Un café con Kristina Hidalgo

(Esposa de Juan Carlos Hidalgo, candidato presidencial)

La cita era a las dos de la tarde. Kristina me había escrito invitándome a tomar café a su casa, y yo acepté sin saber que, al llegar, estaríamos solo ella y yo. Lo supe hasta ese instante. Me estaba esperando en la acera, con el garaje abierto para que yo pudiera guardar el carro. Ese gesto, tan sencillo, tan atento, tan fino, ya decía mucho de ella antes incluso de sentarnos a conversar. En los detalles pequeños, casi siempre, se asoma el carácter entero de una persona, y ese primer gesto ya me hablaba de cuidado, de apertura, de una calidez que no necesitaba grandilocuencias.

Lo primero que le dije fue que yo no era cronista político. Que yo era coach de vida y escritor. Que no venía a hacer una entrevista, sino a tener una cita de “hagámonos amigos”. Ella sonrió. Kristina siempre sonríe. Entre frase y frase su risa aparece con volumen propio, rompe silencios, rompe rigideces y convierte cualquier encuentro en algo liviano, humano, posible. Hay risas que son ruido, y hay risas que son hogar. La de ella pertenece a estas últimas.

También le aclaré que mi intención era hablar de ellos desde lo positivo, desde lo humano. Que si en algún momento me contaba algo que prefiriera que no se publicara, me lo dijera sin ningún problema. No me advirtió nada. No por descuido, sino porque su forma de ser es abierta, confiada, transparente. Yo suelo hacer esa salvedad porque, por alguna razón, las personas a veces entran conmigo en una intimidad que ni ellas mismas tenían prevista. Tal vez sea por formación profesional. Tal vez sea solo que, a veces, uno se siente escuchado de verdad. Y cuando alguien se siente escuchado, baja la armadura sin darse cuenta.

Dejé el carro, cerramos el portón y caminamos hacia el apartamento. Me contó que tenían gatos, por si yo era alérgico. Al entrar, antes incluso de sentarnos, me ofreció café, refresco o agua con gas. Elegí el café. Se fue a la cocina, que se conecta de alguna forma con el comedor, y yo me apoyé en el desayunador. No vi exactamente la máquina donde hacía el café, pero sí vi un chorreador de madera, de esos tan nuestros. Mientras escuchaba los alaridos del monstruo moderno preparando la bebida, pensé que quizá el chorreador hubiese sido más rápido… pero al final me equivoqué: el café estaba delicioso. Una jarra para ella, una jarra para mí, una tabla de quesos con jamones, y nos sentamos en la sala a conversar. Todo era sencillo, cotidiano, sin ceremonia, como si no estuviéramos hablando de política, de posibles presidencias, ni de escenarios públicos, sino de la vida misma.

Yo llevaba conmigo una libreta dorada con el logo de viniciojarquin.com y un Sharpie de esos que parecen hechos para atrapar ideas importantes. No usé ni la libreta ni el lapicero. A Kristina no se le puede quitar la mirada de encima. Hay que escucharla viéndola. Leer sus ojos cuando se humedecen, ver cómo sus ojos claros se iluminan cuando termina una frase y se ríe, observar cómo busca a veces la palabra exacta en español, porque su idioma materno es el inglés, aunque lo domina con una fluidez admirable. Hay personas que se escuchan con los oídos, y hay personas que se escuchan con todo el cuerpo. Kristina pertenece a ese segundo grupo.

Terminé sin apuntes. Y ahora, escribiendo esto, me pregunto hasta dónde alcanzará mi memoria para reconstruir este encuentro con Kristina Hidalgo… una mujer que, eventualmente, podría convertirse en la primera dama de Costa Rica. Me pregunto, incluso, si la memoria será suficiente para abarcar esa mezcla de serenidad, cercanía y fuerza que se siente cuando alguien habla desde un lugar honesto.

Kristina habla con luces de colores. Cada tema le enciende una tonalidad distinta al rostro. Cuando habló de cómo conoció a Juan Carlos en Washington, su expresión cambió por completo. Ella recuerda fechas, años y momentos con una precisión quirúrgica. Yo ya no conservo esos números, pero sí recuerdo la transformación de su rostro cuando hablaba de la relación que tienen, de cómo se acompañan, de las veces que se han mudado, de cómo sienten a Costa Rica, de cómo ese país dejó de ser solo un sitio de adopción para convertirse en un hogar real.

En algún momento le pregunté si Juan Carlos era buena persona. Me respondió con naturalidad, con esa mirada de quien cree lo que está diciendo. Más tarde, sin darme cuenta, volví a hacerle la misma pregunta. Ella se detuvo, me miró con dulzura y me dijo que esa ya era la segunda vez que yo le preguntaba lo mismo, y quiso saber por qué. Entonces le expliqué que no estaba preguntando solo por valores, sino por algo más simple y más profundo a la vez: si Juan Carlos era alguien a quien la gente podía amar fácilmente.

Me dijo que él es cariñoso, que le gusta mucho el contacto físico, incluso más que a ella y que su familia norteamericana. Me dijo que es un hombre de muchos amigos, y no solo muchos, sino muy antiguos y muy amigos. Que ella también tiene amistades de toda la vida, pero que Juan Carlos construye vínculos profundos y duraderos. Le pregunté si era abrazable. No lo entendió hasta que se lo pregunté en inglés. Sonrió y dijo que sí. Dijo también que cuando Juan Carlos hace amigos, los hace para siempre. Y esa frase se me quedó dando vueltas como una definición silenciosa de carácter.

