni, aunque el universo entero se desplome.

No gritaba. No rompía en llanto desbordado. Su dolor era más profundo que el escándalo. Más contenido que la desesperación. Más firme que el suelo bajo sus pies. Su rostro estaba pálido. No por miedo, sino por el peso del alma. Sus ojos estaban abiertos, fijos en Él. No pestañeaba. No apartaba la vista. No quería perder ni un segundo más de ese rostro al que una vez había besado mientras dormía.

Era su niño. Su hijo. Su Jesús. El que había amamantado, abrazado, arrullado. El que había buscado con angustia en Jerusalén. El que había visto crecer con ternura y con temor. Y ahora… lo veía morir.

Colgado. Desnudo. Ensangrentado. Ante una multitud que no lo merecía.
Entre soldados que no lo comprendían. Entre burlas que caían como piedras invisibles.

Cada clavo le dolía a ella también. No como metáfora. No como poesía. Le dolía en los nervios. En el vientre. En el recuerdo. Porque no hay cruz que no atraviese primero el corazón de una madre. Y, sin embargo, estaba allí. No lo detenía. No lo exigía de vuelta. Solo lo miraba. Lo acompañaba. Lo sostenía con la mirada. Porque a veces eso es todo lo que una madre puede hacer cuando el mundo ha decidido crucificar lo que ama.

Quienes la veían no sabían qué decir. Algunos la admiraban en silencio. Otros no soportaban mirarla. Algunos bajaban la cabeza al ver su entereza, su temblor contenido, su dignidad rota. Y, sin embargo, ninguno de ellos podía imaginar la guerra que rugía dentro de ella. El deseo de gritar. De arrancarlo del madero. De abrazarlo con fuerza hasta que todo terminara. Pero no lo hizo. Porque sabía. Porque había sabido desde hace años. Desde aquella profecía en el templo. Desde aquella frase de Simeón que un día le dijo: “Y a ti, una espada te atravesará el alma.”

Y ahora lo entendía todo.

Y la espada estaba allí. Invisible. Silenciosa. Perforándole el alma con cada segundo que pasaba.

Jesús, desde la cruz, la miró. No con vergüenza. No con tristeza. Con amor. Con reconocimiento. Con esa fuerza que solo los hijos tienen cuando miran a la mujer que los trajo al mundo. Y en ese cruce de miradas, se dijeron todo sin decir nada. Él le entregó al mundo. Ella se lo devolvió al cielo.

Y el cielo… callaba.

No me pude contener. Es cerca del mediodía, pero adelanté un poco el tiempo, para terminar de ves esta historia desde ahora.

Capítulo 14 – La frontera del mundo

El Gólgota se había vuelto un pozo de silencio tenso. El aire pesaba. Las nubes, que antes habían sido testigos pasivos, comenzaban a agruparse como si el cielo mismo estuviera reteniendo un grito. La tierra, inusualmente quieta, parecía prepararse para un estremecimiento profundo. Y en medio de todo, colgado entre el cielo y la tierra, estaba Él. Jesús de Nazaret. Desfigurado. Cansado. Agonizante. Pero aún vivo.

Colgaba como un faro de carne, abierto al viento, mientras su espíritu permanecía encendido, sostenido por un amor que desafiaba lo comprensible. Su cuerpo era una ruina: sangre seca, costillas visibles, labios rotos. Su mirada, sin embargo, tenía un brillo que no era de este mundo. Era como si aún en medio del dolor más cruel, guardara en el centro del alma una esperanza imperturbable.

De pronto, alzó el rostro. No fue un gesto triunfal ni desesperado. Fue un movimiento contenido, solemne, como si tomara el impulso final para decir lo que había venido a decir desde el principio de los tiempos.

—Dios mío, Dios mío… ¿por qué me has abandonado?

La frase rasgó el aire como una espada. No fue un reclamo vacío. Fue el grito más humano que jamás haya salido de labios divinos. Fue el eco de todas las almas rotas, de todos los que han sentido la ausencia de Dios en medio del dolor. Jesús no estaba dudando. Estaba encarnando la duda de la humanidad entera. Y al pronunciarla, la redimía.

