X – El aislamiento internacional y la pérdida silenciosa del prestigio país

¿Por qué no deberíamos votar por el continuismo?

Costa Rica no es un país grande. No lo es en territorio, no lo es en poder militar y no lo es en peso económico. Y, sin embargo, durante décadas logró algo que muchos países más grandes nunca consiguieron: prestigio internacional. Una reputación construida con paciencia, coherencia y respeto a la democracia, a los derechos humanos, al derecho internacional y a la institucionalidad.

Ese prestigio no era simbólico. Era real. Nos abría puertas, generaba confianza, facilitaba inversión, cooperación internacional y voz en foros donde, en teoría, no tendríamos por qué ser escuchados. Costa Rica era vista como un país serio, predecible, confiable. Un país que podía disentir sin romper, criticar sin insultar y defender sus intereses sin dinamitar puentes.

Eso se ha ido erosionando.

No por una sola decisión, ni por un evento aislado, sino por una forma de relacionarse con el mundo. Por el tono confrontativo, por los conflictos innecesarios, por el desprecio abierto hacia organismos internacionales, por la incapacidad de construir alianzas duraderas y por una narrativa que parece más interesada en pelear que en cooperar.

El prestigio internacional no se pierde de un día para otro. Se desgasta. Se agrieta. Se debilita lentamente. Y lo más peligroso es que no se siente de inmediato. No hay titulares que digan “hoy Costa Rica perdió credibilidad”, pero los efectos empiezan a aparecer en decisiones que no nos favorecen, en apoyos que no llegan, en oportunidades que pasan de largo.

Un país pequeño vive también de su reputación. Vive de la confianza que inspira. Cuando esa confianza se rompe, no basta con cambiar el discurso; hay que reconstruir relaciones, pedir segundas oportunidades y demostrar, con hechos sostenidos en el tiempo, que se volvió a ser confiable.

El continuismo implica seguir por ese mismo camino. Mantener una forma de gobernar que ve al exterior con desconfianza, que se siente cómodo en el conflicto y que no valora suficientemente el capital diplomático acumulado durante generaciones. Y ese capital, cuando se pierde, cuesta años recuperarlo.

No se trata de agradar al mundo ni de vivir pendientes de la opinión internacional. Se trata de entender que Costa Rica no puede darse el lujo de aislarse, de pelear con todos o de convertirse en un actor impredecible. Nuestro tamaño no lo permite. Nuestra historia tampoco.

Votar también es decidir qué lugar queremos que ocupe Costa Rica en el mundo.
Si uno de respeto, diálogo y credibilidad… o uno de ruido, confrontación y puertas cerradas.

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