Al llegar, le regalé una acuarela. La recibió con una emoción sincera. Más tarde, antes de que yo llegara a mi casa, ya me había enviado una fotografía del lugar donde la había colocado. Después me dijo algo que todavía me acompaña: que esa acuarela estaría en el despacho de la primera dama. No como una promesa política, sino como un gesto simbólico que, por sí solo, tiene un peso hermoso.

Le pregunté si se veía en la Casa Presidencial. Me dijo que sí. Que desde ahí se pueden hacer muchas cosas. Habló con respeto, con cariño y siempre en positivo de otras personas como Claudia, Álvaro y Ariel. No señaló desaciertos. No habló desde la comparación. Cuando le pregunté por quién votaría si Juan Carlos no fuera candidato, se negó a responder con una elegancia profunda, no por evasión, sino por respeto. Dijo que, al no ser costarricense de nacimiento, no quería que su opinión pudiera interpretarse como una intromisión. Y esa respuesta, lejos de decepcionar, me confirmó la estatura ética con la que ella camina.

En resumen, lo que vi, lo que sentí y lo que escuché es esto: ellos tienen una relación hermosa. Juan Carlos parece ser un gran hombre, honesto, con ganas reales de trabajar por Costa Rica porque cree que tiene respuestas para los problemas actuales. Parece estar preparado para ser presidente. Y Kristina sería una primera dama accesible, cercana, dispuesta a trabajar por este país que tanto ama.

Al despedirnos, Kristina me acompañó hasta el carro con esa naturalidad suya, con esa dulzura sin poses. Y mientras arrancaba, pensé que algún día me encantaría compartir unas bocas de su barcito preferido con ellos… o tal vez invitarlos a mi casa. Por ahora, al menos, quedó la puerta abierta para que algún día se venga a pintar conmigo.

¡Ah!, porque con total transparencia y sintiéndose cómoda, me comentó que cerca de su casa hay un lugarcito al que les gusta ir a tomarse algo, y comer bocas costarricenses, y exclamó, sorprendida y feliz, que unos frijoles blancos, con una pronunciación gringa, solo cuestan dos mil colones. También me dijo que, como cocinera, prepara platos internacionales, y de comida típica costarricense, por supuesto, según dijo, el gallo pinto; pero que cuando quiere comer más y local, recurre a su suegra, de quien se refiere con un aprecio hermoso.

La verdad es que Kristina se refiere bien de todas las personas: de su marido, de su suegra, de los candidatos, de la gente cercana, de sus tres gatos… y espero que algún día también de mí. Y eso me hace pensar que vive feliz, que está en paz, y que su luz interna la hace ver de manera positiva a quienes la rodean.

Su vida es hermosa, y hasta me atrevería a decir que, si llegan a Zapote, seguirán yendo al mismo restaurancito de bocas ricas y baratas, y a ella se le seguirá viendo en la feria del agricultor; porque le gusta ir, y porque me parece que le encanta escoger lo que se va a comer.

Salí de ese café con una certeza suave y poderosa: detrás de los escenarios, de los discursos y de la presión pública, también hay vida cotidiana, afecto, amigos, suegras, ferias, bocas baratas, abrazos y acuarelas. Y eso, para mí, no es un detalle menor. Eso también construye país.

Kristina parece creer todo lo que dice de Juan Carlos, y más que eso, yo también le creí, y me dejó con unas ganas enormes de conocer a Juan Carlos algún día, como candidato, como excandidato, o como Presidente de la República.

Y estoy seguro de que, como Presidente, desde la óptica de Kristina, sería un gran logro para este país. Pero no interpreto las palabras de ella como palabras vacías de una mujer enamorada, sino como palabras con fuerza y decisión, de una mujer que conoce perfectamente al hombre con el que se casó, con el que comparte un proyecto de vida, una pasión, una visión de país y una vida que los mantiene unidos y esforzados en lo que quieren.

Hoy conocí a Kristina y también conocí a Juan Carlos y su parte humana, justo lo que estaba buscando, y lo encontré en la boca y en la compañía de una hermosa mujer —con el perdón de JC— que hasta el momento no se había reunido con nadie que tuviera que ver con temas de campaña o política, pero que lo hizo conmigo porque estaba recomendado por Abril Gordienko, candidata a diputada, y porque mis escritos, de alguna manera, le daban confianza.

Y espero no estar diciendo ni más ni menos de lo que ella esperaría que yo comente, y creo que lo único que me falta decir es que me gustaría conocer a Juan Carlos, porque si es como ella dice que es —y como se expresa en su mirada— debe ser un placer, y porque tal vez algún día podría ser su amigo, uno de esos que son para siempre para él, y —¡quién sabe! — tal vez hasta le dé un abrazo antes o después de que sea Presidente de la República, ya sea en estas elecciones o en alguna futura.

Doña Kristina, le dije que la reunión sería como cuando uno tiene una cita con alguien para buscar una amistad, y así fue. Y ahora también tiene la mía.

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