El masaje

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Capítulo 01 – Un día cualquiera

Era un día cualquiera en la vida de Carlos Roberto. La mañana transcurría con esa familiaridad monótona que suelen tener los martes sin sorpresas: café caliente, camisa bien planchada, la computadora encendida desde temprano, y esa cadena de tareas que no lo apasionaban, pero lo mantenían en movimiento. El aire acondicionado de la oficina le rozaba el cuello como un suspiro frío, y él, sin pensarlo demasiado, dejaba que el día se le escurriera entre los dedos, uno más en la rutina.

Fue entonces cuando ocurrió algo que, sin parecer importante, lo tocó por dentro.

Mientras revisaba sin ganas su perfil de Facebook, entre cumpleaños de conocidos lejanos y memes sin gracia, apareció una publicación sugerida. Una página nueva, discreta, sin muchos seguidores. “Masajes relajantes. Atención personalizada. Solo con cita previa.” Había una imagen difusa, casi intencionalmente ambigua: un hombre de piel oscura, de brazos firmes y musculosos, inclinado sobre una camilla. Sus manos, grandes y decididas, presionaban suavemente los muslos de una persona acostada boca arriba. La escena no mostraba rostros, pero lo que sí se mostraba era suficiente para dejar un eco en la imaginación. El torso del masajista, cubierto por una camiseta blanca ajustada, acentuaba la potencia contenida en ese gesto simple, rutinario… pero cargado de una tensión que era imposible no sentir.

Nada explícito, pero todo sugerente. Como si la foto hablara más por lo que no mostraba que por lo que dejaba ver.

Carlos Roberto sintió una punzada en el estómago. No era deseo, aún no. Era más bien una especie de curiosidad espesa, como esas corrientes que uno no ve, pero siente bajo el agua. La página tenía pocos “me gusta”, apenas dos o tres reseñas vagas y una imagen de perfil tan neutra que parecía no querer ser vista. Eso, precisamente, lo hizo dudar. Y al mismo tiempo, lo hizo quedarse. ¿Era una trampa? ¿Una de esas páginas falsas que terminan en spam o algo peor? ¿O era algo más? Algo que jugaba a esconderse. Algo que prefería ser encontrado por quien supiera mirar.

Sin pensarlo mucho, escribió. No porque esperara una respuesta inmediata —esas páginas suelen tardar días en contestar—, sino porque su dedo ya había tocado el botón de “Enviar mensaje” antes de que la cabeza alcanzara a detenerlo.

—Explíqueme del masaje relajante —fue todo lo que escribió.

Y lo dejó ahí. Pero ya no era un día cualquiera. Ya no era un miércoles más. La piel de Carlos Roberto había empezado a vibrar, aunque él aún no lo sabía.

Capítulo 02 – Un roce que no se compra

Carlos Roberto revisó su mensaje unos minutos después. No esperaba respuesta tan pronto. Pero ahí estaba.

Un texto corto, cercano, con una calidez que no era obvia, pero sí sentida:

Justamente eso: una hora de masaje suave y relajante. Ya varios se han dormido en la sesión. Con gusto lo chineamos.

No había emojis. No había signos de exclamación. Pero había algo que se colaba por debajo de las palabras. Una gentileza envolvente. Un tono humano, casi afectivo. “Con gusto lo chineamos.” Esa frase, más que cualquier oferta estructurada, fue la que lo descolocó. No sonaba a marketing; sonaba a alguien que sabía tocar, no solo con las manos.

Carlos Roberto respondió, casi sin pensarlo:

Pues esa es la idea. Genial.

Y entonces, con una franqueza que no esperaba, llegó un nuevo mensaje:

Tampoco se preocupe de las erecciones, eso es normal.

Carlos Roberto se quedó mirando la pantalla. Por un segundo, no supo si reír, agradecer o dejar de contestar. Pero lo cierto es que esa frase no le resultó vulgar. Le resultó honesta. Como si alguien le dijera: “podés venir con todo lo que sos, incluso con lo que no podés controlar”.

Así que respondió, con una mezcla de picardía y sinceridad:

Aunque de hecho me hubiera encantado quedar con aceite en todo; pero bueno. Trataré de controlarlas.

