El almácigo de la corrupción

Es muy fácil suponer que todos los políticos son corruptos. Se dice todo el tiempo, casi como una verdad automática. Pero yo no lo creo. Sí, hay políticos corruptos. También hay políticos corruptibles. Pero creo sinceramente que hay muchos —tal vez la mayoría— que no lo son. Muchos llegaron a la política con la intención de hacer algo bueno, con un propósito de vida, con la necesidad de dejar huella. Y aunque algunos se desviaron, otros siguen íntegros, a pesar de la presión, el ruido y la tentación.

El problema no son únicamente los políticos corruptos. El problema es el almácigo del que salieron. Porque si bajamos ese comportamiento al nivel de la vida cotidiana, nos encontramos con el mismo germen, solo que en dosis más pequeñas. La persona que se queda callada cuando en un restaurante le cobran una Coca-Cola menos, y se alegra porque pagó menos, está siendo corrupta. Esa persona, si tuviera poder, probablemente se dejaría millones. La semilla ya está ahí. Solo necesita el terreno fértil indicado.

Recuerdo —y lo digo con mea culpa— cuando yo empezaba mi empresa. Alguien me pidió que facturara más caro y que le diera la diferencia. Él era mi contacto en la empresa cliente. Y yo acepté. Joven, inexperto y necesitado del dinero, lo hice. Pero a los pocos días entendí lo que había hecho: me había prestado a la corrupción. Me arrepentí y me perdoné. Y desde entonces, nunca más volví a hacerlo, aunque me lo propusieron varias veces más.

La misma persona que me pidió aquel sobreprecio, semanas después, hablaba indignado de los políticos corruptos, del robo en la Caja, de los abusos del poder. Y yo pensaba: si este hombre tuviera un puesto de poder, haría lo mismo o peor que el político que critica. Y así funciona este almácigo: la corrupción no empieza en los altos cargos; empieza en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que normalizamos sin darnos cuenta.

¿Cuántas veces vamos a una tienda y nos preguntan: “¿con factura o sin factura?”
Y respondemos: “sin factura, para no pagar el IVA”?
Eso también es corrupción. Pequeña, cotidiana, normalizada. Pero corrupción pura, igual de real, igual de dañina.

No estoy disculpando a los políticos corruptos. Lo que propongo es un mea culpa nacional, una revisión honesta de nuestra propia honorabilidad. Porque el país no cambiará desde arriba si no cambia también desde abajo. Ninguna reforma legal servirá si seguimos justificando lo injustificable en lo íntimo y en lo cotidiano.

Y quiero invitarte a algo sencillo pero poderoso: la próxima vez que estés con tus hijos en una tienda y te pregunten “¿con factura o sin factura?”, responde sin dudar: “con factura, por supuesto.” Hazlo con tranquilidad, con naturalidad, con orgullo. Que tus hijos te oigan decirlo. Porque el almácigo del futuro se siembra con el ejemplo, y la integridad no se predica: se modela.

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