Un rato con Óscar Arias

—¡Don Óscar!, si tuviera tiempo, me gustaría pasar mañana a saludarlo. ¿Podría ser a las 4:00 p. m.?

—Puedo a las 2:00 p. m. ¿Podés?

Diez para las dos de la tarde yo ya estaba frente al portón. Minutos después, uno de los mayordomos me condujo por los pasillos hasta su despacho. Me dejó solo. Libros, papeles, fotografías, recuerdos, documentos, objetos que no son decoración sino testigos. Testigos de una vida que no cabe en una biografía común. Ahí, entre esas paredes, se siente peso histórico, no solemnidad vacía.

Me senté en un sofá largo. A mi lado, unos papeles con un sello rojo que decía: CONFIDENCIAL. Con respeto, los giré y dejé la palabra hacia abajo. Tomé una foto del espacio. No como turista. Como quien sabe que está parado dentro de un capítulo vivo de la historia del país.

Mientras esperaba, no podía dejar de pensar que estaba rodeado de las huellas de un hombre con más de 90 doctorados honoris causa, un Premio Príncipe de Asturias y un Premio Nobel de la Paz. La paz. Justamente la materia prima de todo lo que hoy ando sembrando con “Apacigua tu ser interior” y con esta carreta cargada de apaciguaditos.

Cinco minutos después apareció él. Vestido de beige. Su primera palabra fue mi nombre. Mi nombre limpio, sin títulos, sin diminutivos. Nos saludamos con una sonrisa amplia y un abrazo de lado, cercano sin invadir. Y ahí empezó ese raro privilegio de conversar con alguien que ya no tiene nada que demostrar.

Saqué de mi bolso un pequeño papel con algunos temas que quería tocar. Hablamos de Apacigua tu ser interior. Me regaló palabras generosas sobre mis artículos. Me dijo que los reciben, que los leen, que valora mi forma de escribir. Le hablé de “los apaciguaditos” y me dijo que Costa Rica necesita exactamente eso, y que, a su criterio, lo estaba llevando muy bien.

Le conté que he venido entrevistando figuras políticas desde un lugar distinto, desde el afecto, desde la humanidad. Me dijo que había leído el de Álvaro Ramos, y creo que también el de Kristina Hidalgo. Que le parecían valiosos, distintos, necesarios.

Le mencioné las series que vienen: “Abstencionismo”, “De 18 a 22”, Mujeres… de “Chavistas” no hablé. No por miedo, sino por intuición del momento.

Entonces vino una de mis inquietudes más honestas. Le pregunté si el hecho de que la gente supiera que yo lo había visitado podía interpretarse como un alineamiento político, si eso podía afectar mi neutralidad o restar credibilidad a mis palabras. Me respondió con una tranquilidad que no se improvisa: que quienes me siguen saben perfectamente quién soy y desde dónde hablo.

Le dije que converso con personas de todos los partidos. Solo asintió con la cabeza, como quien dice: es exactamente, así como debe ser.

Luego me atreví con una idea que me ronda hace tiempo. Me moví a la silla de frente, para hablarle sin diagonales. Le dije que soñaba con organizar una cena multipartidista, siendo el anfitrión. Seis candidatos presidenciales. Ciento veinte invitados. Le pregunté si era una locura. Me respondió de inmediato: “Es una gran idea”. Le confesé que no podía invitar a todos. Me dijo algo tan simple como contundente: “Invitá a tu mesa a quien vos querás”.

La conversación se volvió más amplia, más global. Política exterior, mundo, tensiones, escenarios. Su teléfono sonó varias veces. Lo silenció sin apuro. No estaba ocupado: estaba presente. Yo sabía que tenía otra reunión programada, así que intenté despedirme cinco minutos antes. Me miró y me dijo: “No te vayás todavía”.

Los temas formales ya estaban agotados, así que empezó a hablar desde la memoria, desde la vida. Anécdotas, gobiernos, decisiones, episodios personales. Luego llegaron los chistes, los comentarios divertidos, las risas. Pocos saben cómo suena su carcajada. Yo sí.

Cuando finalmente llegó el momento de irme, me acompañó hasta la puerta. Nos dimos un abrazo. Salimos. Y antes de irme me dijo: “Volvé cuando querás”.

Me traje algunas de sus frases conmigo. Muchas las iré compartiendo. Pero hoy quiero dejar una, escrita en su libro Páginas de mi memoria, página 40: “Mi compromiso es con el pueblo de Costa Rica. Mi lealtad es con la historia patria. Mi felicidad es con el porvenir. Yo no voy a dejar a los demás la responsabilidad de decidir por su cuenta cuando están en juego la vida y la muerte, la Paz y la guerra, el Apocalipsis o el Renacimiento”.

Tal vez en mi caso el drama no sea tan grande como en el suyo. Pero mi compromiso también es con el pueblo de Costa Rica. Y aunque yo no pase a la historia, siguen estando en juego la vida, la paz y el futuro de esta nación.

Antes de irme, le mostré la foto que había tomado al llegar. Le pedí permiso para usarla. Sonrió. Y me dijo que sí.

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