El carnicero y el aplauso

En las redes sociales circula un video, compartido para apoyar al movimiento de Laura Fernández.
El video inicia con una frase impactante:

“Si los cerdos pudieran votar, elegirían al carnicero. No porque no sepan quién es, sino porque les da de comer antes de matarlos.”

Luego continúa con una elaborada reflexión sobre el poder, el miedo y la obediencia. A simple vista parece un texto profundo, casi filosófico. Pero lo curioso no es el texto en sí, sino quién lo usa y para justificar qué.

Mi primera reacción fue quedarme en silencio. Y después, sin poder evitarlo, respondí con lo que de verdad pienso:

“¿No es eso precisamente lo que ha hecho este gobierno?
Ha alimentado el resentimiento, el desengaño y el enojo del pueblo con discursos que parecen pan, pero en realidad son carnada.
Según lo veo, este gobierno no representa al pueblo: es el carnicero.”

Y lo sostengo.

Porque el poder no siempre se ejerce desde la espada; muchas veces se ejerce desde la emoción. Desde esa habilidad de tocar las fibras del enojo colectivo y convertirlo en aplauso. Desde ese talento perverso de convencer a la gente de que los gritos son valentía, de que los insultos son transparencia, de que la confrontación es justicia.

El carnicero del cuento no mata de inmediato. Primero alimenta.
Y eso es lo más peligroso.

Cuando un líder aprende a mantener a su pueblo anestesiado con promesas, entretenido con polémicas y distraído con culpables imaginarios, ya no necesita usar la fuerza. Le basta con la palabra. Le basta con manipular el hambre emocional de la gente.

Y mientras el pueblo aplaude al que “dice las cosas como son”, no nota que lo que realmente se está perdiendo es la capacidad de pensar, de contrastar, de preguntar.

Yo no sé si los que comparten ese video entienden lo que dicen. Pero sé que, si miraran con honestidad, descubrirían que esa frase no defiende al poder: lo desnuda.

Porque el verdadero carnicero no es el que da pan, sino el que usa el pan para tener control.

Y si algo necesita Costa Rica en este momento, no son discursos enardecidos ni falsos salvadores. Necesita conciencia.
Necesita ciudadanos que, antes de aplaudir, se pregunten: ¿a quién estoy aplaudiendo?, ¿por qué?, ¿y con qué consecuencias?

La libertad no se pierde de un día para otro. Se pierde a punta de aplausos equivocados.

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