Y fue entonces cuando el tono cambió por completo. No porque se volviera explícito, sino porque ya no había que fingir que solo hablaban de un masaje.

No se preocupe que yo trabajo todo el cuerpo. Glúteo, entrepierna, todo. Por eso le digo: relax si se le para el amigo.

No era una invitación directa. Tampoco era una advertencia. Era, simplemente, una declaración de espacio: aquí no pasa nada que usted no quiera, pero tampoco se niega lo que su cuerpo diga.

Carlos Roberto se quedó quieto. Sintió que su pecho se abría, y algo en el centro de su abdomen empezaba a moverse como un río lento, tibio. No era deseo todavía. Era posibilidad. La idea de que podía ser tocado sin guion. Que podía haber un roce, sin contrato. Una caricia, sin precio. Una ternura, sin miedo.

Se sirvió un poco de agua, con la boca más seca que hace un rato, y pensó:
Esto no es lo que vine a buscar… pero podría ser exactamente lo que estaba esperando.

Capítulo 03 – Algo que no se nombra

Carlos Roberto no era ingenuo. Sabía que el mundo virtual podía ser un espejo roto, donde nada es lo que parece. Y aunque el mensaje había sido correcto, respetuoso, él no dejaba de preguntarse si esa página recién creada era confiable o un velo para algo más turbio. La foto del perfil mostraba unas manos sobre una espalda… ¿pero de quién eran esas manos? ¿Y de quién era esa espalda? ¿Stock o verdad? ¿Engaño o entrega?

Ese juego entre la desconfianza y la necesidad lo mantenía tenso. No era miedo, era más bien esa inquietud que sienten los cuerpos cuando saben que algo puede cambiar. Que algo puede romperse —para bien o para mal.

El alivio vino con un detalle simple: el masaje se ofrecía en un local comercial, dentro de un centro conocido de la ciudad. No en una casa oculta, no en un apartamento con coordenadas en Waze, sino en un sitio público, con parqueo, cámaras de seguridad, tiendas alrededor. Eso bajó la guardia. Lo hizo sentir que podía permitir un paso más sin perder el control.

Entonces pidió una foto. Y la foto llegó.

No era una imagen de catálogo. No era una trampa visual. Era un rostro común, con barba de unos días, una camiseta sin pretensión y una mirada que no intentaba seducir, sino simplemente estar. Y eso fue, tal vez, lo más seductor de todo. Carlos Roberto respiró más profundo. Sintió una oleada de calma. No euforia, no emoción. Calma.

Agendó la cita para ese mismo día, dos horas después. Pero una hora antes de salir, no pudo evitarlo: marcó el número. Solo quería “confirmar”. O al menos, eso se dijo a sí mismo.

La voz que respondió al otro lado no era la que él había imaginado, pero le gustó más. No era forzada, ni fría. Era una voz cálida, cercana, con un dejo de humor y cierta lentitud al hablar que daba confianza.

Tranquilo, Carlos, —dijo el masajista— aquí lo recibimos sin prisa. Hablamos un rato, le explico cómo trabajamos, y si quiere, se queda desnudo, le hacemos el masaje sin apuros. Incluso podemos conversar mientras tanto. Aquí no hay apuro ni tensión. Solo estar bien. Eso es todo.

Y esa frase —“se queda desnudo, conversamos, sin apuros”— le erizó el cuello. No era una insinuación. O quizás sí. Pero no era una promesa. Era algo más honesto. Más peligroso también.

Carlos Roberto colgó con una sonrisa torcida, de esas que uno hace cuando algo dentro se agita. No lo había pedido. No lo había imaginado. Pero su cuerpo empezaba a vibrar como si ya supiera que algo se acercaba. Algo que no se nombra. Algo que no se olvida.

Capítulo 04 – Desnudo y presente

Carlos Roberto llegó al centro comercial con los latidos marcando el paso. Puntual, como era su costumbre, llegó dos minutos antes de la hora pactada. Estacionó el carro, se miró de reojo en el retrovisor —una costumbre sin mucha fe— y caminó hacia el lugar. El masajista no había llegado todavía. Curiosamente, eso no lo incomodó. Al contrario, se sintió más en control. Como si la espera le diera tiempo para asegurarse de que todavía podía salir corriendo.

Pero no lo hizo.

Cinco minutos después, lo vio llegar. Y en ese momento, todo su cuerpo, incluso las zonas que hacía años no le hablaban con tanta claridad, dijeron lo mismo: menos mal que vine.

Era él. El de la foto. Pero mejor. Más real, más sólido. Tenía algo imponente, no tanto por la altura o la contextura musculosa —que también—, sino por una presencia envolvente, serena, casi doméstica. Piernas fuertes, glúteos que la ropa no lograba disimular, pecho amplio, cuello grueso. Pero lo que desarmaba a Carlos Roberto no era el cuerpo. Era la mirada. La sonrisa. El tono amable, tierno, casi aniñado. Como si aquel cuerpo grandote llevara adentro una paz de domingo, un calorcito de cobija.

Entraron juntos al local. Era simple, limpio, sin pretensiones.
No había velas. No había música. Solo una camilla y silencio. Un silencio cómodo. Nada parecía querer impresionar, y eso —justamente eso— fue lo que lo impresionó.

—Si quiere, puede irse desnudado, —dijo el masajista mientras, sin ninguna ceremonia, se quitaba la ropa. Toda. Se quedó completamente desnudo, como si fuera lo más natural del mundo. Como si el pudor fuera solo un mal hábito de la cultura.

—Aquí puede hacer lo mismo. Se acuesta boca abajo y empezamos cuando esté listo.

Carlos Roberto se quedó un segundo de pie. Viendo. No era la primera vez que se hacía un masaje. Había tenido dos, tal vez tres, en spas de hoteles, con música ambiental y batas gruesas. Experiencias correctas, estandarizadas, con aceites aromáticos y manos bien entrenadas que tocaban, pero no se conectaban. Experiencias casi higiénicas, sin alma.

Esto era distinto.

Aquí no había guion. No había protocolo. No había “señor Carlos, por favor pase”. Aquí había piel. Respiración. Espacios que se abrían sin forzarlos. No se trataba de erotismo. O no solamente. Se trataba de una forma distinta de estar en el mundo: sin esconderse. Y eso lo descolocaba.

Carlos Roberto se quitó la camisa primero. Sintió el aire del lugar como una bienvenida tibia. Luego el pantalón. Luego la ropa interior. Su cuerpo no era perfecto. Lo sabía. Pero tampoco lo odiaba. Se conocía. Se aceptaba. Y cuando se acostó boca abajo en la camilla, completamente desnudo, no sintió vergüenza. Sintió otra cosa.

Una mezcla de entrega y de poder. Como si al despojarse de todo, por fin estuviera ocupando su lugar.

Mientras escuchaba los pasos del masajista detrás de él, acercándose con aceites en las manos, pensó: nunca me han tocado así. Nunca me han tocado sin prisa. Nunca me han tocado sin pretensión. Nunca me han tocado solo por tocar.

Y ahí, en ese pensamiento, nació algo. No era deseo todavía.
Era algo más vulnerable, más profundo. Una nostalgia de lo que no se ha vivido, pero se intuye.

Capítulo 05 – Rituales sin permiso

Carlos Roberto se quedó un segundo de pie. Viendo.

El masajista estaba ya desnudo por completo, como quien se quita la ropa sin cargarla de significados. Era un cuerpo grande, seguro, ajeno a la necesidad de exhibirse. No era provocativo, sino simplemente presente. Natural. Sincero.

Aquí puede hacer lo mismo, —le dijo con una voz suave—. Se acuesta boca abajo y empezamos cuando esté listo.

Carlos Roberto lo escuchó y se quedó pensando.

No era un novato en el tema. Aunque no podía decir que tuviera mucha experiencia, sí había vivido contrastes. Recordó un masaje que se hizo una vez en San José, hacía varios años, en una clínica de esas que aparecen en Google con nombre en inglés. Había sido… aburrido. Clínico. Correcto, pero sin alma. La masajista parecía seguir un manual que se había memorizado sin entusiasmo. Salió más tenso que al entrar.

Pero también recordaba otras dos experiencias que, en su momento, lo habían dejado tocado —literal y emocionalmente.

La primera había sido en un gimnasio elegante de Frankfurt, cuando volvía de un viaje largo por Egipto. Estaba de paso, con escalas confusas y el cuerpo medio desarmado por el cambio de horario. Un entrenador le recomendó un masaje para soltar los músculos antes del vuelo. Fue intenso, preciso, con una técnica casi quirúrgica. Pero había algo más: una especie de ritmo, una cadencia en la forma en que lo tocaban que no tenía nada que ver con lo sexual, pero sí con el arte de habitar un cuerpo sin pedirle permiso a nadie.

Y luego, el masaje de siete estrellas en el crucero por el mar Báltico.

Eso sí había sido otro mundo.

Estaban anclados frente a las costas de Helsinki. El mar estaba quieto, como una sábana dormida, y la cabina del spa tenía ventanales de piso a techo. El masajista era un rumano hermosísimo, con un uniforme blanco, ajustado al cuerpo como si lo hubieran diseñado para él. No hablaba mucho, solo lo justo. Se comportaba como parte del personal de un crucero de altísimo nivel: impecable, pulcro, sin una grieta en el protocolo. Pero su sola presencia —ese rostro pulido, ese cuerpo de escultura discreta, esa forma tan delicada de tocar sin romper las reglas— lo llevó a una especie de trance.

Fue una experiencia de locura, de casi sexo imaginado. Porque todo lo que pasaba ahí era permitido. Y, a la vez, absolutamente prohibido.

Lo que sintió esa tarde no fue deseo carnal. Fue pertenencia en medio de una fantasía contenida. Como si, por una hora, él fuera parte de un ritual sagrado, sin nombre y sin consecuencia.

Pero eso… eso fue Europa. Eso era otra cosa. Otro ritmo. Otros permisos. O quizá, sin permisos.

Este encuentro, en cambio, no tenía lujos, ni vistas al mar, ni nombres en alemán. Pero tenía algo que ninguna de esas experiencias había tenido:
apertura. Ambigüedad. Posibilidades.

Carlos Roberto se quitó la camisa, el pantalón, la ropa interior. Se acostó boca abajo, sobre la camilla tibia. Y mientras escuchaba los pasos del masajista acercándose, pensó:

Esta vez no hay manual. No hay spa. No hay guion. Y, sin embargo, siento que me van a tocar de una forma que nunca he sentido antes. Y no sé si eso me da paz…
o me excita.

Capítulo 06 – Antes del primer toque

No había velas. Ni incienso, ni música de spa. Solo la luz blanca del local, el eco suave de los pasos, y el silencio tenso de dos hombres que aún no sabían cómo iban a habitar ese espacio.

Carlos Roberto se desnudó con una lentitud contenida, no por timidez, sino por respeto al ritual. Sabía que no era un striptease, que no debía ser una escena. Y, sin embargo, su cuerpo estaba despierto. Lleno. Vibrante.

Se acostó en la camilla sin pedir instrucciones, sin preguntar si debía cubrirse o no. Lo hizo como le nació: boca arriba. Quizá por descuido. Quizá por instinto. Quizá porque su cuerpo, desde hace rato, había decidido hablar por él.

Y fue ahí, justo al recostarse, que se mostró sin querer. Su herramienta —esa que pocas veces se mostraba— quedó al descubierto. No erecta, pero imponente.
No provocativa, pero inevitable. Era el tipo de atributo que no necesita llamar la atención para ser recordado.

Aunque no era su intención mostrarla, tampoco la escondió. No por descaro, sino porque comprendía que, en ese momento, había algo sagrado en no disimular.

El masajista se detuvo al verla. No hubo risitas ni exageraciones, solo una pausa reverente. Lo miró con una sonrisa de asombro tranquila, como quien encuentra belleza en lo inesperado.

Vea usted… eso no se ve todos los días, dijo con tono bajo, casi admirativo.
Poco común. Muy poco común. Y mientras se acercaba con aceites, agregó:
Hay que saber cómo tratar un cuerpo así. Tiene un poder distinto.

Carlos Roberto no respondió. Solo respiró más hondo. Se sintió observado, sí. Pero no juzgado. Celebrado, más bien. Como si el otro reconociera algo que él mismo siempre había llevado en secreto, en silencio, entre pudores mal aprendidos.

Y lo deseó. Lo deseó con una intensidad seca. No porque fuera hermoso —que lo era—, sino porque lo había mirado de verdad. Y lo había dicho.