Algunos se burlaron. Otros se estremecieron. Y unos pocos simplemente bajaron la cabeza. Porque entendieron que no era una blasfemia. Era una confesión. Una oración. Una entrega final.

Jesús respiró hondo una última vez. Sus labios se movieron de nuevo. No con lamento, sino con determinación.

—Consumado es.

No fue un susurro. Fue una declaración. Como quien pone el último punto de una obra perfecta. Como quien completa una promesa hecha desde la eternidad.

Y entonces, miró hacia lo alto. Y con voz quebrada por el esfuerzo, pero clara como un río de fuego, dijo:

—Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Y murió.

No como mueren los hombres. Murió como solo puede morir alguien que lo ha dado todo. Murió como quien no pierde la vida… sino que la entrega.

Y en ese instante, el universo gritó.

El cielo se cerró. Las nubes se encendieron con un fulgor sin sol. Un rayo invisible cruzó los cielos como una advertencia cósmica. La tierra tembló con una fuerza que arrancó piedras de su base. Se abrieron grietas. Se partieron los montes. El velo del Templo, en lo alto de Jerusalén, se rasgó desde arriba hasta abajo como si Dios mismo hubiese partido el corazón de la religión.

Animales huyeron. Pájaros callaron. El viento silbó con violencia. Y el mundo, durante unos segundos, quedó suspendido entre el horror y la gloria. El Gólgota ya no era solo una colina. Era el centro de una herida abierta en el tiempo. Era la frontera entre lo viejo y lo nuevo. Era el lugar donde murió el pecado y nació la esperanza.

Y todos… lo supieron.

Aunque no supieran cómo explicarlo. Aunque sus mentes no lo entendieran. Sus almas sí. Las almas saben cuándo ocurre un milagro… incluso si duele.

Jesús había muerto. Pero la vida… apenas comenzaba a respirar distinto.

Capítulo 15 – El centurión frente a la verdad

Lo que no entendía… pero ya no podía ignorar

El centurión seguía de pie. No por deber. No por protocolo. Por necesidad. Porque, aunque no lo supiera explicar, algo lo obligaba a quedarse. Ya todo había terminado, y, sin embargo, nada había terminado realmente. El cuerpo de Jesús colgaba inerte. El temblor de la tierra se había ido. El cielo, lentamente, recuperaba su luz. Y la multitud comenzaba a retirarse, con pasos lentos, confundidos, como quien abandona un sitio sagrado sin saber que ha pisado suelo divino.

Pero él no se movía.

Lo que acababa de presenciar lo había marcado de una forma que no entendía. Y mientras el silencio se instalaba en el Gólgota como una sábana pesada, el centurión empezó, sin quererlo, a reconstruir lo vivido. No con la lógica de soldado. No con la estrategia de comandante. Sino con la mente rota de un hombre que había sido atravesado por algo que no tenía nombre.

No entendía cómo Jesús había resistido tanto sin odio. Cómo soportó cada golpe, cada clavo, cada escupitajo, sin devolver ni una sola palabra de venganza. Lo había visto sangrar, gemir, perder la fuerza… pero nunca perder la paz. Había sentido que algo lo sostenía desde dentro, algo que no venía del cuerpo. Había visto morir a cientos de hombres, pero ninguno con esa dignidad, con esa entrega, con esa ternura implacable. Como si el sufrimiento fuera parte de un acto de amor… y no una tragedia sin sentido.

Y entonces su mente, que hasta ese momento solo había obedecido, comenzó a preguntarse:
¿Quién puede hacer eso? ¿Quién puede mirar a los ojos a sus verdugos y pedir perdón para ellos? ¿Quién puede morir sin maldecir a nadie? ¿Quién puede abrazar la muerte como si fuera una promesa cumplida?

Jesús no se había rendido. Se había ofrecido. Y eso el centurión no lo podía olvidar.

Y luego, la madre.

