03 – ¿Soy un fanático?

Parte 3 de la serie «Fanatismo»

Nadie se considera fanático (pero todos ven fanatismo en el otro)

En países como Costa Rica, donde aún existe un marco democrático y se pueden expresar opiniones con libertad, el terreno político debería ser fértil para el diálogo. Pero últimamente —y lo has visto igual que yo— las discusiones políticas no son conversaciones. Son guerras. Y en esas guerras, todos se declaran cuerdos, objetivos, razonables… mientras acusan al otro de fanático.

Lo irónico es que el fanático jamás se ve a sí mismo como tal. Se cree informado. Se cree despierto. Se cree valiente por defender lo que otros no se atreven a decir. Pero esa misma certeza absoluta, esa incapacidad de admitir error o de escuchar con apertura, es precisamente la esencia del fanatismo.

Entonces… ¿cómo saber si uno ha caído en ese hueco sin fondo?

Test emocional para descubrir tu propio fanatismo

Esto no es un test académico ni clínico. Es un ejercicio de conciencia. Una serie de preguntas honestas que cada persona puede hacerse frente al espejo, sin nadie más mirando. No son para juzgarte, sino para ayudarte a verte con más claridad.

  1. ¿Alguna vez has cambiado de opinión sobre tu partido, figura política o líder preferido?
    Si la respuesta es “nunca” o “solo para defenderlo más”, puede ser que estés justificando todo con tal de no dudar. La duda es saludable. El fanatismo odia la duda.
  2. ¿Te incomoda o molesta escuchar críticas hacia tu líder o tu movimiento?
    Todos podemos sentir algo de incomodidad, pero si te enoja, te activa, te hace querer callar al otro, es posible que no estés defendiendo ideas… sino un ídolo.
  3. ¿Puedes nombrar al menos tres errores que ha cometido el político o partido que apoyas?
    Si no puedes, o si todo lo que dices lo justificas con “eso fue por culpa del otro” o “no tenía opción”, probablemente estés idealizando.
  4. ¿Cómo tratas a quienes no piensan como tú?
    ¿Con curiosidad? ¿Con respeto? ¿O con desprecio, burla o sospecha? El fanatismo no discute ideas, deshumaniza al otro.
  5. ¿Has investigado con fuentes diversas o solo sigues a los que piensan como tu?
    La democracia se nutre de pluralidad. El fanático se alimenta solo de lo que confirma su visión.
  6. ¿Estás dispuesto a votar distinto si los hechos cambian?
    Si no, entonces no estás eligiendo libremente: estás obedeciendo una lealtad ciega.
  7. ¿Te sentís moralmente superior por tus opiniones políticas?
    El fanatismo no solo cree que tiene razón, cree que es mejor persona por pensar como piensa. Ese ego moral es peligroso. Divide. Excluye. Ciega.

Si marcaste “sí” a la mayoría…

Tal vez —y con cariño te lo digo— estás más cerca del fanatismo de lo que creías. No significa que estés perdido. Significa que podrías empezar a recuperar tu libertad de pensamiento.

La libertad de expresión no vale nada si no va acompañada por otra libertad, más íntima y valiente: la de pensar distinto a uno mismo. O sea, la capacidad de evolucionar.

Un ejercicio para sanar el fanatismo propio

Si estas preguntas te dejaron inquieto, no te asustes. Estás justo donde tienes que estar. La conciencia se abre desde la incomodidad.

Prueba este ejercicio sencillo, pero profundo:

  1. Elije una figura política que te cae muy mal.
  2. Busca al menos dos cosas positivas que haya hecho. Cuesta, sí. Pero el objetivo es salir de la trinchera emocional.
  3. Luego, elige una figura que admiras profundamente.
  4. Busca al menos dos errores claros que haya cometido. Que no los haya hecho “el otro”, sino ella o él directamente.

Si puedes hacer esto sin rabia, sin justificar todo, sin sentirte traidor, entonces estás ejercitando la musculatura crítica que sostiene a la democracia. Porque una democracia sana no se construye con aplausos ciegos, sino con ciudadanos despiertos. Gente que piensa, que siente, que duda, que se corrige. Gente como tú, si te das permiso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio