
Estamos en el mes de la patria. En cualquier otro año, probablemente estaríamos hablando casi exclusivamente de faroles, desfiles, banderas, música, familias reunidas y de todas esas tradiciones que durante tantos años hemos aprendido a relacionar con septiembre. Estaríamos esperando las celebraciones de independencia con esa mezcla de nostalgia, orgullo y alegría que suele acompañarlas. Pero este año es distinto. Este septiembre nos encuentra en medio de un país más sensible, más dividido, más atento a lo que ocurre en las calles y también más expuesto a manifestaciones, concentraciones, aglomeraciones y situaciones que no siempre podremos anticipar ni controlar.
Probablemente iremos a muchos de los mismos lugares a los que hemos ido otras veces. Caminaremos por las mismas calles, veremos pasar los mismos desfiles, llevaremos a nuestros hijos o nietos a mirar los faroles, escucharemos las mismas bandas y veremos ondear la misma bandera. Pero el ambiente podría sentirse diferente. Y diferente no necesariamente significa peor. Podría haber más gente celebrando, más entusiasmo, más deseo de abrazar los símbolos patrios y de recordar que, por encima de nuestras diferencias, seguimos compartiendo un mismo país. Ojalá sea así. Pero también podrían aparecer actitudes, provocaciones, discusiones o comportamientos ajenos al espíritu con el que nosotros decidimos salir de casa.
Eso último no depende de nosotros. No podemos decidir cómo se comportarán los demás, qué dirán, qué pancarta llevarán, qué provocación harán o cómo reaccionarán ante una opinión diferente. Tampoco podemos controlar completamente lo que ocurra en una aglomeración. Hay demasiadas personas, emociones y circunstancias mezclándose al mismo tiempo. Lo que sí podemos controlar es algo muchísimo más cercano: la actitud con la que llegamos. Podemos decidir si vamos a celebrar o a confrontar, si queremos disfrutar o demostrar algo, si salimos buscando un momento bonito con nuestra familia o esperando encontrar una razón para discutir.
También podemos decidir cuándo es suficiente. A veces cuidar de nosotros mismos significa reconocer que un lugar cambió de tono y que ya no es el espacio al que habíamos decidido llegar. Retirarse no siempre es tener miedo. Algunas veces es simplemente tener criterio. Si el ambiente deja de parecernos sano, si sentimos tensión, si comienza una confrontación o si sencillamente nuestro instinto nos dice que ya es momento de regresar a casa, podemos hacerlo. Ninguna celebración, manifestación ni actividad vale más que nuestra seguridad ni que la tranquilidad de las personas que están con nosotros.
Y quizá hay algo todavía más importante que proteger durante estos días: nuestra paz interior. Porque podemos regresar perfectamente sanos a nuestra casa y, aun así, llevarnos con nosotros una discusión, una ofensa, una provocación o una rabia que termine ocupando nuestra cabeza durante horas o días. También de eso tenemos que cuidarnos. No todo merece una respuesta. No toda provocación necesita un adversario. No toda discusión debe convertirse en nuestra discusión. Podemos ver algo que no compartimos y continuar caminando. Podemos escuchar algo que nos molesta y decidir que no vamos a entregarle nuestra paz a quien lo dijo.
Vienen días intensos. Quizá también vienen tiempos difíciles. Pero eso no significa que tengamos que vivirlos desde el miedo. Significa que tendremos que vivirlos con un poco más de conciencia. Salir sabiendo para qué salimos. Estar atentos a nuestro entorno. Cuidar a quienes nos acompañan. Reconocer cuándo permanecer y cuándo marcharnos. Y recordar que nuestra responsabilidad no termina en proteger nuestro cuerpo: también tenemos derecho a proteger nuestra serenidad.
Este mes de la patria, celebremos si queremos celebrar. Participemos si queremos participar. Caminemos, encendamos faroles, cantemos el himno, miremos los desfiles y disfrutemos todo aquello que todavía nos recuerda quiénes somos. Pero hagámoslo llevando con nosotros algo que ninguna circunstancia externa debería arrebatarnos: la decisión de regresar a casa con la misma paz con la que salimos.