María no había hablado. No había intervenido. No se había lanzado al suelo ni había suplicado por su hijo. Había estado de pie. Quietamente. Con los ojos fijos en ese cuerpo clavado, como si cada espina de la corona le hubiera abierto también la carne a ella. El centurión la había observado a lo lejos, y aunque no conocía su nombre, supo que era ella. La madre. Lo supo por la manera en que lo miraba, por la manera en que se sostenía, por ese dolor sagrado que no necesitaba palabras.

Había algo sobrenatural en esa mujer. Algo que no se manifestaba en milagros ni en luces celestiales, sino en la profundidad de su silencio. En su capacidad de amar incluso en el momento más injusto del universo. No entendía cómo podía estar allí sin quebrarse en mil pedazos. Pero lo estaba. Porque ella también lo sabía. Lo había sabido desde siempre. Y ahora… lo estaba confirmando, con cada lágrima que no caía, con cada respiración contenida.

Y el pueblo…

Ese pueblo que primero gritó y pidió sangre. Que exigió su muerte. Ese pueblo que se burló, que escupió, que aplaudió el escarnio. Ese pueblo también estaba cambiando. El centurión lo sentía. Lo veía en los rostros de quienes ahora caminaban cabizbajos, en los hombros caídos, en los pasos temerosos. Algunos lloraban. Otros simplemente miraban al suelo, como quien se da cuenta de que acaba de cometer el peor error de su vida. Había vergüenza. Había desconcierto. Y en algunos… un silencio de esos que solo deja la culpa.

Lo que más lo perturbaba era saber que todo eso —la serenidad de Jesús, la entereza de María, el quebranto del pueblo— no se podían explicar con ningún entrenamiento militar, ni con ninguna filosofía romana. No eran cosas de estrategia, ni de dominio, ni de estructura social. Era algo más. Algo sagrado. Algo que tocaba lo más profundo del alma… incluso de un soldado endurecido como él.

Y por primera vez en muchos años, el centurión dejó de vigilar. Dejó de controlar. Dejó de calcular. Solo sintió. Y ese sentir era demasiado para quien había aprendido a no sentir nada.

Capítulo 16 – La reina del Gólgota

María no gritó. No se desplomó. No se rasgó las vestiduras como lo hacían otras mujeres cuando la muerte les arrebataba un hijo. Ella se quedó ahí. Inmóvil. Con el rostro bañado de lágrimas que no pedían consuelo. Con las manos unidas, no en oración… sino en resistencia. El corazón ya no le palpitaba con violencia. Ahora le latía en silencio, como si su pecho se hubiese vaciado de sonido. Ya no esperaba. Ya no rogaba. Solo sostenía, desde lo hondo de su alma, el peso insoportable de haberlo perdido.

El cuerpo de Jesús colgaba sin vida. Su rostro, ya sin tensión. Sus brazos, aún abiertos, como si incluso en la muerte, no cerrara su abrazo. La cabeza vencida hacia adelante. Una herida más en el costado. Y María lo miraba con la ternura intacta de quien recuerda a su hijo cuando era niño. Cuando lo acunaba. Cuando lo protegía del frío. Cuando le curaba heridas en la rodilla y le cantaba en voz baja para que pudiera dormir.

Y ahora estaba allí. En alto. Lejos de sus brazos. Pero nunca lejos de su amor.

La gente empezaba a marcharse. Algunos llorando. Otros en silencio. Los soldados hablaban entre ellos. Algunos recogían los instrumentos. Otros se alejaban con el rostro tenso, como si no supieran qué hacer después de haber matado a un inocente. El cielo comenzaba a despejarse, tímido, como si le avergonzara mostrar otra vez su azul después de haber sido testigo de semejante acto.

Pero María seguía ahí.

Juan estaba a su lado. La sostenía sin tocarla. Como quien sabe que el contacto humano es inútil ante ese dolor. Él también había perdido a su Maestro. Pero ella… ella había perdido a su hijo. Y eso no tiene nombre. No tiene categoría. No tiene respuesta.

El mundo podía moverse. La ciudad podía continuar. El Imperio podía mantener su curso. Pero en ese momento, en ese monte, el tiempo se arrodillaba ante el duelo de una madre que no exigía explicaciones. Porque su alma ya las había comprendido todas desde aquel “hágase en mí” que una vez pronunció.

Y aun así… dolía. Dios lo sabía. Y ella también.

El cuerpo colgado era ahora silencio. Y ella, que lo había traído al mundo, era la única que podía sostener con su mirada la eternidad suspendida en esa cruz.

No dijo nada. No hizo nada. Pero en su presencia, el Gólgota entero parecía rendirse.

Y si alguna vez hubo realeza sobre la Tierra, ese momento… fue su trono.

Capítulo 17 – La marca del Gólgota

Cuando Jesús expiró, el aire en el Gólgota se volvió más denso, casi irrespirable. Por un instante nadie supo qué hacer. Era como si la multitud hubiera sido sorprendida por su propia capacidad de violencia. El griterío se apagó, y en su lugar quedó una inquietud espesa, pesada, que caía sobre los hombros como un manto de polvo. El rumor de los últimos suspiros se mezclaba con el viento, y nadie se atrevía a romper el silencio sagrado que cubría el monte.

Algunos seguían con la mirada clavada en la cruz, como si esperaran que el cuerpo colgado se moviera, que bajara, que dijera una palabra más. Pero Jesús ya no hablaba. El milagro había sido la muerte, y la muerte era ahora lo único real.

Los sacerdotes, que hasta hacía poco encabezaban las burlas, se retiraban en silencio, recogiendo sus mantos con manos temblorosas. No hubo celebración. No hubo cántico de victoria. Había algo en el aire que les hacía mirar al suelo, como si la tierra pudiera absorber su vergüenza. Los soldados, por su parte, recogían sus cosas en silencio. Los más jóvenes se alejaban rápidamente, como quien quiere olvidar lo que acaba de hacer. Los veteranos se quedaban un poco más, con el ceño fruncido, incapaces de poner en palabras el temblor que sentían por dentro.

El pueblo, el mismo pueblo que había gritado “¡Crucifícalo!”, ahora se retiraba en pequeños grupos, cabizbajo, con pasos lentos, mirando de reojo el lugar donde acababan de perder algo que no sabían nombrar. Los niños, por fin enmudecidos, se aferraban a las faldas de sus madres, como si intuyeran que ese día el mundo había cambiado para siempre.

Algunos, al bajar el monte, se golpeaban el pecho. No por teatralidad, sino porque el dolor y el miedo se habían colado en el corazón como una punzada que no se disolvía con el paso. Otros lloraban en silencio, avergonzados de sus propios gritos de horas atrás. Había quienes miraban el cielo, buscando alguna explicación, una señal, un motivo para que la oscuridad y el temblor de la tierra no fueran solo castigo, sino advertencia.

Y aunque la ciudad, allá abajo, seguía con su ruido, su comercio, su vida cotidiana, todos los que habían estado en el Gólgota ese día llevaban una marca. No era visible. No era física. Era la marca del horror y la gloria mezclados. Era la herida de la conciencia cuando, por un segundo, uno se da cuenta de haber estado al pie de un milagro… y no haberlo entendido.

Y así se fueron. Cada uno con su silencio. Cada uno con su vacío.

Solo algunos pocos se quedarían en el lugar, tal vez por respeto, tal vez por culpa, tal vez porque, en el fondo, intuían que aquello no era el final.

Capítulo 18 – Cierro la ventana

Cierro la ventana. No puedo más.

He visto lo que nadie debería ver. He sentido lo que nadie debería sentir. He presenciado la muerte del Inocente, del Justo, del Hijo… y mi alma ha quedado abierta como una herida que no cicatriza con el tiempo, ni con la distancia, ni con las palabras.

Cierro la ventana.

