
La invitación llegó de una forma sencilla, casi cotidiana. Fue María Antonieta quien me escribió. “Don Vinicio, nos gustaría tenerlo como invitado especial para que diera una charla”. No decía mucho más. Y, como suele pasar cuando algo no dice suficiente, lo primero que apareció no fue la emoción… fue la necesidad de entender.
Yo estaba dispuesto a aceptar, pero necesitaba saber desde dónde. Porque últimamente, cuando alguien me invita a hablar, hay una especie de expectativa implícita. Democracia. Derechos humanos. Institucionalidad. Elecciones. Civismo. Sociedad. Temas que se han ido acumulando en una paleta que ya me resulta familiar, casi automática.
Entonces pregunté. Y la respuesta fue una sola palabra: arte. Ahí cambió todo.
No me estaban invitando como Apacigua. No me estaban invitando como escritor. Me estaban invitando como artista plástico. Y en ese pequeño giro, en esa precisión aparentemente simple, hubo algo que se acomodó adentro. Como si alguien, sin saberlo —o tal vez sabiendo muy bien—, me hubiera recordado una parte mía que sigue ahí, intacta, aunque a veces no esté al frente.
Y viniendo de María Antonieta, eso tenía todavía más sentido. Por supuesto que acepté.
Lo siguiente fue casi automático, pero también revelador. Pensé en el día. Pensé en el enfoque. Pensé incluso en la ropa. Como si cambiar de escenario implicara también cambiar de piel, o al menos de textura. Más adelante supe que las personas que estarían en la charla tenían entre 7 y 12 años. Era el Día del Artista en una escuela. Y entonces todo se simplificó.
El tema dejó de ser complejo. La intención dejó de tener capas. Y la ropa… bueno, la ropa también encontró su lugar. Pantalón celeste, camisa con rayas celestes y rojas, y unas tenis Converse rojas. Nada que sostener. Nada que demostrar. Solo estar.
La charla era a las 10 de la mañana, pero decidí salir de mi casa mucho antes de las 9. No por prisa. No por obligación. Sino por algo que no siempre uno reconoce de inmediato… esa necesidad de llegar antes, de respirar el lugar, de permitir que el momento empiece a existir antes de que uno tenga que hablar.
Llegué a la escuela y lo primero que encontré fue algo que no esperaba del todo: historia. La profesora de artes plásticas que me recibió había sido estudiante mía. Y en ese pequeño detalle, casi casual, apareció una línea invisible que conectaba pasado y presente. Me presentó a la directora, a otras profesoras, y empezamos a recorrer el lugar.
En uno de los salones habían montado algo que parecía más un museo que un aula. Era una exposición por el Día del Arte, con obras de los niños. Había algo muy genuino en todo eso, algo que no necesita validación ni técnica perfecta para sentirse verdadero. Y entonces pasó algo que me sorprendió de una forma distinta.
Algunos de esos niños estaban pintando acuarelas con una técnica que yo había enseñado… a alguien más. Esa técnica había viajado de mí a mi estudiante, y de ella a sus alumnos. Y ahora estaba ahí, convertida en algo vivo, en algo que ya no me pertenecía, pero que de alguna forma seguía siendo parte de mí. Fue un momento silenciosamente poderoso.
Después conocí a Johan Vargas, un artista en acrílico que estaba ahí para pintar en vivo. Y aquí tengo que decirlo con claridad: fue un verdadero honor compartir el día con él. No solo por su trabajo como artista, que habla por sí mismo, sino por la calidad humana que transmite desde lo sencillo. Joven, ordenado, con una vida que se percibe construida desde valores firmes, Johan es de esas personas con las que uno se encuentra y siente, sin mucho esfuerzo, que hay algo genuino ahí. Terminamos compartiendo prácticamente todo el día.
Los niños ya estaban reunidos, como en una especie de anfiteatro improvisado, cerca de 180 en total. Profesores, directora… todo listo. Y entonces me tocó hablar. No llevé un discurso complejo. No tenía sentido.
Les hablé de algo mucho más simple, pero mucho más profundo. De ser artista… todo el día. No solo cuando pintan, no solo cuando dibujan, sino cuando hablan, cuando se relacionan, cuando deciden cómo tratar a los demás. Les dije que uno puede llenar de colores la vida de otras personas, incluso sin tener un pincel en la mano. Y entonces hicimos algo todavía más simple.