Pero, aunque su piel lo pedía, su alma sabía que no. Carlos Roberto no haría un movimiento. No extendería una mano. No daría señales. Aunque le doliera. Aunque el cuerpo gritara. Aunque se sintiera en llamas por dentro.

Era su regla. Su línea. Su frontera.

Y al mirar al masajista, le pareció aún más hermoso que en la entrada.
Grande, pero amable. Robusto, pero delicado. Tenía en los ojos una ternura que desarmaba, y en los dedos la promesa de una experiencia sin violencia, sin urgencia, sin juicio.

Por un segundo, Carlos Roberto recordó al masajista del Báltico.
Aquel rumano de cuerpo escultural, que hablaba poco y tocaba como si escribiera un poema en la espalda de los clientes. Una experiencia inolvidable.

Pero incluso aquel masaje de siete estrellas, con su lujo y su ritmo de ensueño, no tenía esta carga. Porque esto —esto que estaba por empezar—
no venía con guion, ni con norma, ni con distancia. Esto venía crudo.
Y venía vivo.

Carlos Roberto cerró los ojos. El primer toque no había llegado aún.
Pero el cuerpo ya estaba despierto.

Capítulo 07 – Cuando el cuerpo habla

El primer toque fue silencioso.

Las manos grandes del masajista se posaron en la espalda de Carlos Roberto con firmeza y con calma. No hubo aviso. No hubo “voy a empezar”. Solo el calor de la piel tocando piel, como si el cuerpo del otro hablara un idioma que no necesitaba traducción.

Lo recorrió entero, de pies a cabeza. Cada trazo era una línea continua, decidida, sin dudas ni prisa. La presión era exacta, como si hubiese aprendido a leerlo con solo palparlo.

Pasó por la planta de los pies, por las pantorrillas, por los muslos. Y cuando llegó a las nalgas, no se desvió hacia los lados como suelen hacer los masajistas que quieren evitar zonas incómodas. No. Se fue hacia el centro. Con una naturalidad casi religiosa.

Acarició todo lo que estaba expuesto. Y también lo que no. Deslizándose como si supiera que ahí, en esa frontera entre el deseo y el respeto, vivía la verdad del cuerpo.

Carlos Roberto contuvo la respiración. Sentía los dedos en la piel, pero también sentía el peso —ese peso caliente, insistente, vivo— del cuerpo del masajista restregándose sobre su cabeza.

Al principio lo interpretó como un roce casual. Luego como una coincidencia. Pero   estas alturas ya no quedaban dudas. Era un roce intencional. Una invitación muda.
Una provocación sin palabras, ofrecida desde hacía rato. Solo que él, por su ingenuidad en estos códigos, no lo había querido ver. Hasta ahora.

Fue entonces cuando bajó sus defensas. No dijo nada. No pidió permiso. Solo alargó la mano, suave, con una pausa que no era duda, sino respeto. Y la apoyó justo ahí, en el centro del cuerpo que lo tocaba desde arriba.

No hubo tropiezos. No hubo retrocesos. No hubo advertencias. Solo un leve cambio en el ritmo de la respiración del masajista. Una aceptación sutil, clara, incontestable.

Entonces Carlos Roberto levantó la cabeza. No con ansiedad, ni con urgencia. La levantó como quien busca una fuente. Y abrió la boca. Y probó. Probó las mieles de un momento que ya le pertenecía. Un momento que había sido servido desde hacía rato,
pero que él no se había atrevido a reconocer hasta que el cuerpo habló más alto que el miedo.

Y por primera vez en mucho tiempo, Carlos Roberto no se sintió culpable, ni ridículo, ni equivocado. Se sintió vivo. Y eso… eso era suficiente.

Capítulo 08 – Conversaciones y consagraciones

Mientras las manos del masajista seguían su recorrido, la conversación fluía.

No era una charla íntima, ni trivial. Era una conversación adulta, consciente, de esas que uno no espera tener en un contexto como ese, y que sin embargo encajan como si hubieran estado esperando el momento. Carlos Roberto habló de su oficio, de sus proyectos, de lo que lo mueve. El masajista —cuyo nombre ya había olvidado preguntar, o tal vez había escuchado y no retenido— le contó de sus otros trabajos, de cómo había llegado a los masajes por necesidad, y cómo luego, sin saber cómo, se fue quedando porque descubrió que tocando también sanaba.

Hablaron de creencias limitantes, de los mandatos invisibles de la infancia. Carlos Roberto se sorprendió.

No esperaba encontrar un interlocutor así en ese cuerpo tan rotundo, tan masculino.

Pero ahí estaba, hablándole del subconsciente como quien ha sentido sus propias cárceles.

El tiempo se desvanecía. La hora pactada se estiró como si el reloj también quisiera quedarse.

A la hora y quince, el masajista le dijo en voz baja:

—Volvés hacia arriba, por favor.

Y en ese gesto —el de cambiar de posición— también cambió el eje del momento. La conversación desapareció. El tono, la atmósfera, todo se transformó.

Carlos Roberto, ahora boca arriba, con el cuerpo completamente entregado, notó el cambio en la energía. El masajista ya no hablaba. Sus manos ahora exploraban desde otro enfoque, como si buscaran algo distinto: no relajar, sino encender.

Y aunque no lo dijo con palabras, Carlos Roberto lo sabía: el otro intentaba que él llegara al final. Al clímax. Pero Carlos Roberto no quiso. No todavía. No sin volver a probar las mieles que habían marcado el inicio de su entrega.

Y así, como si la alfombra del local fuera un altar improvisado, invitó al masajista a bajar. No hubo palabras. Solo miradas. Y una especie de complicidad que ya no necesitaba traducción.

El masajista se sentó en el sillón, con las piernas abiertas, con la tranquilidad de quien sabe que no hay nada que demostrar.

Carlos Roberto se arrodilló frente a él, con una mezcla de determinación y goce. Y ahí, entre el roce de la alfombra y la luz blanca del local, tocó el cielo con la lengua.

No fue un acto mecánico. Fue ceremonia. Fue agradecimiento. Fue un homenaje a lo que se ofrece sin pedir, a lo que se comparte sin culpas. Y mientras saboreaba lo que le estaba siendo expuesto, mientras sentía cómo la respiración del otro se aceleraba, Carlos Roberto pensó —por dentro, sin palabras—:

No sabía que esto se podía sentir así. No lo pedí. Pero lo necesitaba. Y en esa mezcla de carne, suspiro y silencio, terminó de desnudarse por dentro.

Capítulo 09 – Lo que no quería, pero necesitaba

El momento fue breve. Con los ojos cerrados, la boca aún entreabierta, y el cuerpo tensado como una cuerda de violín, Carlos Roberto entregó en su propia mano el líquido vital, sin que nadie más lo compartiera. Fue solo él. Solo su cuerpo, su decisión, su gesto final de rendición. Porque el masajista —con voz serena y firme— le había dicho que no podía terminar, que tenía otros clientes esperando. No hubo reproche. No hubo explicación larga. Solo ese límite dicho con naturalidad, como quien ya lo ha dicho muchas veces.

Después vino el silencio. Un silencio breve, pero pesado. Un silencio que no era incómodo, pero sí revelador. Carlos Roberto se limpió con el papel que le ofrecieron, se vistió con cuidado, tratando de no apurarse, pero tampoco de quedarse. Hablaron unos minutos, palabras sueltas, sin mucha trascendencia. Una sonrisa, un “que te vaya bien”, una mano en el hombro. Y se fue.

Salió del local con una sensación extraña. Placentera, sí. El cuerpo agradecido. Pero algo en su pecho no terminaba de acomodarse. Mientras caminaba hacia el carro, con el sol de la tarde filtrándose por los ventanales del centro comercial, sentía que algo se le escurría. Como si lo vivido hubiese sido intenso, pero también incompleto. Porque para Carlos Roberto, los encuentros de verdad —los que se sienten completos, redondos, verdaderos— solo ocurren cuando hay conexión. Amor, aunque sea fugaz. Algo que haga del cuerpo un puente, no una estación de paso.

Y por un momento, creyó haberlo sentido. Creyó que había conexión. Porque se sintió visto. Porque habló de cosas que no suele hablar. Porque hizo cosas que nunca hace. Que nunca ha hecho. Porque se abrió, y no solo de piernas. Se abrió en las memorias, en las creencias, en el permiso. En la ternura.

