Hola a todos.
Hoy fue una noche… una noche bonita. Llevo no sé si dos o tres semanas —honestamente ya perdí la cuenta— de trabajar intensamente en la campaña. Cada momento libre, cada espacio entre una cosa y otra, lo dedico a esto. Me paro a dar clases, vuelvo a la campaña, aparece gente en la oficina, pienso si atender o no, y aun así regreso a escribir, a revisar, a grabar, a ordenar ideas. Es muchísimo trabajo, sí, pero también son muchísimas satisfacciones, y esa mezcla me mantiene feliz, firme y con una energía que me sorprende incluso a mí.
Esta tarde tuve que dar una clase. Fue una clase preciosa, una sesión de acuarela en la que al final terminamos conversando sobre desarrollo personal, sobre lo que cada uno está viviendo por dentro. Fue de esas clases que alimentan, que te dejan suave por dentro. Cuando terminó, me vestí rápido porque tenía una actividad con unos amigos fuera de San José. Estaba agotado y, siendo completamente sincero —esperando que ellos no se ofendan— no tenía muchas ganas de ir. No por mala actitud, sino por el cansancio que se acumula en el cuerpo y en la mente cuando has estado semanas sin detenerte. Y si no iba, tampoco era que me iba a quedar durmiendo; probablemente me quedaba trabajando en la campaña.
Pero fui. Y valió la pena. Fue una noche hermosa.
Regresé a mi casa casi a la una de la mañana. Igual cansado, pero con ese cansancio diferente, ese que no pesa, ese que se siente como un abrazo interno porque viene de algo que te nutrió. En la reunión varias personas se acercaron a felicitarme por los artículos. Me contaron que los reciben por WhatsApp, que a veces les llegan por varias vías, repetidos incluso, y aun así los leen. Y escuchar eso fue tan motivante, tan cálido, tan profundamente valioso para mí que todavía ahora, mientras escribo, lo siento vivo.
Ustedes saben dos cosas de mí.
La primera: que yo no estoy en esto por la popularidad que pueda producir dirigir la campaña.
Y la segunda: que, ya que tengo popularidad… me gusta. Me gusta porque soy artista plástico, soy escritor, y me encanta ser reconocido por lo que hago. Si alguien me reconoce por un texto, por una idea, por una reflexión que le llegó al alma, claro que me gusta; sería hipócrita decir lo contrario.
Pero tampoco podemos obviar —sería ingenuo hacerlo— que esa popularidad abre puertas y consigue cosas concretas. En este momento, cuando necesito llamar a algún lugar, hablar con alguien de un partido político, contactar a un candidato, aunque sea mediante su secretaria, comunicarme con el Tribunal Supremo de Elecciones o incluso con alguno de los expresidentes, mi nombre es suficiente para que me atiendan. Pero la verdad profunda es que no es mi nombre lo que abre esas puertas.
Es lo que mi nombre representa. Ellos saben que detrás de mí están ustedes. Ellos saben el apoyo, la fuerza y el tamaño del grupo que somos. Ellos no me atienden por vanidad ni por favoritismo; me atienden porque entienden que ustedes y yo formamos un movimiento serio, grande, respetuoso y comprometido. Un movimiento que está haciendo algo distinto: bajar la intensidad emocional del país sin caer en la provocación ni en el odio.
Por eso esa popularidad me gusta. Porque no es vacía. Porque tiene propósito. Porque sirve. Porque nos permite seguir trabajando en la campaña, seguir construyendo, seguir conectando, seguir uniendo a la gente en un momento en el que Costa Rica necesita serenidad, claridad y una voz que no grite, pero que tampoco se esconda.
Así que hoy… bueno, sí… ya es domingo. Son las dos de la mañana. Me voy a dormir. Mañana seguiré trabajando en la campaña. Y tú, por favor, no lo olvides: apacigua tu ser interior.