No entiendo. Te lo digo con honestidad. No entiendo cómo funciona esta especie de obediencia automática que se ha instalado en una parte del país, como si cada palabra que sale de una sola boca se convirtiera, por arte de magia, en verdad absoluta. No entiendo cómo alguien dice que la Contraloría es mala… y sin pedir pruebas, sin revisar, sin pensar, cientos de personas repiten que es mala. Cómo dice que el Poder Judicial es malo… y de inmediato empiezan a gritar que es malo. Cómo apunta hacia la Asamblea Legislativa… y de repente todos empiezan a verla con sospecha, con rabia, casi con odio. Cómo señala al Tribunal Supremo de Elecciones… y en cuestión de horas hay gente diciendo que el TSE es corrupto, vendido, incapaz, lo que sea. ¿En qué momento dejamos de pensar como adultos para obedecer como si estuviéramos en un culto?
No es posible que alguien despierte un día y decida que la prensa es enemiga, y ese mismo día miles de personas descubran que “sí, claro, la prensa es enemiga”. No es posible que señale a los agricultores —los mismos que nos han alimentado toda la vida— y de inmediato aparezca gente insultándolos, despreciándolos, tratándolos como si fueran estorbos. ¿En qué momento perdimos la capacidad de pensar por cuenta propia? ¿En qué momento dejamos que alguien nos formateara el criterio?
Y lo que me termina de helar la sangre es otra cosa que me pasó hace muy poco. Le mostré a un chavista una frase célebre de Óscar Arias. Una frase hermosa, profunda, imposible de rechazar si uno la lee sin prejuicios. Me dijo: “No estoy de acuerdo”. Le pregunté por qué. ¿Qué parte no le gustaba? Y me respondió: “Porque la escribió Óscar Arias”. Entonces le pregunté: “¿Y si la hubiera escrito otra persona?”. Y me dijo: “Ah bueno, si fuera de otro, sí estaría de acuerdo”.
Y ahí se acabó mi conversación. ¿Qué podía responder? ¿Cómo debatís con alguien cuyo pensamiento pasa primero por un filtro de simpatías personales? ¿Cómo construís un diálogo sano cuando la verdad no depende de la idea, sino del autor? Ese día confirmé que para muchos la fuente es más importante que la lógica. Que una frase puede ser brillante, sensata, necesaria… pero si viene del “enemigo”, automáticamente se cancela. Y al revés: cualquier incoherencia, cualquier barbaridad, cualquier exceso… si viene de la persona que admiran, se celebra, se justifica, se defiende.
He hablado con varios chavistas. Con calma, con respeto, con la intención genuina de entender. Y siempre les hago esta pregunta: “Decime una cosa —solo una— con la que no estés de acuerdo de este gobierno o de don Rodrigo”. Y no hay respuesta. Nunca. Ni una.
Como si no existiera la posibilidad humana del desacuerdo. Como si todo lo que diga un líder, por más extraño o contradictorio que sea, fuera automáticamente perfecto.
Eso no es pensamiento crítico. Eso no es ciudadanía. Eso no es criterio propio. Eso es entrega. Eso es renuncia. Eso es fascinación ciega. Y es muy peligroso para un país que depende de su capacidad de cuestionar para seguir siendo libre.
Si hoy aplaudimos que destruyan la Contraloría, mañana será normal destruir el Poder Judicial. Pasado mañana, la prensa. Luego, la Asamblea. Luego, el Tribunal Supremo de Elecciones. Y cuando finalmente ya no queden instituciones que defender… vendrán por tu libertad, por tu voz, por tu derecho a decir que algo no te parece.
Y ese día —lo digo con el corazón en la mano— no habrá nadie que te defienda. Porque hoy guardaron silencio cuando destruyeron a los otros.
Por eso digo que no entiendo. O tal vez sí entiendo… y lo que veo no me gusta.
