Respeto profundamente a todas las personas que van a votar en estas elecciones, sin importar por quién lo hagan. De verdad. Creo firmemente que cada costarricense tiene derecho a tomar su decisión según su criterio, su historia, su lectura de país. Y mientras ese voto sea fruto de reflexión, análisis y convicción honesta, merece respeto absoluto.
Si alguien me dice: “Voy a votar por el continuismo porque creo que en este gobierno bajó la pobreza”, “Mi familia vive mejor”, “Siento que el país es más seguro”, “Creo que doña Laura, acompañada por Rodrigo, puede continuar lo que empezó”…
Yo lo respeto. No porque piense igual, sino porque esa persona está haciendo su propio ejercicio cívico, tomando una decisión desde su percepción del país, aunque yo no comparta esa lectura. No tenemos que pensar igual para respetarnos.
Pero también quiero ser honesto: hay votos que me cuesta respetar.
Me cuesta respetar al que dice: “Voy a votar por el continuismo porque los de antes fueron corruptos, porque Arias, porque los otros, porque hace veinte años nos hicieron tal cosa”. Ese voto no nace del análisis. Ese voto nace de la ira. Nace del resentimiento. Nace de la programación emocional con la que opera cualquier populista. Ese voto no es razonado; es reactivo. Es carne de cañón.
Y —perdonen la franqueza— tampoco respeto a quienes pudiendo votar deciden no hacerlo. Eso no es neutralidad. Eso no es prudencia. Eso no es “no meterse en política”. Eso es renunciar al país. Y un costarricense que renuncia al voto renuncia al único mecanismo real que tenemos para evitar que Costa Rica se vaya por un camino del que después será dificilísimo regresar.
Porque esto no es solo política. Es ciudadanía. Es responsabilidad. Es amor por este pedacito de tierra que nos sostiene a todos.
Así que voten por quien quieran. Por el que consideren mejor, por el que crean que puede conducir este barco con decencia o con firmeza o con trabajo. Pero voten desde la razón, no desde la herida. Voten desde la conciencia, no desde el adoctrinamiento. Voten desde la serenidad, no desde el enojo heredado.
Porque un voto consciente fortalece la democracia. Pero un voto ciego la quiebra.
