Un espejo político incómodo, pero necesario

Durante semanas uno conversa con personas, discute ideas, escucha opiniones encontradas, se entusiasma con algunas posturas y se incomoda con otras. Poco a poco va creyendo que ya sabe por dónde anda políticamente. Cree intuir con quién simpatiza, con quién no, y a quién definitivamente no soporta. Pero una cosa es la intuición… y otra muy distinta es ponerla a prueba con 65 preguntas concretas sobre país, Estado, economía, democracia, ambiente, derechos y desarrollo.

Eso fue exactamente lo que hice.

No fue un juego. No fue un quiz ligero. Fue un ejercicio serio que obliga a tomar postura sobre temas reales, no sobre discursos bonitos ni frases de campaña. Y el resultado fue, al mismo tiempo, revelador y tranquilizador.

Mi mayor coincidencia apareció con Claudia Dobles, con un 75%. En segundo lugar, muy cerca, Álvaro Ramos, con un 72%. Y luego, dentro de un grupo todavía bastante afín, Juan Carlos Hidalgo, con un 63%. Tres personas distintas, de trayectorias distintas, pero curiosamente las tres dentro de un marco que no se siente ni extremista, ni improvisado, ni populista.

Y aquí viene lo interesante.

Porque al revisar esos resultados me di cuenta de algo que ya venía sintiendo en conversaciones previas: esos tres nombres no solo son los que me salieron más altos en coincidencia… también son los que más me simpatizan a nivel personal y político. No por moda. No por presión. No por pertenecer a un bando. Sino porque, cuando escucho sus ideas, su tono, su forma de pararse frente al país, no me generan rechazo interno.

Con otros casos la distancia es igual de clara, pero en sentido contrario.

Ariel Robles, por ejemplo, me encanta como diputado. Me parece valiente, frontal, coherente en muchas luchas. Pero cuando el ejercicio es pensar en una presidencia de la República, tanto la prueba como mi propio criterio me dicen que todavía lo veo muy joven, tal vez todavía inmaduro para cargar un país entero sobre los hombros. No se trata de desprecio. Se trata de responsabilidad.

Con Fabricio Alvarado el resultado fue todavía más directo: quedó de último. Y no solo en la prueba. También en mi convicción. No me gusta en lo absoluto. No conecto con su visión de país, con su forma de hacer política, con el peso religioso que atraviesa su discurso, ni con el tipo de nación que proyecta. El cuestionario simplemente vino a confirmar lo que ya sentía.

Y luego está Laura Fernández. Ahí no hay medias tintas. Es la que menos me gusta en todo el mundo mundial. No me simpatiza, no me genera confianza, no me representa, y además la prueba deja clarísimo que mi forma de ver el país y la de ella van por caminos completamente distintos. No es solo una diferencia de estilo: es una diferencia profunda de enfoque.

Y entonces ocurre algo que no siempre pasa en política: emoción y razón coinciden. Lo que me dice el estómago, lo que me dice la cabeza, y lo que me arroja un instrumento frío de medición, apuntan todos hacia el mismo lado. Tres nombres. Tres coincidencias. Tres afinidades. Tres posibles caminos.

Eso no significa que ya esté todo decidido. Significa algo más importante: que mi inclinación no nace del fanatismo, sino del contraste. De escuchar. De comparar. De incomodarme con preguntas difíciles. De aceptar que no todo es blanco y negro, pero que tampoco todo es relativizable.

Y también deja una lección para cualquiera que lea esto: hacer un ejercicio así no te convierte en militante de nadie. Te convierte, al menos por un momento, en una persona que se toma en serio su responsabilidad ciudadana.

Porque al final, no se trata de votar por quien grita más duro, ni por quien sale mejor en redes, ni por quien logra polarizar con más odio. Se trata de algo mucho más silencioso y profundo: preguntarte, con honestidad brutal, con quién coincide realmente tu forma de entender el país que sueñas.

Y eso, aunque incomode, vale oro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio