Un día recibí un mensaje de una señora llamada Beatriz. Yo no la conocía. Después supe que era conocida de conocidos. En el mensaje me decía que ella y su esposo estaban muy preocupados por la democracia, que sentían que algo había que hacer en estas elecciones y que les gustaría invitarme a desayunar a su casa para conversar de esas cosas. Querían conocerme. Querían hablar.
Normalmente, este tipo de invitaciones no las acepto. No por desdén ni por falta de interés, sino por experiencia. Muchas veces esos desayunos terminan siendo espacios donde alguien quiere explicarme cómo debería manejar el movimiento, proponerme alianzas, sugerirme estrategias o, como ha pasado otras veces, ofrecerme materiales —videos, artes, mensajes— para que los publique en el muro de Apacigua tu ser interior.
Hace tiempo tomé una decisión muy clara para evitar conflictos, roces innecesarios y malentendidos con los distintos partidos políticos y personas de los que me he hecho amigo: en mi muro solo publico material mío, de mi creación, o contenido que alguien haya donado exclusivamente para esta campaña. Ese criterio me permite algo fundamental: no sentirme mal cuando tengo que decir que no. Ser coherente. Cuidar el espacio.
Por eso, lo lógico habría sido rechazar la invitación. Sin embargo, por alguna razón —todavía hoy no del todo clara— hice lo contrario. Acepté. Y lo hice sabiendo muy bien que no aceptaría ninguna alianza ni me comprometería a nada en ese lugar y en ese momento. Si surgía algo valioso, me traería la información a mi casa, a mi mesa, y ahí decidiría con calma.
Llegó el día.
Fui recibido por Beatriz y su esposo en una casa bonita, acogedora, en pleno centro de San José. Estaban ellos dos y una muchacha dulce, discreta, que aparentemente les ayuda en la casa y que —eso lo sabría después— cocina delicioso. La cita tenía horario claro: de ocho y media a diez. Una hora exacta. Hora de entrada y hora de salida. Ese detalle me dio tranquilidad.
La mesa estaba puesta. Había pan, y poco a poco se fueron sumando cosas: gallo pinto, huevos, manzanas, café, jugo de cas, una salsa de tomate para los huevos y otras delicias que ya no recuerdo con precisión. Al final, como gesto de cierre, me regalaron un queque de Navidad que ya probé en mi casa y que, dicho sea de paso, está delicioso.
La conversación se fue dando de manera curiosa. A ratos hablaba Beatriz, luego su esposo; en algunos momentos me hablaban directamente a mí y en otros conversaban entre ellos, como si yo fuera testigo de un diálogo íntimo. Y ahí estaba yo, escuchando. Con el espíritu abierto, porque la cortesía y la amabilidad se desbordaban… pero también con una alerta encendida.
La amabilidad era extrema. Extremada. Y eso empezó a preocuparme.
No por ellos, sino por la responsabilidad que cargo. Porque Apacigua tu ser interior no es solo mío. Es de muchas personas. No solo de mis amigos o de quienes me siguen, sino también de lectores silenciosos, de gente que no comenta, no comparte, no escribe, pero está ahí. Leyendo. Sintiendo. Pensando. Y yo no puedo tomar decisiones livianas sabiendo eso.
Empezaron diciéndome lo que creían de mí. O, mejor dicho, del movimiento. Todo en positivo. Lo que se había logrado, las fibras que se habían movido en el país, la forma en que se había generado respeto entre personas y partidos distintos. Era evidente que me habían investigado, que me habían seguido la pista, que sabían exactamente dónde estaba Apacigua tu ser interior.
Lo que no sabían —y no podían saber— era exactamente dónde estaba yo.
Hasta ese momento, al menos para mí, era claro que Beatriz y su esposo, con toda su amabilidad, estaban intentando comprarme. No sabía cómo. No sabía para qué. No sabía bajo qué forma. Pero la sensación estaba ahí. Y eso me puso en alerta máxima.
Porque yo estaba dentro de una casa, con los portones cerrados, en una mesa hermosa, con comida deliciosa, con un trato impecable, y sabía que la propuesta venía. La pregunta no era si iba a llegar, sino cuándo. Y cómo iba yo a zafarme de esa situación sin traicionarme, sin deber nada, sin comprometer algo que no me pertenece solo a mí.
Todavía no entendía qué querían comprar.
Todavía no entendía para qué.
Pero sabía que algo estaba por revelarse.
Continuará.
