
Nos escribimos con la urgencia de quienes no se han tocado aún pero ya se han rozado en la imaginación. Él quiere que nos encontremos. Que nos veamos. Que juguemos. Juegos prohibidos, me dice. Como si en el roce de una palabra pudiera desatarse un incendio. Pero yo no quiero. No todavía.
Yo quiero encontrarlo, sí. Pero de otra forma. En otro ritmo.
Quiero llegar a Cartago como quien va a una ciudad que ya no es capital, pero aún conserva su dignidad.
Quiero que venga a San José como quien regresa a un lugar donde alguna vez se sintió más joven.
Quiero que el primer encuentro no sea un secreto, sino un ritual.
Nos veremos en un café. En uno con sillas de madera y luz de tarde. Uno donde no suene reguetón, sino cucharillas chocando con porcelana. Yo estaré ahí antes. Lo veré entrar. Él me buscará con la mirada y fingirá no encontrarme de inmediato. Pero yo sabré que ya me vio. Que ya lo vio todo.
Quiero que se siente frente a mí. Que me salude con un “hola” que suene más a pregunta que a afirmación. Quiero que estire la mano y yo no sepa si estrechársela o tocarle el brazo. Que el primer contacto nos turbe, como un mal pensamiento en plena misa.
Quiero que nuestras rodillas se rocen por accidente y ninguno las retire.
Yo no quiero sexo. No aún. Quiero tensión.
Quiero que nos contemos historias y que en cada frase haya un doble fondo.
Quiero preguntarle por su infancia y que me responda con la voz más grave que pueda, como si su pasado estuviera lleno de cosas que no debería contarme, pero igual me contará.
Quiero que me mire a los labios como si fueran una puerta que todavía no tiene llave.
Y cuando se despida, quiero que no sepa si me puede abrazar. Quiero que lo dude. Que lo intente. Que se acerque.
Y que entonces, yo me quede muy quieto.
Solo para ver si se atreve.