Les pedí que dijeran cosas bonitas entre ellos. Frases que alegraran. Palabras que sumaran. Y en ese ejercicio, tan pequeño en apariencia, empezó a pasar algo que no siempre se puede provocar… pero que sí se puede permitir. Al mismo tiempo, les hablé desde otro lugar que también soy.
Porque sí, no me estaban invitando como Apacigua. Pero, de alguna forma, Apacigua soy yo… y yo soy Apacigua. Al menos en su dirección, en su origen, en esa chispa inicial que empezó como algo pequeño.
Les conté que hace unos meses había mandado un mensaje. Luego otro. Y luego otro más. Y que, sin darme cuenta, esos mensajes empezaron a llegarle a cerca de un millón de personas, varias veces al día. No como un plan estructurado, sino como una intención simple: acompañar, calmar, ilusionar, vestir la vida de otros con un poco más de color.
Pensaba en cómo se sienten muchas veces las personas antes de recibir uno de esos mensajes. Tristes, preocupadas, cargadas. Y les dije a los niños que ellos podían hacer exactamente lo mismo. Desde su esquinita del mundo.
No necesitan una red grande. No necesitan miles de seguidores. Necesitan intención. Necesitan sensibilidad. Necesitan decidir que pueden ser parte de algo más bonito.
Que pueden cambiarle el día a alguien. Que pueden, de verdad, empezar a cambiar el mundo.
Al terminar de hablar frente a los niños, tanto Johan como yo recibimos un regalo. Una cajita con dos galletas: una con forma de bastidor y otra como una paleta con botonetas y un pincel. Una invitación a hacer arte antes de comer. Yo, medio en broma, dije que no tenía acuarelas comestibles. Y entonces vino la solución perfecta: usar las botonetas como pigmento. Pintar con lo que hay. Como casi todo en la vida.
Luego Johan tomó su espacio. Pintó en vivo. Invitó a los niños a participar. El tiempo ya iba un poco corrido, pero curiosamente nadie parecía incómodo con eso. Al contrario. Ese pequeño desorden permitió algo más valioso: conversar.
Y ahí, en ese espacio sin estructura, terminé de confirmar lo que ya intuía. Más allá del artista, Johan es un ser humano con el que vale la pena coincidir. De esos encuentros que no se planean, pero que uno agradece profundamente cuando suceden. Ojalá la vida nos dé la oportunidad de volver a compartir espacios como este.
Durante todo el día, no solo al final, padres de familia y algunos profesores se fueron acercando. Algunos me seguían en redes sociales. Otros me conocían por distintas razones. Había una mezcla interesante entre esa presencia digital y la persona que estaba ahí, simplemente como artista.
Incluso una chica que había cantado en mi fiesta de cumpleaños se acercó a saludarme. Yo no la recordaba, pero ella sí. Y en lugar de incomodidad, lo que apareció fue gratitud por ese tipo de encuentros que uno no controla, pero que igual llegan.
Luego vino el almuerzo. Profesores, directora… conversaciones que mezclaban lo cotidiano con lo significativo. Y cuando nos dimos cuenta, ya habían pasado más de tres horas.
Al final, sin grandes anuncios, sin momentos épicos, el día se fue cerrando. Recogimos —bueno, en realidad recogimos las cosas de Johan—, nos despedimos, y yo me fui con una sensación muy clara.
Había sido un día bonito. Y también había sido algo más.
Porque en medio de un Día del Arte, en una escuela, con niños que apenas empiezan a descubrir el mundo… algo se estaba moviendo en otra dirección. Apacigua se expande.
No como un proyecto. No como una marca. Sino como una forma de estar en el mundo.
Hoy, en ese salón, en esas palabras, en esas pequeñas acciones, Apacigua estaba educando niños para una Costa Rica mejor. Y eso, tal vez, dice mucho más de lo que uno cree.
Antes de irme, incluso, alguien se acercó para invitarme a otra escuela. Y mientras lo escuchaba, pensé que tal vez esto apenas está empezando a tomar otra forma.
Aquí seguimos, amigos. Vamos para adelante.