Conversaciones que importan

Con Julián Quirós, PUSC

En medio de esta campaña electoral que vive el país, me he dado a la tarea de conversar con personas que no siempre están al frente de los micrófonos, pero que cumplen un papel decisivo en lo que está ocurriendo. Personas que influyen, que piensan estrategia, que trabajan silenciosamente en la compleja tarea de conseguir votos y, en muchos casos, en el intento honesto de construir una Costa Rica mejor.

He querido hablar tanto con figuras visibles como con quienes operan lejos del ruido, porque muchas veces es ahí donde se toman decisiones que luego impactan a todo el país. En ese camino, pedí contacto con personas que están trabajando el tema de la juventud en distintos partidos políticos. No para juzgar, sino para entender. Para escuchar qué están haciendo, cómo piensan, qué les preocupa y desde dónde se están moviendo.

El primero en responder fue Julián Quirós, del Partido Unidad Social Cristiana, cuyo candidato es Juan Carlos Hidalgo. En los días previos hemos estado conversando de manera constante. El propósito inicial era bastante claro: conocer qué estaba haciendo el partido con respecto a la juventud, cuáles eran sus proyectos, cómo estaban enfrentando el tema del abstencionismo juvenil y qué tipo de mensajes estaban construyendo.

Pero, como suele ocurrir cuando la conversación es genuina, pronto se movió a otro plano.

Desde el inicio fui claro con él, y se lo he repetido varias veces: mi interés no era únicamente informativo ni estratégico. Yo quería conocerlo a él como persona. Entender quién es, qué lo mueve, desde dónde piensa el país y desde dónde actúa. Quería poder apreciarlo, para luego escribir de una forma que permitiera al país apreciarlo también: su intención, su trabajo, sus metas, su forma de ver la política y la ciudadanía.

Sin embargo, la conversación tomó un giro que no había previsto. Más allá de responder preguntas, Julián empezó a ofrecerme observaciones y consejos sobre cómo manejar una campaña como Apacigua tu ser interior, especialmente en lo que respecta a llegar a la juventud. Hablamos de tono, de tamaño del mensaje, de claridad, de no subestimar a los jóvenes ni tratarlos como si fueran un bloque homogéneo. De la importancia de mensajes honestos, directos, comprensibles y emocionalmente bien calibrados.

Ha sido, hasta ahora, una ayuda impresionante.

No desde la lógica de decir qué hacer, sino desde la experiencia de quien está metido de lleno en ese terreno. Desde la comprensión de que los jóvenes detectan rápidamente la manipulación, el discurso vacío y la incoherencia. Desde la idea de que combatir el abstencionismo no pasa por gritar más fuerte, sino por hablar mejor y escuchar de verdad.

La conversación sigue. No ha terminado. Y todavía queda mucho por contar. Seguimos conversando.

Un joven de 21 años. Soltero, con novia. Estudiante de ingeniería como carrera principal y economía como secundaria. Esa es la ficha fría, la que cabría en dos líneas. Pero no dice casi nada de lo que realmente importa.

Hoy vino a mi casa, con una amabilidad natural, sin poses ni discursos prefabricados. Nos sentamos a conversar y, entre muchas tazas de café, durante casi cuatro horas, me dio una verdadera cátedra de política. No desde la soberbia ni desde la necesidad de demostrar nada, sino desde un conocimiento que claramente ha sido estudiado, pensado y ordenado con seriedad, y que él quería compartir conmigo con genuina humildad.

Me habló de los criterios técnicos a la hora de llevar una campaña política, y de cómo esos criterios no siempre coinciden con los criterios ideológicos o éticos. Me explicó dónde se cruzan, dónde chocan y dónde, a veces, se tensionan peligrosamente. Todo esto mientras yo estaba cautivado por el discurso de un joven brillante, informado, estudioso y, sobre todo, con una notable moralidad al momento de recomendar, sugerir o expresar una idea. Sus manos acompañaban cada argumento, como si el cuerpo entero estuviera comprometido con lo que estaba diciendo, como quien habla de algo en lo que cree de verdad.

Hubo un momento que me marcó especialmente. Me habló de aquellas decisiones que son moralmente incorrectas, pero que algunas personas deciden tomar sacrificando principios en nombre de un supuesto bien común. No me lo planteó como algo deseable ni justificable, sino como una realidad que aparece en la política. Me gustó la honestidad con la que lo dijo. No para celebrarlo, sino para reconocer que ese tipo de dilemas existen y que ignorarlos no los hace desaparecer.

Luego me explicó el concepto de ideología, pero no como una etiqueta rígida, sino como un marco de valores. Habló de valores políticos y de valores personales, y de cómo no siempre coinciden, y de la responsabilidad enorme que implica no traicionarse a uno mismo cuando se entra en la arena política. Escucharlo hablar de eso, con la claridad de alguien tan joven, fue profundamente esperanzador.

Me compartió una idea que me encantó, y que se me quedó resonando. Hablamos de los candidatos carismáticos, de los caudillos, y de cómo cuando una figura con carisma hace una sugerencia, esta no se percibe como una orden. No porque no tenga poder, sino porque el carisma hace que los demás quieran hacerlo. Según él, ahí está la diferencia entre imponer y convocar, siempre que ese carisma esté al servicio del bien común y no del ego personal.

En algún momento de la conversación, con mucho respeto, me sugirió algo que me dejó pensando. Me dijo que quizá sería valioso que, unas semanas antes de las elecciones, yo le contara a mis apaciguaditos por quién votaría. No como consigna, no como instrucción, no como presión. Según él, eso sería un acto de transparencia, y muchas personas querrían escuchar esa postura si se comunica desde la humildad, desde la honestidad y sin intentar influir directamente en la decisión de nadie.

En algún momento de la conversación, ya con el café avanzado y las ideas bien calientes, me dijo algo que me pareció tan simple como fundamental: que cada persona debería escoger por quién votar a partir de su propia idea de país. No desde la consigna ajena, no desde la presión del entorno, sino desde sus deseos, sus metas y la Costa Rica que quiere ayudar a construir. Y, desde ahí, elegir al candidato que crea que realmente puede acercar al país a ese horizonte.

Mientras hablaba, Julián seguía de corrido con lo que bien podría llamarse una clase magistral. No había improvisación, pero tampoco rigidez. Hablaba con claridad, con orden, con una lógica que se iba armando sola. Solo se detenía cuando yo intervenía, y en ese momento me daba espacio para preguntar o repreguntar, como quien entiende que el diálogo verdadero no es una exposición unilateral, sino un intercambio donde el otro también piensa.

Me explicó algo que muchas campañas olvidan con facilidad: que los votantes no son un bloque homogéneo. Que no se les puede hablar como si todos sintieran lo mismo, pensaran igual o necesitaran lo mismo. Que la ciudadanía está compuesta por múltiples grupos, con realidades, miedos, aspiraciones y lenguajes distintos. Y que no entender eso es una de las razones por las que tantos mensajes políticos no conectan con nadie.

Hacia el final, le hice una pregunta directa. Le pregunté a quién creía él que podría ganar las elecciones y de qué variables dependería ese resultado. Me respondió con honestidad, con análisis y sin grandilocuencia. Habló de escenarios posibles, de factores que aún están en movimiento, de decisiones que todavía no se toman. Pero coincidimos en algo: será el tiempo el que termine de decirlo. Y la ciudadanía, por supuesto.

Fueron cuatro horas realmente gratas. Decenas de apuntes mentales. Una mañana de domingo bien aprovechada, de esas que dejan sensación de aprendizaje y de esperanza. Al despedirnos, le pedí algo que no suele salir de una conversación política: le pedí que fuera mi amigo. Y, con una naturalidad que agradezco, además se ofreció a ser mi consejero técnico político. Algo que, sin duda, aprovecharé y aceptaré.

Le agradezco sinceramente el tiempo que me regaló y la vida política que le está ofreciendo al país desde un lugar serio, joven y bien pensado. Espero que sigamos en contacto, que sigamos conversando y que yo pueda seguir disfrutando de sus conocimientos y de su forma clara, respetuosa y profunda de explicarse.

Gracias, amigo. Gracias, Julián.

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