Pero fue en el carro, con el cinturón de seguridad ajustándose en su pecho, donde le cayó el golpe seco de realidad. El masajista era hábil. Sabía hacer sentir especial. Tenía la capacidad de hablarle a uno como si fuera único. Pero al final, era solo eso: un cliente más. Una cita más. Una hora y media en la agenda de un día largo.

Carlos Roberto se quedó mirando por el parabrisas unos segundos antes de encender el motor. Pensó que, tal vez, de haberlo sabido antes, habría podido usarlo. Habría dejado que el cuerpo tomara, que se sirviera, sin esperar magia, ni sentido, ni trascendencia. Habría probado el poder de usar. De simplemente consumir. De habitar el placer sin esperanza.

Pero no lo hizo. No por moral. Sino porque no está hecho de esa madera. Aunque ahora no sabe. No está seguro si, en algún rincón de su acto, sí lo usó. Tal vez lo hizo sin darse cuenta. Tal vez usarse mutuamente no es tan grave.

De lo que sí está seguro es de una cosa: que mientras él pensaba que era alguien especial, el masajista ya se estaba preparando para el siguiente nombre, el siguiente cuerpo, el siguiente masaje.

Carlos Roberto encendió el auto. Miró al frente. Y se permitió algo que casi nunca se permite: sentirse triste, sentirse usado, sentirse humano. Y en esa humanidad, con su belleza cruda, Carlos Roberto también encontró una verdad que no quería, pero que necesitaba.

Capítulo 10 – Consciencia en

la curva del regreso

El camino a casa no fue largo. Pero fue suficiente para pensar. Carlos Roberto conducía con una mano sobre el volante y la otra descansando en el muslo, como si necesitara tocarse para asegurarse de que todavía estaba ahí, completo. El cuerpo estaba intacto, pero algo había cambiado.

Y entonces, como una ráfaga que aclara una neblina, le llegó la respuesta: no, no fue usado. Esa idea era injusta. Para ambos. Porque para ser usado se requiere una intención de desequilibrio, de ventaja, de frialdad. Y el masajista no fue frío. Fue tierno. Fue respetuoso. Fue claro. Nunca prometió más de lo que entregó.

Pero tampoco fui alguien especial. Y ahí, otra certeza se acomodó en su pecho. Carlos Roberto fue, probablemente, uno más. Una cita más. Un cuerpo más. Y esa combinación —no haber sido usado, pero tampoco haber sido único— era lo que más le dolía.

Miró por la ventana el cielo enrojecido de la tarde. Y pensó que, si algún día hace un recuento de los masajes que ha recibido en su vida, este… este probablemente supere al de Finlandia. Aquel masaje del crucero, con el rumano hermosísimo, frente a las costas de Helsinki, había sido un lujo de revista. Pero lo que vivió hoy, aquí, en este centro comercial sin glamur, lo había atravesado más hondo.

Porque hubo piel. Porque hubo boca. Porque hubo entrega. Y, sin embargo, también hubo pago. Fue un servicio. Pagado. Como se paga el café, el corte de cabello, o un boleto de cine.

Y entonces vino la pregunta más incómoda de todas: ¿Cuánto de lo que recibí… fue parte del servicio? ¿Había pagado por esa ternura? ¿Había pagado por ese roce, por ese acceso, por esa mirada, por esa voz que le decía “tranquilo, aquí estás bien”? ¿Pagó por la sensación de conexión? ¿O fue una ilusión de cercanía montada con precisión quirúrgica por alguien que sabe lo que el cuerpo necesita escuchar?

No lo sabía. Y quizá nunca lo sabría.

Lo que sí sabía, mientras giraba a la izquierda por una calle que ya conocía de memoria, era que aquel masajista tenía una belleza física que lo marcaba. Y una ternura —tan real, tan callada, tan inesperada— que lo hacía querer volver.

No por placer. No por sexo. No por cuerpo.

Sino por eso que uno busca cuando se siente desnudo de verdad: la posibilidad de no sentirse solo.

Y aunque todo esto había empezado con un masaje relajante, Carlos Roberto se iba a casa más inquieto que nunca. No relajado. Pero sí vivo. Inquieto. Pensante. Deseando volver… aunque sepa que probablemente no haya nada que volver a buscar.

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