Cada vez que el señor Presidente de la República aparece en un discurso público, sucede lo mismo: sus palabras enervan, enfurecen, exaltan y, sobre todo, empoderan a quienes ya lo siguen con devoción. Lo vimos cuando llegó a la Asamblea Legislativa y se negó a responder preguntas. Yo no sé cuáles son sus razones, y no voy a especular, pero lo que sí es evidente es que ese gesto —más que cualquier frase— encendió los ánimos de su grupo de apoyo.
Hasta ahí, nada nuevo. Pero hay un fenómeno curioso que siempre se repite: cada vez que ocurre uno de estos episodios, los seguidores del presidente “suben” su porcentaje imaginado. Un día dicen que son el 60%. Luego pasa algo y ya son el 70%. Luego otro incidente y mágicamente suben al 80%. Es como una escalera emocional que ellos mismos van construyendo, peldaño por peldaño, según el nivel de exaltación del momento.
Y sí, es cierto que estas apariciones fortalecen el ánimo de quienes ya estaban convencidos.
Pero fortalecer el ánimo no es lo mismo que aumentar la cantidad.
No son más personas: solo están más exaltadas las mismas personas.
Por eso quiero recordarle a toda la población —chavistas y no chavistas— algo simple, casi simbólico: cada jaguar tiene una sola cola. Puede estar furioso, puede rugir, puede saltar y querer verse más grande de lo que es, pero sigue teniendo una sola cola.
Y así funciona la democracia: cada votante tiene un solo voto.
No diez, no cien, no un “porcentaje emocional”. Un voto.
Por más convencida que esté una persona, por más que insista en que son mayoría absoluta, por más que se emocione con cada discurso presidencial, sigue siendo exactamente el mismo número de votantes que antes. El entusiasmo no multiplica votos; solo multiplica la percepción.
Y cuando regresamos a la última encuesta seria, la más confiable, la que no fue inflada emocionalmente, nos encontramos con lo mismo de siempre: el techo de cristal de doña Laura ronda el 25%. Ese es el núcleo duro, y ese número no sube por más discursos que dé el mandatario.
Y para ponerlo en perspectiva: esa aprobación que celebran, según entiendo, sigue siendo más baja que la que tuvo don Óscar Arias al finalizar sus administraciones. Eso es un dato, no una euforia.
Por si este artículo diera la impresión de una generalización, primero me disculpo y después aclaro algo importante: estoy seguro de que muchos de esos jaguares que hace un tiempo estaban convencidos de que la continuidad era lo correcto, hoy podrían estar cuestionándose si seguir en un partido cuyo líder no los representa ni en comportamiento ni en valores; o que no se sienten representados en una candidata que ha tenido tantos tropiezos, y que se esconde ante los debates.
Tendremos que esperar para conocer los nuevos números de doña Laura Fernández. Así que, por favor, recuérdalo siempre: cada jaguar solo tiene una cola. Cada persona solo tiene un voto.
Y en febrero, lo que contará no será el rugido, ni el ruido, ni las emociones… será la urna.