Viernes 14: el día que no debe ser guerra

Al parecer, el país amanecerá con la posibilidad de disturbios este viernes 14. Ojalá no sea así. Pero los llamados a la calle —porque no hay otra forma de nombrarlos— que he visto circular en redes, en grupos y en mensajes, me hacen pensar en esa posibilidad con un nudo en el estómago.

Una guerra interna. El pueblo contra el pueblo. El país contra el país. Una guerra llamada, no con fusiles ni banderas, sino con arengas disfrazadas de entusiasmo, desde el Poder Ejecutivo y dirigida, de alguna manera, contra el Poder Legislativo.

Aclaro con toda responsabilidad que ni el presidente ni la diputada han llamado directamente a la guerra ni a la violencia. No han pedido armas ni sangre. Lo que sí han hecho —y eso es lo suficientemente grave— es convocar a los costarricenses a una manifestación bajo el lema “acompáñenme”, en un momento en que el país está efervescente, emocionalmente al límite, y en plena época electoral.

Desde aquí, aunque no tengo poder político ni representación partidaria, hago responsables a quienes hoy llaman a esas concentraciones de cualquier acto de violencia o desestabilización que se produzca este viernes. Porque cuando el clima está encendido, cuando el país está dividido, cuando el enojo se confunde con patriotismo, cualquier chispa puede convertirse en incendio.

No se trata de ideología, se trata de conciencia. Quien ama a Costa Rica no convoca al pueblo a enfrentarse. Quien respeta la democracia, no juega con fuego a las puertas de la Asamblea Legislativa.

Que este viernes 14 no sea un día de guerra. Que este viernes 14 sea recordado como el día en que el pueblo costarricense demostró que la paz se defiende con calma, no con gritos.

Que Costa Rica, pese a todo, siga respirando en paz.

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