Filibusteros y nacionalismo

En Costa Rica el nacionalismo se ha convertido, muchas veces, en un recurso emocional más que en una convicción real. Se habla de patria, de defender lo nuestro y de proteger la soberanía, pero pocas veces se revisa con honestidad cómo y desde dónde se ejerce el poder.

Una persona llegada de afuera asumió el puesto más alto del país. Figuras clave del gobierno no nacieron aquí. Recursos extranjeros financiaron vallas y estructuras visibles de campaña. Presidentes de otras naciones anuncian visitas y se permiten opinar con soltura sobre nuestro rumbo. Y buena parte de los canales de televisión que influyen en la opinión pública no son costarricenses.

Entonces, ¿de qué nacionalismo estamos hablando?

Porque el problema no parece ser “el de afuera”, sino cuándo conviene señalarlo. Se celebra al extranjero cuando suma y se le llama filibustero cuando incomoda. Se habla de soberanía mientras se externaliza la narrativa, la economía y hasta el relato de país.

El nacionalismo auténtico no se grita ni se usa como garrote. Se practica cuidando las instituciones, respetando la democracia y evitando que el miedo o la rabia decidan por nosotros. Todo lo demás es ruido. Y el ruido también debilita a un país.

Muchos tienen casas a donde irse si esto sale mal. Nosotros no. Nuestra casa es esta.

Y esta lucha no es de armas. Es de lapiceros, de palabras, de conciencia. Es una lucha vestida con el amor por lo nuestro.

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