Vergüenza ante los padres de la patria

Hoy me pregunto qué habrían pensado los padres de la patria. O, mejor dicho, qué pensaron cuando decidieron crear una democracia robusta, institucional y libre. ¿La imaginaron frágil? ¿La imaginaron efímera? ¿O la pensaron como algo que debía sostenerse por generaciones, incluso en medio de errores, tensiones y desacuerdos?

¿Qué pensarían hoy, si vieran lo que está sucediendo?

Verían a costarricenses —en un porcentaje alarmantemente alto— entregando la democracia no por una invasión externa, no por una guerra, sino por indignaciones personales, por resentimientos acumulados, por heridas mal procesadas. Verían a personas renunciando al sistema que les permitió vivir en libertad, criticar, disentir, trabajar, criar a sus hijos y expresarse, todo eso que durante décadas dimos por sentado.

Generaciones enteras sostuvieron este país. Lo sostuvieron con imperfecciones, sí, pero lo sostuvieron. Lo cuidaron. Lo corrigieron cuando pudieron. Y lo hicieron también para muchos de los que hoy, desde la comodidad, desde el cansancio o desde la rabia, están dispuestos a entregarlo sin medir consecuencias.

No es solo un problema de enojo. Es un problema de desconocimiento del riesgo. De no entender que perfectamente podríamos amanecer, con una nueva administración, en una Costa Rica que nadie se imagina hoy. De no ver que las democracias no caen de golpe: se erosionan cuando la ciudadanía deja de pensar, de comparar, de leer, de cuestionar con serenidad.

A veces siento que no se trata de maldad, sino de una peligrosa simplificación. De creer solo en un mensaje hiriente que llega fuerte, directo, emocional, como un silbido de alta frecuencia que aturde y dirige. Como si alguien hubiera soltado un perro ovejero y este, sin morder, sin violencia explícita, estuviera empujando a la manada hacia un corral.

Lo más inquietante es que ese perro no muerde si una oveja se detiene. No muerde si alguien se sale del grupo. Pero el problema es que casi nadie se anima a salirse. La manada avanza junta, al unísono, convencida de que obedecer es más fácil que pensar, de que seguir es más cómodo que hacerse responsable.

Y ahí es donde me invade una profunda vergüenza. Vergüenza ante los padres de la patria. Ante quienes pagaron con sacrificio, con tiempo, con renuncias, con conflictos reales, lo que hoy algunos están dispuestos a perder desde un sillón, entre el cansancio y la distracción, viendo pasar el chinamo de la política como si fuera un espectáculo más.

No se trata de idealizar el pasado. Se trata de no regalar el futuro. De honrar, al menos con conciencia, lo que otros construyeron con esfuerzo. Porque una democracia no se hereda automáticamente. Se sostiene. O se pierde.

Y perderla así, sin resistencia, sin pensamiento, sin dignidad cívica, sería una falta que la historia —esa que no grita, pero recuerda— no va a olvidar.

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