En un artículo reciente, Laura Fernández rechaza la posibilidad de nuevos debates. Y vale la pena detenerse aquí, con calma, sin gritos y sin caricaturas, para pensar qué significa eso en una democracia que se toma en serio a sí misma.
No se puede aspirar a la Presidencia de la República teniendo miedo al debate. No al debate como espectáculo, sino al debate como ejercicio básico de la vida democrática: contrastar ideas, defender posturas, escuchar al otro, explicar con claridad, sostener convicciones bajo preguntas incómodas. Gobernar es, todos los días, debatir. Con diputados, con magistrados, con alcaldes, con sindicatos, con empresarios, con estudiantes, con una ciudadanía diversa que no piensa igual.
Rechazar los debates no es neutral. Es una decisión política. Y como toda decisión política, comunica algo. Comunica inseguridad o desinterés por rendir cuentas. Comunica una relación frágil con las ideas propias. Comunica, en el mejor de los casos, una incomodidad; en el peor, una cobardía que no debería ser premiada con poder.
Yo, en lo personal, lo digo con claridad: me parece cobarde. Y me parece todavía más grave que quienes la siguen normalicen esa cobardía, la justifiquen o la aplaudan. Porque cuando se aplaude que alguien no debata, lo que se está aprobando es una forma de ejercer el poder sin contraste, sin preguntas y sin límites simbólicos.
La democracia no se fortalece con silencios estratégicos ni con ausencias calculadas. Se fortalece con palabras dichas de frente, con argumentos puestos sobre la mesa y con la disposición a ser cuestionado. El debate no es una trampa; es una responsabilidad. No es un ataque; es una invitación a explicar por qué alguien cree que merece dirigir un país entero.
Quien no está dispuesto a debatir antes, difícilmente estará dispuesto a dialogar después. Y un país no se gobierna desde el miedo. Se gobierna desde la valentía cívica, la claridad de ideas y el respeto por una ciudadanía que tiene derecho a escuchar, comparar y decidir con información, no con evasiones.
Eso es lo que está en juego. No un debate más o un debate menos, sino la idea misma de qué tipo de liderazgo estamos dispuestos a aceptar.