Cuando la democracia se vota, pero se pierde

Hay momentos en la historia en que los pueblos, agotados por la corrupción, el desorden o la sensación de abandono, abren la puerta a un nuevo liderazgo con la esperanza de un cambio. Y a veces, ese cambio llega envuelto en la figura de alguien que promete orden, eficiencia, castigo a los culpables y mano dura. Su discurso suena a justicia, pero su intención es el control. Y así, poco a poco, las sociedades libres se deslizan hacia algo que ya no es democracia, aunque haya nacido de un voto popular.

Las dictaduras del siglo XXI no siempre llegan con botas ni fusiles. Llegan con sonrisas, con frases de campaña, con transmisiones en vivo y encuestas favorables. Llegan elegidas. Y una vez en el poder, comienzan a cambiar las reglas del juego: desprecian la prensa, atacan a las instituciones, concentran el poder y llaman “enemigo” a quien cuestiona. Todo en nombre del pueblo.

El proceso es lento, casi invisible. Primero se ridiculiza la política tradicional; después se socava la confianza en los tribunales y se acusa a los medios de manipular. Luego se centraliza el discurso, se limita el acceso a la información y se premia el silencio. Para cuando la gente reacciona, ya no hay contrapesos ni voces que puedan frenar la maquinaria.

Y lo más triste es que no todos se dan cuenta. Algunos siguen creyendo que se trata de un líder “fuerte”, “efectivo” o “patriota”. No ven que la fuerza que admiran es la misma que mañana podría volverse contra ellos. Porque los autoritarismos, de derecha o de izquierda, terminan teniendo algo en común: la necesidad de obediencia ciega.

Costa Rica ha sido ejemplo de respeto, de equilibrio y de libertad. Pero ese equilibrio no es eterno: se sostiene cada día con el pensamiento crítico, la independencia de los poderes, la transparencia y el derecho a disentir sin miedo. Si alguna vez llegamos a perder eso, no será porque un tirano lo tomó a la fuerza, sino porque muchos lo entregaron sin notarlo, convencidos de que lo hacían por el bien del país.

Por eso es vital mantener la conciencia despierta. La democracia no se defiende solo con el voto, sino también con la atención. No basta con elegir; hay que vigilar, cuestionar y exigir. No hay dictadura más peligrosa que aquella que se disfraza de salvación.

Al final, lo que sostiene una república no son las armas, ni los gritos, ni los discursos de odio. Es el respeto. Y cuando un pueblo deja de respetar sus propias instituciones, está firmando el permiso para que alguien más decida por él.

Defender la democracia no significa defender un partido; significa defender la posibilidad de seguir decidiendo. Porque, una vez perdida esa posibilidad, ningún voto la devuelve.

1 comentario en “Cuando la democracia se vota, pero se pierde”

  1. Ibelís Velasco Fuentes

    Gracias por tu reflexión, Vinicio. Pienso que los tristes ejemplos de países cercanos de nuestra Latinoamérica, donde se entregó el poder a liderazgos que estafaron las esperanzas de cambio y convirtieron a sus pueblos en masas empobrecidas y despojadas de los derechos fundamentales: la vida, la libertad, la prosperidad, los ejemplos, decía, han de servirnos de espejos que reflejan realidades indeseables … tenemos suficiente madurez política para defender nuestra democracia y evitar los espejismos.

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