Las papas no votan, los agricultores sí

Las papas no votan. Eso es evidente. Cualquiera lo entiende sin necesidad de explicaciones largas. Las papas se siembran, se cuidan, se cosechan y se distribuyen. Cumplen su ciclo en silencio, bajo la tierra, sin aplausos, sin micrófonos y sin cámaras. Pero los agricultores sí votan. Ellos no son anónimos en la historia del país, aunque muchas veces se les trate como si lo fueran. Ellos sienten, trabajan, se cansan, se alegran, se frustran, esperan… y también deciden.

Por eso resulta tan doloroso cuando quienes alimentan la mesa de Costa Rica terminan siendo los visibles solo para el regaño, la burla, la humillación o la amenaza. Tal vez, desde la lógica fría, hubiera sido más fácil que las palabras duras cayeran sobre las papas y no sobre las personas que las siembran. Porque las papas no tienen dignidad que se quiebre, ni orgullo que se lastime, ni memoria que se active. Los agricultores sí. Y esa herida emocional no se borra con facilidad.

Reparar una fractura así no es sencillo. Volver a convocar a quienes hoy se sienten tristes, agredidos o invisibilizados toma tiempo, humildad y gestos que no siempre caben en la dinámica de una campaña. Porque cuando alguien siente que su trabajo fue despreciado, que su sudor fue minimizado o que su identidad fue reducida a una caricatura, el daño no es político: es humano. Y cuando el daño es humano, se responde con memoria, no con consignas.

Pero los agricultores saben de algo que muchos han olvidado: saben de semillas. Saben que no toda semilla sirve para cualquier tierra, que no todo momento es tiempo de sembrar, que no toda promesa germina. Ellos han visto cómo un campo puede llenarse de mala hierba si no se cuida a tiempo. Han tenido que arrancarla una y otra vez, con las manos, con paciencia, con constancia. Ellos entienden, desde el cuerpo y no solo desde la teoría, que la cosecha siempre es consecuencia de decisiones previas.

Y cuando llegue ese momento íntimo, silencioso y poderoso de poner una semilla en la tierra —un voto—, no lo harán desde la rabia momentánea, sino desde la experiencia larga. Sabrán escoger, no la semilla más ruidosa, sino la que conocen. La que ha resistido sequías, plagas, crisis y abandonos. La que no promete milagros, pero sí trabajo. La que no grita, pero crece. La que no encanta serpientes, sino que da fruto cuando toca.

Yo confío profundamente en ese conocimiento. Confío en la cabeza serena de los agricultores de Costa Rica. Confío en su capacidad de decidir sin espectáculo, de aportar con sabiduría, de leer la tierra social con la misma intuición con la que leen la tierra real. Confío en que sabrán qué semilla necesita este país para volver a ser campo fértil, y no terreno tomado por la maleza del enojo, la burla o la división.

Porque las papas no votan. Pero los agricultores sí. Y cuando ellos deciden, no siembran discursos: siembran futuro.

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