Esta tarde, una amiga muy querida —alguien con una preparación enorme en desarrollo personal, alguien que uno normalmente cree inquebrantable— me escribió con una pregunta que me atravesó el pecho:
“¿Qué hace uno cuando se le desapacigua el alma?”, “¿Qué hace uno si, por un instante, el ser deja de estar en paz?”
Había pasado por un momento muy tenso, de esos que estamos viviendo últimamente en Costa Rica, donde los nervios nacionales se sienten a flor de piel. Yo, casi sin pensarlo, le respondí algo sencillo: que lo volviera a apaciguar.
Que no contara las veces que el ser se le movía, sino las veces que lograba regresarlo a su centro.
Ella me agradeció. Y yo seguí con mi día.
Seguí escribiendo artículos, revisando publicaciones, hablando con sectores distintos, escuchando voces, afinando ideas, coordinando cosas que vienen dentro de quince días —cosas que todavía no puedo contar, pero que van a aportar muchísimo a esta campaña ciudadana.
Y la tarde avanzó. Y seguí trabajando.Y seguí sintiendo que todo fluía… hasta que, sin darme cuenta del momento exacto, el ser se me empezó a desapaciguar a mí también.
No sé por qué. No hubo una frase específica, ni una noticia, ni un comentario hiriente. Simplemente pasó.
Más tarde, recibí una noticia maravillosa.
Y luego otra. Esas cosas que deberían llenar el pecho. Y aun así, mi ser, dentro de esta campaña, ya había iniciado un pequeño proceso de desacomodo interno. Algo como un temblor suave, pero constante.
Yo he tenido enormes satisfacciones desde que empecé este camino. He visto cosas hermosas. He recibido mensajes que me han hecho llorar de orgullo. He sentido que estoy contribuyendo de verdad.
Pero también he sentido el desgaste. El cansancio. La responsabilidad pesada. Las madrugadas frente al monitor. La preocupación silenciosa por otros temas que también están sucediendo en paralelo. La intensidad emocional de este momento nacional. El haber dejado de escribir mis novelas y haber dejado de pintar, por placer y para quienes quieren comprarlas.
Y a ratos, sí, el ser se desapacigua.
Y cuando se desapacigua, uno se siente como si hubiera bajado la guardia, como si el cuerpo se quedara un poco más frío y el alma un poco más sola. No es debilidad. Es humanidad.
En todas estas historias —en las mías, en las de mis libros, en las que cuento aquí— siempre hay un cierre, un “¿y cómo lo resolví?”. Porque el storytelling, al final, es eso: un puente entre la duda y la claridad.
Pero esta vez no puedo fingir que ya encontré la respuesta.
A la medianoche, no lo había resuelto.
Me sentí preocupado. Y cansado. Exhausto de un modo raro, como si llevara muchas horas sosteniendo cosas invisibles.
Apagué la computadora sin programar las publicaciones del fin de semana. Nada listo para sábado. Nada listo para domingo. Y nada dentro de mí que quisiera forzar el ritmo. Un fin de semana análogo.
Bajé a la cocina. Cené en silencio. Me quedé mirando la pared, pensando qué fue exactamente lo que me desapaciguó.
No lo tengo claro todavía, pero sé que está relacionado con la campaña.
Con todo el peso emocional que implica. Con todo lo que se está moviendo en el país. Con las voces, las demandas, las expectativas, el compromiso… y la responsabilidad que uno siente aunque nadie la imponga; de llevar tanto en mis hombros y con mis recursos, y temo porque no sé hasta dónde podré sostener esto y seguir dando pasos.
Son temas que iré resolviendo.
Quizá mañana. Quizá este fin de semana. Porque uno también necesita detenerse, volver a tocar tierra, escuchar el cuerpo, sentir el aire. Y si en estos días logro resolver lo que me está temblando por dentro, y por fuera; volveré a mi centro de acción, si logro resolver algunos obstáculos que me impiden seguir asignando tanto tiempo a esto, volveré.
Encenderé el servidor, como cuando Arthur enciende las luces de la Baticueva, abriré mis documentos, acondicionaré el estudio desde donde escribo, y regresaré a las redes con la claridad que esta campaña requiere.
Yo espero —de verdad lo espero— que para mañana al mediodía, tenga soluciones para ciertos temas, y problemas; y haya pasado el temblor, como bien lo decía Soda Stereo.
Porque la paz interior no es un estado permanente.
Es un trabajo diario, delicado, personal. Y aunque hoy mi ser se haya desapaciguado un poco, mañana, si todo va bien, lo volveré a apaciguar.
Este proyecto es enormemente grande, y a ratos amedrenta y a ratos no puedo.
Son las tres de la mañana, ¡buenas noches!
Nota: tal vez no debí haber contado esto; pero soy humano, y de alguna manera, llevo semanas en las que mi compañía cercana, son ustedes, los que añoran una Costa Rica libre y democrática.