Vienes conduciendo por la carretera y el tránsito está insoportable. Los carros se meten por un lado y por el otro, sin poner direccional, sin medir distancias y sin pensar en nadie más que en ellos mismos. De pronto, uno se te atraviesa de frente, te roba el espacio, te altera la respiración y sientes ese fuego caliente en el pecho que llamamos enojo. Bajas la ventana, bufas, dices dos o tres cosas en voz alta —aunque nadie te oiga— y sigues avanzando con la sangre revuelta.
Pero no lo sueltas ahí. Te lo llevas puesto.
Continúas el camino con el enfado dentro, como si lo hubieras amarrado al asiento. Llegas a la casa y lo primero que haces es contarlo. A tu esposa, a tu esposo, a tus hijos, a quien esté. Repites la historia completa: cómo el carro se metió, cómo casi te choca, cómo el tránsito estaba imposible, cómo la gente no sabe manejar. Y lo cuentas con tanta emoción que la molestia se vuelve contagiosa. En minutos, toda la familia está participando del enojo que nació en la carretera. Ya todos están metidos en la misma jaudía. Ya todos son parte de la historia. Y tú crees que te estás desahogando, pero en realidad estás repartiendo el malestar como quien reparte pan caliente.
Y aquí es donde entra la metáfora más simple del mundo.
Imagina que vas a una finca y, sin querer, pisas caca de perro. Es un mal momento, un olor espantoso, un descuido, nada más. Pero en vez de limpiarte el zapato antes de seguir, te cuidas todo el camino para que la caca no se caiga. Caminas con cuidado, subes al carro, manejas hasta la casa procurando que siga ahí pegada. Llegas, abres la puerta con toda la solemnidad, entras a la sala… y empiezas a regar la caca por el piso, por las paredes y hasta por la alfombra. Toda la casa queda apestada. Toda la familia queda envuelta en el desastre. Todos respiran lo que tú decidiste no limpiar a tiempo.
Eso hacemos cuando llevamos el enfado de la carretera —o de cualquier otro lugar— hasta la casa.
Eso hacemos cuando contaminamos a quienes no tenían nada que ver.
Y lo más fuerte es que pudimos haber limpiado el zapato en el momento: respirar, soltar, dejarlo ir, seguir manejando sin cargarlo como si fuera un tesoro maldito. Pero no. Muchas veces preferimos conservar la caca, protegerla, justificarla y, al final, compartirla como si fuera necesario que el mundo entero la oliera.