No por indiferencia. No por miedo. La cierro porque ya no tengo fuerza para sostener la mirada. Porque me tiembla el espíritu. Porque mi pecho no aguanta un segundo más de este dolor que no me pertenece, pero que me habita. Cierro la ventana porque si sigo mirando, no podré volver. Y sé que tengo que volver. Porque es desde aquí, desde este siglo roto y confuso, desde este mundo que aún no entiende nada, que tengo que contar lo que vi.

Jesús ha muerto. María ha callado. El pueblo se ha ido. Y yo me quedo aquí, solo, con esta imagen tatuada en el alma, tratando de entender qué se hace después de presenciar la redención.

Hoy cierro la ventana. Pero no la olvidaré. No la negaré. No la cubriré con cortinas de indiferencia.

Y si mañana aún tengo aliento, la volveré a abrir. La volveré a abrir porque el domingo se acerca. Y yo sé lo que pasa el domingo.

Yo soy Vinicio Jarquín. Y he mirado al Hijo del Hombre morir… para que yo pueda aprender, por fin, a vivir.

Conclusión – Cierro la ventana

Cierro la ventana. No porque ya no quiera mirar, ni porque lo que vi haya dejado de dolerme. La cierro porque mi alma necesita silencio. No cualquier silencio, sino ese que llega después del estremecimiento, cuando el alma ha sido tocada tan profundamente que ya no necesita más palabras. He mirado durante horas, días tal vez, a través de este marco invisible que me conectó con otro tiempo, con otra ciudad, con otra cruz. Lo que vi no se borra, no se supera, no se acomoda fácilmente dentro del corazón. Vi la muerte más injusta y, al mismo tiempo, más generosa. Vi el amor más puro ser colgado entre el cielo y la tierra por manos humanas incapaces de comprender lo que hacían.

No cierro esta ventana como quien huye ni como quien termina una historia. La cierro como quien guarda algo sagrado. Como quien sabe que lo que ha visto ya no puede ser narrado de otra manera, ni desde otro ángulo, ni con palabras nuevas. Porque lo que pasó en esa colina no fue simplemente un crimen. Fue una entrega. Fue el límite de lo humano encontrándose con el abismo de lo divino. Vi a Jesús sangrar con paciencia, mirar con ternura, callar con autoridad. Vi a un pueblo desgarrado entre la rabia y la culpa, entre el deseo de castigo y la incapacidad de reconocer al inocente. Vi a una madre rota. Vi a soldados confundidos. Vi al cielo oscurecerse como si no pudiera soportar más lo que veía. Y entonces, lo escuché decir: “Consumado es.”

No necesito narrar lo que vino después. No porque no crea en la promesa, sino porque sé que algunas almas —como la mía— necesitan quedarse un momento más en el dolor, en la sangre, en la entrega. A veces, la esperanza no nace de la negación del sufrimiento, sino de su contemplación completa. Por eso no avanzo al domingo. No aún. Me quedo en el viernes. En su oscuridad, en su temblor, en su silencio pesado. Me quedo en el temblor de una lanza que atraviesa un costado santo. Me quedo en la mirada vacía de quienes no entendieron lo que acababa de pasar. Me quedo ahí, sin prisa por llegar a la luz, porque he aprendido que incluso en la muerte hay una forma de revelación.

Cierro la ventana. No la clavo. No la sello. Solo la dejo descansar. La cruz sigue ahí. El Gólgota no desaparece. El cielo sigue doliendo. Pero yo, Vinicio Jarquín, decido bajar los párpados del alma por un momento. Guardar el silencio. Dejar que lo visto repose dentro de mí como una semilla que aún no sabe qué flor será, pero que ya se plantó. Porque el mundo puede seguir corriendo, opinando, creyendo, negando… pero yo estuve ahí. Yo miré. Yo escribí. Y eso, para mí, ya es eterno.

Epílogo – Todo fue por amor

Después de todo lo que vi… después de haberme quedado frente a la cruz, frente a la sangre, frente al cuerpo vencido de Jesús, después de haber sentido en carne propia la oscuridad del Viernes Santo, no me queda duda: todo fue por amor.

Ese fue el mensaje. Ese fue el idioma. Ese fue el modo. Jesús no vino a fundar religiones, ni a imponer normas frías, ni a establecer un tribunal moral. Vino a amar. A sanar con la mirada. A tocar sin miedo. A abrazar sin condiciones. A perdonar antes incluso de que alguien se lo pidiera. Vino a hablar con mujeres silenciadas, con traidores, con impuros, con enfermos, con gente olvidada, con todos los que el sistema había excluido. Y cuando llegó la hora de entregar su vida, lo hizo con un amor que no se explica, pero que se siente. Y que transforma.

Y, sin embargo, a lo largo de los siglos, ese mensaje ha sido torcido. Lo hemos convertido en otra cosa. Se habla más del pecado que del perdón. Más del castigo que de la compasión. Se usa su nombre para excluir, para señalar, para dividir.

He escuchado a tantos hablar de Jesús con la boca llena de juicio y el corazón vacío de misericordia, que a veces me pregunto si están hablando del mismo Jesús que yo vi caminar hacia el Gólgota.

Porque el Jesús que yo vi no llevaba una piedra en la mano. No tenía mirada de desprecio. No pronunciaba condenas. Todo lo contrario: se detenía a mirar al quebrado, al herido, al que estaba en la sombra. Se acercaba, tocaba, restauraba. Se metía en la casa del pecador sin exigir limpieza previa. Amaba sin condiciones.

A veces pienso: si un día se descubriera que Jesús nunca existió —que fue solo una historia, un mito, un invento de los siglos—, incluso entonces, su mensaje seguiría teniendo sentido. Porque ese mensaje trasciende lo histórico. Porque es tan poderoso, tan honesto, tan verdadero, que, aunque todo lo demás se derrumbe, si el amor queda… entonces queda todo.

Y también sé esto: la próxima vez que alguien me juzgue —por lo que soy, por lo que pienso, por cómo vivo o por lo que otros creen que debería ser— no voy a entrar en discusiones. No voy a justificarme. Solo voy a pedir algo muy simple: Que, si van a hablar de Jesús, me hablen como él lo haría. Que, si van a pronunciar su nombre, lo hagan con el tono con el que él miró a la mujer acusada: “Yo no te condeno.”

Que lo hagan con la ternura con la que habló al ladrón: “Hoy estarás conmigo.”

Que lo hagan con la dignidad con la que levantó al caído.

Con la mirada con la que consoló a Pedro después de la traición.

Con la paciencia con la que amó incluso a Judas, sabiendo lo que venía.

Porque Jesús no fue juicio. Jesús no fue miedo. Jesús no fue furia disfrazada de santidad. Jesús fue amor.

Y todo lo que hizo, todo lo que vivió, todo lo que entregó… fue por amor.

Por eso escribí este libro. Por eso abrí la ventana.
Y por eso la cierro ahora. Con el corazón lleno. Con los ojos abiertos. Y con la certeza absoluta de que, si algo de lo que vi debe quedar grabado, es esto: Todo fue por amor.

Vinicio Jarquín

Una frase para no olvidar

Un amigo me dijo una vez:

“Los pastores son llamados a pastorear,

no a gritar: ‘¡Ahí viene el lobo!’”

Y desde entonces, no lo he podido sacar de mi mente.
Porque sí… qué cierto es.

Un pastor no está para meter miedo. Está para cuidar. Para guiar. Para calmar ovejas, no para asustarlas.
El buen pastor no amenaza: da la vida por sus ovejas.

Y si Jesús es ese Buen Pastor… entonces a los que hablan en su nombre les toca recordar que su tono fue amor, su mirada fue ternura, y su mensaje fue y será siempre: todo por amor.

3 comentarios en “Una ventana al pasado”

  1. Vinny, estoy impactada con tu reflexión sobre esta Semana Mayor…
    Me doy cuenta de que desde adentro sos cristiano y te admiro cada día más. Le pido a Dios mil bendiciones para vos! Ya que la Iglesia Católica no te las puede dar! Muchísimas gracias

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio