Cuando la sociedad se disgrega y se polariza, tú ya no la sientes como una presencia viva que te acompaña. Deja de ser ese espacio común donde antes, aunque no estuvieran de acuerdo en todo, al menos se reconocían parte del mismo paisaje. El proyecto compartido se vuelve difuso, casi invisible, y en su lugar aparece una sensación más íntima, más cruda: no estás construyendo, estás sobreviviendo. Y cuando solo sobrevives, cuando el día se vuelve únicamente una tarea de resistencia, el alma se achica sin que te des cuenta. Se encoge despacio, como quien deja de respirar profundo para conformarse con tomar aire a ratos.
En ese estado de cansancio emocional, el desencanto se acumula como polvo en los rincones. Se suma al resentimiento, a las promesas rotas, a la sensación de que nadie escucha de verdad. Y entonces aparece el salvador. No como una idea razonable, sino como una emoción vestida de certeza. Aparece el populista con cantos de sirena, el mago que promete atajos, el encantador de serpientes que ofrece soluciones simples para problemas complejos. Él no llega con paciencia ni con procesos, llega con un hechizo emocional que te hace sentir visto por un instante, comprendido sin esfuerzo, acompañado sin diálogo.
Ahí es donde emergen los acólitos. No como personas malas, sino como multitudes heridas que comienzan a moverse en hordas emocionales, sin cabeza clara, sin forma definida, empujadas más por el impulso que por la reflexión. No se camina hacia un proyecto, se reacciona contra un enemigo. No se construye una casa, se derrumba la del otro. Y en medio de ese ruido, se pierde algo aún más delicado que la conversación: se pierde el silencio interior necesario para pensar.
La polarización no solo divide opiniones, también fragmenta identidades. Te hace sentir que debes elegir entre bandos como si la vida fuera una trinchera. Te convence de que pensar distinto es traicionar, de que dudar es debilidad, de que preguntar es estorbo. Poco a poco, el proyecto común deja de llamarte por tu nombre y tú dejas de llamarlo hogar. Ya no te sientes ciudadano de un país, sino sobreviviente de una lucha permanente que no termina nunca.
La tentación del salvador crece justamente ahí, cuando el alma está pequeña, cansada y asustada. Porque el salvador no te pide responsabilidad, te ofrece descanso. No te pide criterio, te regala certezas empaquetadas. No te invita a construir con otros, te señala a quién culpar. Y eso, emocionalmente, es seductor. Tan seductor como peligroso.
Por eso hoy más que nunca hace falta algo que no se grita y no se impone: hace falta volver a respirar como país. Recuperar el pulso lento de la conversación, la paciencia de los procesos, la humildad de aceptar que no existen soluciones mágicas ni trompetas milagrosas. Hace falta recordar que la democracia no es un espectáculo, es una práctica diaria, a veces incómoda, casi siempre imperfecta, pero profundamente humana.
El proyecto común no nace del aplauso fácil ni del enojo compartido. Nace cuando tú decides dejar de solo sobrevivir para volver a habitar tu lugar en la historia. Cuando eliges pensar, sentir, conversar y votar desde la calma y no desde el hechizo. Cuando entiendes que el alma del país también se achica si la tuya vive encogida por el miedo, la rabia o la desesperanza.
Y tal vez de eso se trata este momento: de elegir si alimentas al encantador de serpientes que siempre promete más ruido, o si comienzas, desde dentro, a ensanchar de nuevo el alma para que vuelva a caber un proyecto de país.

Gracias Mauricio Alvarado, por traer este tema al tapete, a mi escritorio y a mi cabeza. Tu cercanía, apoyo y aportes, nos ayudan con la patria.