¿Por qué no va a los debates?

Doña Laura no se ha presentado a los debates presidenciales —o al menos, a ninguno para el momento en que escribo este artículo—. En algún momento, dijo una frase que todavía resuena: “yo no me revuelvo con cerdos”, o algo similar. Algunos aseguran que se refería a los contrincantes políticos; otros, que hablaba en un sentido más amplio. No lo sé, y tampoco será eso lo que analicemos hoy.

De lo que quiero hablar es de algo mucho más profundo: la falta de respeto hacia los ciudadanos que la siguen, hacia los que creen en ella, hacia los que la defienden todos los días en redes sociales y en la calle. Porque al no presentarse a debatir, no les da la oportunidad de escuchar ideas, de ver cómo se desenvuelve frente a otros candidatos, ni de conocer su visión frente a los grandes temas del país. No les da herramientas para defenderla con argumentos, solo con fe.

Personalmente, creo que su ausencia en los debates puede ser una táctica inteligente. Evita el riesgo de quedar expuesta, de ser confrontada, o de mostrar limitaciones en un escenario donde otros candidatos, con más preparación o experiencia, podrían dejarla en desventaja. Pero lo táctico no siempre es lo ético.

¿Qué gana? Evita el ridículo, la comparación, el desgaste.
¿Qué pierde? Pierde credibilidad, pierde respeto, y sobre todo, pierde la oportunidad de crecer ante los ojos del país. Porque quien aspira a gobernar Costa Rica no puede esconderse del diálogo, ni evitar la confrontación sana de ideas.

Doña Laura, al no asistir, no solo se resta a sí misma: también le resta a la democracia.
Porque la democracia se construye con transparencia, con debate, con exposición pública. El ciudadano tiene derecho a ver cómo reaccionan quienes quieren dirigir su destino. Y cuando uno de los principales candidatos decide no exponerse, algo se rompe.

Quizás ella cree que con un 25% de apoyo en las encuestas puede ganar sin hablar. Pero en política, el silencio también habla. Y cuando una persona no da la cara para defender sus ideas, los votantes entienden el mensaje: no hay ideas que defender.

Al final, Costa Rica no necesita más discursos bonitos ni silencios calculados.
Necesita líderes que hablen, que escuchen, que se equivoquen si hace falta, pero que estén presentes. Porque un país no se gobierna con evasivas, sino con valentía.

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