
Mientras algunos celebran cifras, discursos o apariencias de poder, el país real —el de la calle, el de la familia que hace cuentas al final del mes— va quedando atrás. El deterioro social no llega de golpe; llega con la pérdida gradual de la empatía, con políticas improvisadas y con una gestión que parece olvidar que detrás de cada número hay personas.
Esta tercera entrega trata de eso: de cómo las malas decisiones políticas y económicas se traducen en vidas rotas, en frustraciones y en oportunidades que se van apagando una a una.
El colapso social
- Expulsión anual de más de 130.000 personas del mercado laboral formal.
- Disminución en el turismo, que no logra recuperarse a niveles previos a la pandemia.
- Caída sostenida en el Índice de Desarrollo Humano.
- Destrucción del programa de becas Avancemos y reducción en el acceso a bonos de vivienda.
- Rebajas drásticas al sector cultura, cerrando espacios donde el país respira identidad.
- Colapso de programas sociales y educativos, con promesas incumplidas como la “Ruta de la educación”.
- Aumento de homicidios, convirtiendo estos años en los más violentos de la historia reciente.
- Disminución del 55% en la incautación de drogas, mientras los barrios viven bajo el miedo.
La pobreza no siempre se mide en colones. También se mide en esperanza, en dignidad, en acceso a oportunidades y en confianza en el futuro.
Un país empieza a colapsar socialmente cuando sus ciudadanos dejan de creer que vale la pena esforzarse, cuando sienten que hagan lo que hagan, el sistema seguirá premiando la viveza y castigando la decencia.
Pero aún hay tiempo.
Cada acto de solidaridad, cada conversación constructiva, cada intento por mantener la calma y el respeto es también una forma de reconstruir el tejido social que otros han dañado.
En la próxima entrega: La destrucción ambiental y el abandono rural.
Porque cuando un gobierno olvida cuidar la tierra que lo sostiene, también olvida cuidar a su gente.