Podemos estar en desacuerdo, pero no hay necesidad de ser desagradables

Esta noche estuve en una reunión familiar. Entre los presentes estaba uno de mis hermanos, un hombre sereno, sabio y prudente. En algún momento, la conversación giró hacia dos temas que, por costumbre, suelen encender los ánimos: la política y la religión.

Cuando se habló de política, yo decidí no decir nada. Tengo una posición muy clara: soy neutral, pero con una inclinación anti-continuista. No sabía cuáles eran las posturas del resto, así que preferí mantenerme en silencio. Me pareció lo más sensato.

Más tarde, la charla se desvió hacia la religión. En ese momento sí hablé, compartí cómo vivo mi espiritualidad, sin intentar convencer a nadie. Hablé desde la experiencia, desde lo que he sentido y comprendido con los años. Pero alguien reaccionó con cierta dureza. No estuvo de acuerdo, y más allá del fondo de su opinión, lo que me llamó la atención fue el tono: desagradable, poco armonioso, como si su manera de ver lo espiritual necesitara imponerse sobre la de los demás.

Mientras tanto, mi hermano permaneció en silencio. No opinó sobre política, tampoco sobre religión. Y eso me sorprendió. Al salir, quise acercarme a él para comentarle lo que había notado. Pero antes de que yo dijera una sola palabra, él se adelantó y me dijo, con una calma que todavía resuena en mí:

“Podemos estar en desacuerdo, pero no hay necesidad de ser desagradables.”

Esa frase me pareció luminosa. Tan simple y tan profunda.

Me hizo pensar en cuántas veces la gente —en redes, en reuniones, en la vida— confunde el desacuerdo con el ataque. Como si pensar distinto fuera una amenaza. Y lo curioso es que muchas de esas discusiones no nacen del amor a la verdad, sino del miedo a que se tambalee una certeza.

Ser desagradable no da más razón. Solo quita paz.

Podemos tener puntos de vista diferentes y seguir siendo amables. Podemos discrepar sin herir. Podemos dejar espacio al otro sin perder el nuestro.

Mi hermano, con su silencio, me dio una lección mayor que cualquier argumento: que la paz no se defiende con palabras, sino con presencia. Que el respeto no se exige, se practica.

Esa frase suya merece quedarse en el aire: Podemos estar en desacuerdo, pero no hay necesidad de ser desagradables.

Y ojalá la recordemos todos, antes de escribir, de responder o de levantar la voz. Porque la paz también se construye con lo que elegimos no decir.

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