
El primero de mayo no es un día cualquiera en la política costarricense. Es un punto de partida. Un momento donde todo parece posible… y donde también se empieza a revelar quién será cada quien dentro de ese espacio. En ese contexto, el discurso de Abril Gordienko, del Partido Unidad Social Cristiana, asumiendo su puesto como diputada de la República, no pasó desapercibido. No por estridente, sino precisamente por lo contrario.
Hay discursos que no buscan imponerse, sino ubicarse. No llegan con la intención de aplastar al otro, sino de encontrar un lugar desde donde hablar sin gritar. Y eso, en el contexto actual, ya es en sí mismo una postura. Este discurso, leído con calma, no es solamente una declaración política; es un intento de reconectar con una forma distinta de ejercer el poder. Una forma menos reactiva, menos impulsiva, más consciente de lo que significa estar ahí.
Desde el inicio hay una línea clara: reconciliar, defender, promover. Tres verbos que no son casuales. Reconciliar implica reconocer que algo está roto. Defender implica que algo está siendo amenazado. Y promover implica que algo todavía no ha sido construido del todo. En esa combinación hay una lectura completa del momento país. No es un discurso triunfalista. Es, más bien, un diagnóstico con intención de dirección.
El énfasis en la participación de las mujeres no se queda en lo simbólico. Se reconoce como un hito histórico, pero también se aterriza en una realidad incómoda: la igualdad no ha llegado todavía. Ese contraste entre celebración y tarea pendiente es importante, porque evita caer en la complacencia. No se trata de decir “ya llegamos”, sino “esto apenas empieza”.
Ahora bien, desde una mirada Apacigua, lo más interesante no está solo en los datos o en los reconocimientos históricos, sino en el tono que intenta sostenerse a lo largo del discurso. Hay una insistencia en el diálogo, en el acuerdo, en la construcción conjunta. Se habla de legitimidad construida “acuerdo por acuerdo”, lo cual es una idea profundamente poderosa en un entorno donde lo que más abunda es la imposición.
Pero aquí es donde aparece una tensión que vale la pena observar con cuidado. Porque decir que el país eligió no darle poder absoluto a nadie es, al mismo tiempo, una oportunidad y un riesgo. Es una invitación al diálogo, sí… pero también puede convertirse en una excusa para el bloqueo si no hay madurez política. El discurso apuesta por lo primero. La realidad, muchas veces, se inclina hacia lo segundo.
Hay otro punto que resuena fuerte desde esta mirada: la forma en que se nombran las crisis. Inseguridad, desigualdad, vivienda, salud, pensiones… no se maquillan. Se dicen. Se colocan sobre la mesa sin rodeos. Y eso tiene valor. Porque una cosa es hablar bonito, y otra muy distinta es hablar claro sin perder la elegancia. Aquí se intenta hacer ambas.
También hay una identidad política clara. No se oculta. Se reivindica el legado socialcristiano como base del Estado social de derecho, no solo como discurso ideológico, sino como una lista concreta de aportes históricos. Eso es importante, porque le da raíz al mensaje. No habla desde el vacío, sino desde una tradición que busca legitimarse en el presente.
Sin embargo, lo más Apacigua del discurso aparece hacia el final, cuando se hace un llamado explícito a bajar el tono. A dejar el ataque personal. A ser más grandes que las diferencias. A que la razón suba… bajando la voz.
Y ahí es donde el discurso deja de ser político y se vuelve profundamente humano.
Porque en el fondo, todo esto no se trata solo de leyes, ni de fracciones, ni de poder. Se trata de cómo nos estamos hablando como sociedad. De si queremos seguir construyendo desde la reacción… o si somos capaces, aunque sea por momentos, de hacer una pausa antes de responder.
Este discurso no garantiza nada. No cambia la realidad por sí solo. Pero sí propone una forma. Y en tiempos como estos, proponer una forma distinta de estar… ya es un acto político.
La pregunta no es si quienes están ahí lo van a cumplir.
La pregunta es si tú, desde donde estás, estás dispuesto a sostener ese mismo nivel de conversación… o si, sin darte cuenta, estás alimentando exactamente lo contrario.