Por qué creo que doña Laura nunca llegará a la presidencia

No lo digo con enojo ni con desprecio, sino con la serenidad de quien observa los hechos, los gestos y las ausencias. Creo, sinceramente, que doña Laura Fernández nunca llegará a la presidencia de la República.

Y no lo creo porque me caiga mal —ni porque piense distinto—, sino porque no la veo preparada. No tiene la estatura política, el carisma ni la claridad que un país como Costa Rica necesita en este momento histórico. No proyecta confianza, y su intento de imitar al presidente en tono, forma y estrategia, la aleja de la autenticidad que tanta falta le hace a nuestra política.

Un líder no se construye imitando, sino inspirando. Y ella, lamentablemente, no inspira.

No asiste a debates. No contrasta ideas. No muestra apertura al diálogo. Evita exponerse a la confrontación sana que forma parte del juego democrático. Eso, para mí, no es estrategia: es evasión. Y cuando un candidato se ausenta de los espacios donde el país evalúa su carácter, lo que demuestra no es prudencia, sino miedo.

Además, ataca a sus contrincantes con una agresividad innecesaria, sin darse cuenta de que, en política, quien recurre al ataque es porque carece de propuesta. Y eso —la ausencia de una visión clara de país— es su mayor debilidad.

Podrá tener apoyo temporal, podrá beneficiarse del ruido, del descontento o del efecto arrastre del oficialismo. Pero eso no construye un liderazgo duradero. No se gana una nación con gritos ni con consignas vacías. Se gana con coherencia, con serenidad, con respeto, con capacidad de unir lo que otros han dividido.

Y Costa Rica, más que nunca, necesita unión. Necesita alguien que hable con el país, no alguien que le hable encima. Necesita una presidenta —o un presidente— que dialogue, no que repita el libreto de quien hoy ocupa el poder.

Por eso lo digo con total convicción: doña Laura no llegará a la presidencia.
Porque el país que heredamos de nuestros abuelos, el que aún conserva memoria de lo que es la decencia política, no está listo para repetir el error del populismo, ni para aplaudir a quien no escucha.

El pueblo costarricense, tarde o temprano, distingue entre el ruido y la verdad.
Y cuando llegue ese momento, cuando se apacigüe el ruido y hable la conciencia, sabremos que ella fue solo un capítulo de un país que decidió no perder su dignidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio