Costa Rica, una democracia que aún funciona

Para este caso, es innecesario recordar que Costa Rica tiene una gran biodiversidad, un clima privilegiado, gente amable, playas, montañas, volcanes y una belleza natural que todos conocemos. Eso ya lo sabemos. Pero más allá de la naturaleza, hay algo todavía más valioso: un andamiaje institucional y social que ha sostenido al país por más de un siglo.

Tenemos una Asamblea Legislativa, uno de los parlamentos democráticos más antiguos y estables del continente, donde se discute, se debate y se legisla con independencia de criterio. Tenemos un Tribunal Supremo de Elecciones, reconocido internacionalmente, que durante cada proceso electoral asume el control político-administrativo del país para garantizar la pureza del sufragio, la transparencia y la legitimidad de los resultados.

Tenemos un gobierno dividido en tres poderes —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— creados para limitarse entre sí y mantener el equilibrio de fuerzas que protege la libertad ciudadana. Y tenemos una Constitución Política que ha funcionado, que sigue viva, que ha sabido adaptarse a los tiempos sin perder su esencia.

A todo esto, se suma el Seguro Social, joya institucional de nuestro país, que nació para proteger al más débil, para garantizar que la salud no fuera un privilegio, sino un derecho. Desde el campesino hasta el empresario, desde el niño hasta el anciano, la Caja Costarricense de Seguro Social ha sido una de las columnas más firmes sobre las que se levanta nuestra identidad como nación solidaria.

Y tenemos, además, un sistema educativo público que, con todos sus desafíos, ha permitido que un país pequeño y sin ejército forme generaciones de personas críticas, preparadas y conscientes. La educación, gratuita y obligatoria, fue el arma con la que Costa Rica eligió defenderse del atraso, y todavía hoy sigue siendo su mejor escudo contra la ignorancia y el autoritarismo.

Costa Rica, con sus defectos, con sus sombras y contradicciones, ha logrado sostener algo que pocos países del mundo pueden decir: una democracia estable, pacífica y activa, donde el poder cambia sin sangre, y donde la palabra sigue siendo la herramienta de transformación más poderosa.

¿Y de pronto? Y de pronto… alguien grita lo contrario.  Casi contrario a todo.

Contrario a la historia, contrario a la evidencia, contrario al sentido común. Y lo más triste: contrario al espíritu costarricense que durante décadas construyó paz, confianza y respeto.

El pueblo, ese pueblo noble que ha gozado de hospitales públicos, escuelas abiertas, elecciones limpias y libertades que en otros países aún se sueñan, escucha la voz del grito y responde: “sí, es cierto”. Sin mirar el daño, sin comprobar los hechos, sin recordar lo que nos hizo llegar hasta aquí.

Y entonces empieza lo impensable. Desde adentro, no desde afuera, desde el propio corazón del país, se empieza a minar la credibilidad de todo en lo que hemos creído. Se siembra la duda sobre nuestras instituciones, sobre quienes velan por la salud, la educación y la democracia. Se ridiculiza la transparencia, se sospecha del respeto, se desconfía del orden.

Una amenaza interna, silenciosa y disfrazada de cambio, comienza a carcomer lo que muchos países del mundo todavía envidian de nosotros: la estabilidad, la decencia y el orgullo de ser una nación pequeña pero admirable.

Y así, poco a poco, los valores que sostenían nuestra convivencia —la cortesía, el diálogo, la confianza, la solidaridad— se transforman en blanco de burla. Y el ruido sustituye a la razón, mientras los gritos sustituyen a la esperanza.

Costa Rica no está siendo atacada desde fuera. Está siendo confundida desde adentro. Y esa confusión, si no la detenemos a tiempo, puede costarnos más que cualquier crisis económica o política: puede costarnos el alma de la democracia misma.

Cuando ya no hay diálogo posible.

Quienes han asumido esa posición ingenua e irresponsable han tomado partido con una fuerza que nunca habían tenido. Se han aferrado a una idea política como si fuera una religión, y han confiado en ella más que en cualquier verdad que la historia o la evidencia pueda mostrarles. Esa entrega ciega, emocional y casi devocional, los ha convertido en seguidores, no en ciudadanos.

Y así, con dolor, hay que reconocerlo: con ellos no podemos contar para salvar a Costa Rica. No hay diálogo posible, no hay toma de conciencia posible, no hay razón que penetre una mente cerrada por la fe política o el resentimiento. Intentarlo es desgastarse en un eco que no devuelve sonido.

Olvidémonos de convencer a quienes se creyeron todo el paquete. Ya no están disponibles para la reflexión, y mientras intentamos traerlos de vuelta, el país sigue perdiendo tiempo y equilibrio.  Trabajemos en nosotros.

Trabajemos en los que todavía están dispuestos a pensar, a escuchar, a mirar más allá del ruido. Trabajemos con los indecisos, con los que aún dudan, con los que no se dejan arrastrar por el grito ni por la rabia.

Y, sobre todo, trabajemos con los que se fueron al abstencionismo, con los que se alejaron de la política por cansancio o decepción, pero que todavía tienen dentro una chispa de esperanza.

Hablemos uno a uno, sin arrogancia y sin miedo, devolviéndoles el espíritu costarricense, recordándoles lo que somos, lo que fuimos, lo que aún podemos ser. Tal vez Costa Rica salga herida de este proceso, tal vez quede golpeada, confundida, cansada. Pero también puede salir más fuerte, más consciente y digna, si logramos despertar a tiempo.

Porque salvar al país no es una consigna. Es una tarea de cada día, de cada conversación, de cada voto y de cada acto de decencia.

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