Dónde estoy ahora

Yo pensé que llegaría a la primera ronda siendo neutral. Que podría observar, analizar, escribir y acompañar este proceso electoral desde una distancia prudente, con la serenidad de quien escucha todas las voces y no toma partido. Imaginaba que, si acaso, en una eventual segunda ronda sería el momento de decidir, con más contexto y menos ruido. Pero las circunstancias se adelantaron, y el país también.

Y voy a ser honesto: las cosas se me están complicando, también en lo personal. Este texto no es una declaración política; es más bien un pensar en voz alta, una conversación con ustedes. La campaña inició —según creía— con un candidato claramente identificado con el oficialismo y casi dos decenas de opciones entre las que uno podía inclinarse. Sin embargo, conforme avanzan las semanas, algunos candidatos que parecían distintos empiezan a mostrar modos de pensamiento cuasi oficialistas, y la lista de opciones, para mí, se va reduciendo.

Y conforme esa lista baja, también baja mi proclama de neutralidad. Sigo fiel al espíritu de Apacigua tu ser interior… para que Costa Rica pueda respirar en paz, pero tengo que reconocer que la neutralidad, al menos en mi caso, se está volviendo difícil de sostener. No por capricho ni por enojo, sino porque el panorama se está aclarando, y con él, mi conciencia también.

No sé qué va a pasar dentro de algunas semanas. Tal vez llegue el momento en que solo me queden dos o tres candidatos por los que podría inclinarme. Tal vez decida no decirlo. O tal vez sí. No lo sé todavía. Lo que sí sé es que seguiré respetando las decisiones de los demás, porque ese respeto es parte esencial de la paz que promuevo.

Sigo sin ser parte de ningún bando. No soy militante ni vocero. Mi compromiso no es con un partido, sino con los valores que sostienen nuestra convivencia: la institucionalidad, la independencia de los poderes, la libertad de prensa, el respeto y la decencia pública. Eso defiendo. Eso no es activismo partidario; es sentido de país.

Mi posición actual no es de neutralidad, sino de ecuanimidad. Ya no estoy en la orilla observando el río; estoy adentro, cuidando que no se desborde. Critico cuando hay abuso, señalo cuando hay manipulación y defiendo cuando alguien busca desprestigiar lo que nos pertenece a todos: la democracia. Pero lo hago sin odio, sin insultos, sin perder la calma.

Apaciguar el ser interior no significa callar ni ser tibio; significa hablar con conciencia, sin fanatismo ni furia. Significa sostener la serenidad aun cuando el ambiente esté lleno de ruido.

Así que aquí estoy, diciéndolo con claridad y con humildad: mi neutralidad se va haciendo pequeña, pero mi deseo de paz y de conciencia sigue intacto.

No estoy contra nadie; estoy a favor de Costa Rica.

Y si eso deja de parecer neutral, es porque llegó el momento de recordar que defender la paz también requiere firmeza.

En este proceso, mientras crecían los seguidores y aumentaban las personas que querían leerme, conocer mi punto de vista o encontrar un poco de calma entre tanto ruido, algo dentro de mí comenzó a tensarse. Sentía la responsabilidad —o quizá la carga— de representar cierta neutralidad, de mantenerme en un punto medio para no perder a nadie. Era como si mi identidad pública dependiera de la identidad colectiva de quienes me leían.

Me di cuenta de que, sin notarlo, estaba sosteniendo una parte de mí sobre una expectativa ajena. Como quien teme perder seguidores, o lectores, o reconocimiento. Como un escritor feliz de ser leído, pero que a la vez se siente preso del aplauso. Y un día, simplemente, comprendí que eso no podía seguir siendo lo más importante.

Fue una toma de conciencia silenciosa pero firme. Entendí que no escribo para agradar, sino para reflexionar en voz alta con honestidad, aunque a veces esa voz incomode. Lo que me mueve no es la cantidad de lectores, sino la profundidad del mensaje.

Sé que conforme avance la campaña, y los partidos se vayan definiendo con más claridad, probablemente perderé seguidores. Algunos se irán porque esperaban de mí una neutralidad que ya no existe. Otros, porque confundirán mi firmeza con militancia. Y está bien. A todos les agradezco el tramo del camino compartido.

Yo seguiré aquí.

Con los que se queden, con los que entiendan que la paz no es silencio, que la serenidad no es debilidad y que la decencia no es indecisión.

Seguiré escribiendo con la misma pluma, con la misma convicción y con el mismo norte: defender lo que creo que debe defenderse, sin odio, sin gritos, pero con toda la fuerza del alma.

Mi posición, aunque cada vez se aleje más de la neutralidad, es firme con Costa Rica, sus instituciones, sus Poderes, el reconocimiento absoluto al Tribunal Supremo de Elecciones, y la defensa de la Constitución tal y como está, así como mi firmeza y mis esfuerzos a un NO rotundo e inamovible, con respecto al continuismo, y la firme intención de que cada vez más personas apacigüen su ser interior. 

Y si al final de este proceso quedamos menos, pero más conscientes, entonces habrá valido la pena. Porque lo que se siembra desde la autenticidad no busca aplauso: busca despertar.

Y al final, pase lo que pase en las elecciones, aunque en mi corazón creo que tendremos una victoria aplastante, sabré que hice mi mejor esfuerzo desde el lugar en que pude hacerlo. No tuve millones, ni estructuras, ni micrófonos, pero tuve algo que no se compra: la convicción de hablar con el alma.

Levanté mis armas —que no fueron otras que mis plumas, mis lapiceros y mis teclados— para defender a la Costa Rica que tanto amo. La defendí con palabras, con serenidad y con decencia, aun cuando el entorno parecía pedir gritos. La defendí porque creo que aún merece ser defendida, porque no todo está perdido mientras alguien conserve la esperanza.

Y hoy, después de todo este camino, solo me queda una pregunta. No es una pregunta eterna, ni para que la medites mañana. Es una pregunta para hoy, para este instante, porque la respuesta puede cambiar con el tiempo, como cambiamos nosotros mismos: 

¿Estás conmigo?

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