Costa Rica, hasta donde recuerdo, nunca se había visto envuelta en una contienda electoral tan preocupante, tan peligrosa y aterradora como esta. Una elección en la que no solo está en juego un gobierno más, sino la posibilidad real de perder —o empezar a perder— la democracia como la hemos conocido siempre.
Y lo más doloroso no es solo el riesgo en sí, sino que ese riesgo esté siendo apoyado por costarricenses que no miden las consecuencias. Personas que, por distintas razones, ya no escuchan, no razonan o no están dispuestas a cambiar de opinión, aun cuando el peligro es evidente.
Eso ya lo sabemos. Y también sabemos que muchos de ellos no quieren ver.
Pero, paradójicamente, esta misma contienda también está mostrando uno de los rostros más hermosos de nuestra democracia. Nunca habíamos visto tantos candidatos democráticos disputando el mismo puesto, compitiendo con ideas, pero sin destruirse entre ellos. Con respeto. Con contención. Con una ética que se ha mantenido firme, incluso en medio de la presión.
Han existido anuncios, sí. Ha habido críticas, también. Pero no hemos visto ataques a las familias, ni golpes bajos a la integridad personal, ni campañas basadas en el odio o la humillación. Eso dice mucho del tipo de personas que hoy aspiran a gobernar desde el lado democrático de esta elección.
Hoy, a menos de dos semanas de las elecciones, vemos a candidatos comportándose como caballeros y como damas, como costarricenses conscientes, como personas que han decidido no replicar las prácticas del continuismo. Personas que entienden que el fin no justifica cualquier medio.
Un episodio reciente lo dejó aún más claro. Durante un debate en el que participaban varios de ellos, se dañaron los subtítulos mientras hablaba don Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional. Lejos de aprovechar la situación, todos los candidatos levantaron la mano, detuvieron el debate y exigieron condiciones justas para él. Fue un gesto de solidaridad que trasciende la competencia electoral.
Todos dijeron que se retirarían si no se garantizaban las condiciones necesarias para que don Álvaro pudiera participar en igualdad. No por conveniencia, sino por principio. Porque ninguno de ellos es, como decimos en Costa Rica, un “gorreador”. Porque entienden que la democracia se defiende incluso cuando el afectado es tu contendiente.
Eso es gente grande. Eso es madurez política. Eso es país.
Por eso, más allá de las diferencias, más allá de por quién vote cada uno, vale la pena reconocer este momento. Porque, mientras algunos empujan al país hacia el abismo, otros están demostrando que sí se puede competir sin destruir, que sí se puede aspirar al poder sin perder la dignidad.
Viva Costa Rica. Viva la Costa Rica democrática, respetuosa y consciente que siempre hemos conocido.

Hermoso momento don Vinicio, muy agradecidos por alzar la voz a la justicia y equidad. Un instante histórico de un país unido en democracia.