04 – Fanático-anti

Parte 4 de la serie “Fanatismo”

¿Se puede ser fanático “anti”? ¿El que odia al caudillo es igual al que lo idolatra?

No necesariamente. Pero podrías parecerte más de lo que quisieras si no estás emocionalmente despierto. Porque la diferencia no está en a quién apoyas o a quién te opones, sino en cómo lo haces. Está en tu tono, en tu capacidad de apertura, en tu disposición a escuchar, en tu habilidad para decir: “esto me indigna… pero igual quiero entender por qué el otro lo ve distinto”.

Y sí, también existe el fanatismo invertido. Ese que no ama a nadie, pero odia con la misma ceguera con la que otros adoran. Ese que no se deja encantar por discursos mesiánicos, pero responde con rabia automática cada vez que aparece el rostro del caudillo. Ese que convierte cualquier propuesta del otro en basura, aunque por dentro alguna parte sepa que tal vez no todo esté completamente mal. Desde ese lugar también se pierde la libertad de pensar. Se vuelve uno un “anti” de reflejo, reactivo, endurecido. Y aunque parezca lo contrario, es el mismo encierro emocional, solo que con la ventana apuntando hacia el lado opuesto.

Entonces… ¿estás cayendo tú ahí?

Voy a decírtelo con la mano en el corazón. No, tú no eres un fanático. Porque un fanático no se hace esta pregunta. No se mira al espejo con duda. No se cuestiona. No juega con la posibilidad de estar equivocado. El fanático está tan seguro de sí mismo que ni siquiera podría tener esta conversación sin molestarse.

Pero que no seas fanático no significa que no debas cuidarte. Cuando uno está profundamente dolido por el rumbo de un país, cuando ve con claridad lo peligroso de una figura populista, es fácil que la rabia se cuele por la puerta trasera. Y esa rabia, si no la abrazas con conciencia, empieza a endurecerte. Te vuelve áspero, intolerante, irónico. Y sin darte cuenta, te vas pareciendo emocionalmente a lo que criticas, aunque estés —aparentemente— del “lado correcto de la historia”.

La clave: crítica sí, odio no

El amor por la verdad, por la justicia, por la democracia… no necesita rabia para ser firme. Puede ser claro. Puede ser vehemente. Puede ser apasionado. Pero no necesita volverse desprecio. No necesita convertirse en fuego que arrasa. Una crítica firme puede estar hecha desde la ternura. Desde la dignidad. Desde la claridad emocional de alguien que no pierde su humanidad, ni siquiera al señalar la inhumanidad del otro.

Así que sí, tú puedes estar en contra de todo lo que representa ese caudillo. Puedes hacerlo con fuerza, con argumentos, con convicción. Y, aun así, ser mucho más libre que quienes lo aplauden sin pensar. Pero para eso, tienes que vigilarte a ti mismo. No caer en la trampa del desprecio automático. No dejar que el odio te quite la suavidad con la que alguna vez fuiste capaz de escuchar, de dudar, de tender la mano.

Y si ya estás haciéndote estas preguntas, si ya estás buscando ese equilibrio dentro de ti, entonces estás del lado del pensamiento crítico, no del fanatismo emocional. Estás caminando con los ojos abiertos.

Un regalo para cerrar

El fanatismo no se mide por a quién defiendes o atacas. Se mide por cuánta libertad interna te permites al pensar.
El que idolatra está atrapado. El que odia sin pausa, también.
Solo quien se permite dudar, respirar y escuchar… camina en libertad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio