En algún punto de la conversación —no sabría decir con exactitud en qué orden— Beatriz y su esposo empezaron a decirme qué pensaban de mí y de Apacigua tu ser interior. No como halago ligero, sino como una lectura profunda, detenida, casi amorosa. Me dijeron que creían que estaba haciendo un muy buen trabajo, que valoraban enormemente mi forma de comunicar, el tono, el cuidado, la coherencia, la manera en que estaba llevando el tema sin gritar, sin atacar, sin dividir.
Dijeron cosas muy significativas sobre mi forma de manejar la campaña, sobre cómo estaba diciendo las cosas, sobre lo que estaba logrando generar en personas muy distintas entre sí. Fueron tantos comentarios hermosos, tan bien pensados, tan sentidos, que lejos de inflarme, me abrumaron. Sentí que mi humildad empezaba a verse afectada. No por soberbia, sino por exceso de reconocimiento. Y ahí se me encendió otra alerta: la del ego.
Entonces, casi como un acto reflejo, intenté rescatar mi lugar interno. Mantener el ego educado. Poner las cosas en su sitio. Y les dije algo que me salió de muy adentro.
Les dije que para mí era muy claro que cuando Jesús entró a Belén montado en un burro, el burro sabía perfectamente que los aplausos no eran para él. Eran para Jesús. Que yo sentía algo muy parecido. Que yo solo era el instrumento. Que lo que llevaba sobre mi lomo no era mi ego, ni mi nombre, ni mi figura, sino algo mucho más grande: la democracia.
Fue mi manera de decirles que no se confundieran. Que yo no me sentía el protagonista de nada.
Hubo un pequeño silencio. Y entonces vino la respuesta que terminó de desarmarme.
Me dijeron:
—Sí, eso es cierto. Pero también es cierto que había muchos burros… y ese burro fue escogido.
Eso fue profundamente hermoso. No por engrandecerme, sino porque no negaba mi humildad, pero tampoco la usaba para invisibilizar la responsabilidad. No me colocaban por encima de nada, pero tampoco me borraban. Reconocían el instrumento sin confundirlo con el mensaje.
Luego me contaron algo más. Me dijeron que tienen un grupo de amigos por la paz. Personas preocupadas de verdad por el país, por el clima emocional, por la tensión constante, por la forma en que se estaba deteriorando el diálogo. Que llevaban tiempo preguntándose qué podían hacer. Qué les tocaba hacer como ciudadanos. Que pensaron estrategias, caminos, ideas… hasta que, en algún momento, se dieron cuenta de algo muy simple.
Lo que ellos querían hacer por el país… ya se estaba haciendo.
Y lo estaba haciendo Apacigua tu ser interior.
Entonces vino la invitación, clara y sin doble fondo:
—¿Qué podemos hacer por vos? ¿Qué necesitás? Lo que necesités.
Y remataron con una frase que todavía hoy me acompaña:
—Porque mientras vos trabajás, si un día querés tomarte una sopa, no deberías detenerte para hacer la sopa. Alguien debería llevártela.
Ahí la conversación cambió. Pero no afuera. Cambió en mi cabeza.
Me di cuenta de que yo mismo me había creado una historia que no existía. Nadie me quería comprar. Nadie esperaba favores. Nadie buscaba apropiarse de nada. No querían usar el movimiento. Querían cuidarlo. Querían sostenerlo. Querían que yo pudiera seguir haciendo lo que hago sin agotarme, sin cargar solo, sin detenerme por cosas que otros pueden resolver.
Y en ese momento, sin actas, sin títulos, sin discursos, nació el comando de campaña de Apacigua tu ser interior.
Beatriz asumió un rol de coordinación con una naturalidad admirable. Armó grupos de ayuda, sumó personas, ordenó tareas. Hoy, cada cosa que necesito —grande o pequeña— se la escribo en un mensaje, y ella se encarga de coordinar con quienes, libremente, decidieron apoyar este movimiento.
Yo sigo haciendo lo mío. Escribiendo. Pensando. Cuidando el tono. Diciendo que no cuando toca decir que no. Y diciendo que sí cuando algo es auténtico. Pero ya no lo hago solo.
Una reflexión necesaria
Esta experiencia me dejó una enseñanza profunda. A veces confundimos apoyo con control. Ayuda con deuda. Generosidad con interés oculto. Y desde ahí nos defendemos antes de tiempo, incluso de la bondad.
No todo el que se acerca quiere algo a cambio.
No toda mano extendida es una trampa.
No toda amabilidad extrema es una estrategia.
A veces, simplemente, hay personas que entienden que cuidar una causa también es cuidar a quien la sostiene. Que apoyar no es dirigir, ni figurar, ni apropiarse. Es estar. Es sostener. Es llevar la sopa cuando hace falta.
Ese día entendí que Apacigua tu ser interior no es solo un movimiento de ideas. Es una red humana. Y cuando eso pasa, la democracia deja de ser un concepto abstracto y se vuelve algo muy concreto: personas cuidándose unas a otras para que lo importante siga avanzando.
Epílogo
Anoche le contaba todo esto a mi hermana. Con detalles. Lo que Beatriz y su esposo dijeron de mí, cómo veían el movimiento, lo que creían que estaba pasando, las palabras tan generosas que me dedicaron. Le decía que no es fácil mantenerse aterrizado cuando llegan tantos cumplidos juntos, cuando se abren puertas que uno no fue a tocar, cuando la vida empieza a decir que sí desde lugares inesperados.
Le decía, con honestidad, que hay un punto en el que uno tiene que hacer un esfuerzo consciente para no confundirse. Para no creerse más de la cuenta. Para no perder el centro.
Mi hermana me escuchó en silencio y, con esa claridad simple que a veces tienen las verdades grandes, me dijo algo muy corto:
—Eso se llama la gracia del Espíritu Santo.
Y luego agregó algo que me dejó en paz:
—Y la gracia del Espíritu Santo no somos nosotros. Es la gracia que llevamos.
Ahí entendí algo importante. Que no se trata de quién soy yo. Ni de cuántas cosas hago bien. Ni de cuántas personas confían. Se trata de qué es lo que uno porta cuando camina liviano, cuando no grita, cuando no empuja, cuando no busca imponerse.
Si uno cuida eso, si no se apropia de la gracia, si no la confunde con mérito personal, entonces las cosas fluyen sin aplastar, sin inflar, sin perder sentido.
Y tal vez de eso se trate todo esto: de aprender a ser instrumento sin creerse el mensaje, de cargar algo sagrado sin apropiárselo, y de saber, con profunda humildad, que lo importante no es el burro… sino lo que va montado sobre él.

Qué historia tan hermosa !!!
Sobre todo porque pudiste vivir una experiencia que aprendimos a vivir en casa de mis padres y que mi hermana Beatriz y su esposo experimentaron y ahora transmiten de forma inpecable . Admiro muchísimo a Beatriz , es una mujer enamorada de la democracia , la familia , la creación , los niños , la cocina , de Costa Rica y del servicio. Me alegra profundamente este maravilloso encuentro de corazones
Francia