Nuestra democracia agoniza

Nuestra democracia agoniza. No de golpe, no con estruendo, no con un anuncio oficial. Agoniza como agonizan las cosas importantes: en silencio, poco a poco, casi sin que muchos quieran darse cuenta.

La vemos respirar más lento.  Más pausada.  Con intervalos cada vez más largos entre un respiro y otro.

Hay jadeos. Hay señales. Hay momentos en los que parece recuperar fuerza y otros en los que apenas logra sostenerse. Y, aun así, muchos prefieren mirar para otro lado, convencerse de que exageramos, de que siempre ha sido así, de que no pasa nada.

Somos muchos los que estamos tratando de rescatarla. Los que insistimos en cuidarla, en protegerla, en recordarle a este país lo que significa vivir bajo reglas, bajo instituciones, bajo acuerdos que nos permiten convivir sin miedo. Somos muchos los que no gritamos, pero tampoco callamos. Los que no odiamos, pero tampoco cedemos.

Pero también son muchos los que están alrededor de su cama esperando el desenlace.  Algunos por conveniencia.  Otros por resentimiento.  Otros por cansancio.  Otros porque les prometieron algo a cambio.

No todos quieren salvarla. Algunos la observan con indiferencia. Otros con impaciencia. Otros con una mezcla peligrosa de burla y desprecio. Como si la democracia fuera un estorbo, un obstáculo, una molestia que impide imponer, mandar o aplastar.

Lo más doloroso es que la democracia no muere sola. Muere cuando se normaliza el ataque. Cuando se relativiza el abuso. Cuando se desacredita a quien cuida las reglas. Cuando se aplaude al que grita y se ridiculiza al que argumenta. Muere cuando se deja de pensar y se empieza a obedecer.

Todavía respira. Todavía está viva. Pero necesita algo más que discursos. Necesita presencia. Necesita conciencia. Necesita ciudadanos que entiendan que esto no es una pelea de bandos, sino una responsabilidad histórica.

No se trata de héroes. Se trata de decisiones.  Porque cuando una democracia muere, no se apaga una idea abstracta. Se apaga la posibilidad de elegir, de disentir, de cambiar sin miedo. Y cuando eso pasa, ya no hay marcha atrás sencilla.

Hoy no es tiempo de espectadores. Es tiempo de cuidado. Porque una democracia que agoniza puede salvarse. Pero solo si quienes la rodean deciden no dejarla morir.

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